Luigi Settembrini es un artista en el sentido amplio de la palabra: la pintura, la escenografía y la investigación visual contemporánea son la esencia de sus creaciones, donde la multidisciplinariedad es una de sus máximas protagonistas.
Formado en la Academia de Bellas Artes de Roma, desarrolla un lenguaje que combina análisis espacial, rigor técnico y una atención constante a la relación entre materia, luz y percepción.
A lo largo de su trayectoria ha participado en importantes eventos internacionales, entre ellos la 54ª Biennale di Venezia en el Padiglione Italia, en las VII y XIII ediciones de la Florence Biennale y en la I Triennale di Roma.
Romano de nacimiento, Settembrini ha expuesto en Italia, España y numerosos países europeos, y su trabajo ha sido incluido en diversas publicaciones especializadas, catálogos y plataformas de arte contemporáneo.
Su obra, según su propio punto de vista, se mueve entre la pintura expandida y la instalación, investigando la memoria visual, la fragilidad estructurada y la construcción del espacio como dispositivo narrativo. Paralelamente, el artista ha desarrollado una amplia actividad docente y formativa, que ha influido en su enfoque crítico y en su atención al proceso creativo.
En esta entrevista a Diario Sabemos, comparte sus conocimientos y experiencia profesional, así como sus impresiones sobre el rol del arte y de los artistas en el mundo actual. También deja un mensaje para las nuevas generaciones de creadores.
Lleva más de cinco años residiendo en nuestro país, pero se formó en Italia, indiscutible cuna del arte internacional. A modo de introducción, ¿Cómo le gustaría presentarse a nuestros lectores?
Mi formación artística es una combinación de estudio académico, investigación personal y una buena dosis de curiosidad inagotable. Estudié Escenografía en la Academia de Bellas Artes de Roma, donde aprendí que cada espacio puede convertirse en un relato y que cada objeto, si está bien situado, puede sugerir más emociones que mil palabras. Allí afiné la mirada, la técnica y la disciplina.
Pero el arte no se deja encerrar fácilmente: por eso, fuera de las aulas, seguí formándome de manera autodidacta, entre libros, talleres, viajes y diálogos con artistas de todo tipo. Aprendí a construir mundos, pero también a deconstruirlos, porque la escenografía enseña precisamente eso: dar forma a lo invisible y luego dejar que desaparezca con elegancia.

Ud. es un artista multidisciplinar…
Sí, podría definirme académico por formación, autodidacta por vocación, pintor y escenógrafo por visión. Con un toque de ironía, diría que estudié para hacer creíble la ilusión… y sigo haciéndolo con seriedad.
¿Nos podría dar más detalles de en qué consiste su trabajo?
Mi trabajo implica hablar de un enfoque que combina pintura, espacio y análisis visual. Mi formación en escenografía ha marcado profundamente mi metodología: trabajo con la idea de que cada superficie, cada volumen y cada relación entre luz y materia puede generar un sistema de significados. Por eso, mi producción se sitúa entre la pintura expandida y la instalación, con una atención constante a la composición, la estructura y la percepción del espectador.
A lo largo de los años, también gracias a mi experiencia como profesor y a los seminarios impartidos, he desarrollado un interés particular por los procesos, por cómo una obra se construye técnica y conceptualmente. Me interesa la relación entre forma y pensamiento, entre gesto y lectura, y cómo un espacio puede funcionar como dispositivo narrativo.
¿Cómo nacen sus procesos creativos?
Mis obras suelen partir de una investigación sobre la memoria visual, la fragilidad material y la organización del espacio. Busco soluciones formales claras y precisas, donde cada elemento tenga una función dentro del conjunto. No trabajo para generar efectos, sino para construir estructuras que permitan una lectura atenta y una experiencia directa.
Y retomando la pregunta anterior, definiría mi trabajo como una práctica interdisciplinaria que combina rigor técnico, análisis espacial y una investigación constante sobre los lenguajes visuales contemporáneos.

¿Qué técnica artística le ofrece mayor satisfacción y expresa mejor su creatividad?
La técnica que más satisfacción me ofrece es aquella que “no se deja encasillar”. Vengo de la escenografía, donde cualquier material puede convertirse en protagonista y cualquier superficie puede transformarse en escenario. Me gusta trabajar con espacios, volúmenes, luces y texturas, porque allí la creatividad no se limita a un soporte: se expande, respira, dialoga.
Me fascina la contaminación entre técnicas —pintura, instalación, diseño, escritura visual— porque el arte, para mí, es un organismo vivo, no una fórmula. La satisfacción llega cuando la técnica deja de ser un límite y se convierte en una extensión del pensamiento.
Crear arte en el Siglo XXI
¿Según su punto de vista, cuál debería ser el papel del artista en la sociedad actual?
En una época marcada por guerras, genocidios, crisis ambientales y una creciente anestesia emocional, el artista no puede limitarse a decorar el mundo: debe interrogarlo, cuestionarlo y habitarlo con conciencia.
El respeto por la vida parece haberse vuelto un concepto negociable y, precisamente por eso, el arte debe volver a ser “un acto de resistencia poética”.
El artista hoy debería ser un testigo lúcido y visionario, capaz de transformar el dolor en forma, la rabia en pensamiento y la belleza en herramienta de despertar. No se trata de hacer propaganda, sino de dar voz a lo indecible, de crear espacios donde lo humano pueda reconocerse de nuevo: el artista hoy debe ser “un artesano del sentido”, un constructor de puentes entre lo que es y lo que podría ser.

¿Y en este mundo tan convulso, el arte en qué lugar queda?
Creo que el arte debe devolver al centro la fragilidad, la complejidad y la duda. Y si logra hacerlo con ironía, esa ironía sutil e inteligente que no banaliza, sino que desarma—, entonces se vuelve realmente poderosa. Porque la ironía, en tiempos trágicos, es una forma de lucidez.
Y si el mundo parece haber perdido el respeto por la vida, el arte aún puede susurrar lo que no se osa decir, encender visiones donde todo parece apagado y recordarnos, con delicadeza, que sentir todavía es posible.
El arte, para mí, es una necesidad elegante. No es solo expresión, sino una forma de resistencia suave contra la homogeneización, el ruido y la superficialidad.
En el fondo, el arte es la manera más sofisticada que tenemos de decir: “Mira, hay mucho más de lo que crees. Y quizá, si te detienes un momento, puedas sentirlo”.
Creo en un arte culto pero accesible, técnico pero vibrante, profundo pero nunca pretencioso. Un arte que no se tome demasiado en serio, pero que sepa cuán serio es su cometido.
Entre la vocación y las necesidades básicas de vivir
¿Es difícil hacerse un hueco en el mundo del arte?
Hacerse un hueco en el mundo del arte no es difícil: es lentísimo. El arte tiene sus propios ritmos, casi biológicos, y a veces parece que todo avance se mida en milímetros. Pero eso no significa que sea imposible.
El verdadero desafío no es “entrar”, sino sostener una voz propia en medio del ruido, de las modas pasajeras y de un mercado que a veces confunde valor con visibilidad. En un sistema así, encontrar tu lugar requiere paciencia, coherencia y una cierta obstinación poética.
Pero también hay algo hermoso en ese proceso: cuando finalmente aparece un espacio para tu trabajo, no es por casualidad, sino porque tu visión ha encontrado su resonancia natural. Y ese tipo de hueco, el que se gana con autenticidad, es el único que realmente importa.
En resumen: sí, es difícil… pero también es profundamente significativo. Y quizá por eso seguimos intentándolo.

¿Se puede vivir de crear, del arte?
Vivir del arte es posible, pero no siempre es inmediato ni lineal. El arte no funciona como un salario fijo: funciona más bien como una marea, con momentos de abundancia y otros de silencio. Por eso, más que “vivir del arte”, yo diría que se vive con el arte, y gracias a una mezcla de creación, disciplina, intuición y, a veces, una buena dosis de terquedad luminosa.
Lo esencial es construir una voz propia, un lenguaje reconocible, y entender que el arte no se sostiene solo con inspiración: también requiere gestión, estrategia y una relación honesta con el propio trabajo. Cuando esa coherencia se mantiene en el tiempo, las oportunidades llegan, a veces despacio, pero llegan.
Así que sí, se puede vivir del arte. Pero no es un camino para impacientes: es un oficio para quienes aceptan que la belleza también exige constancia.
¿Cuáles son las mayores dificultades a las que se ha enfrentado como artista?
Las mayores dificultades no han sido externas, sino internas. El mundo del arte está lleno de obstáculos —falta de recursos, inestabilidad, puertas que se abren despacio—, pero lo más complejo ha sido aprender a sostener mi propia voz sin dejarme arrastrar por las expectativas, las modas o las urgencias del mercado.
También está la gestión de la incertidumbre: ese espacio donde trabajas durante meses sin saber si alguien verá, entenderá o necesitará lo que estás creando. Y, por supuesto, la fragilidad económica, que a veces obliga a equilibrar la pasión con la realidad.
Pero quizá la dificultad más grande ha sido aceptar que el camino del arte no es recto, ni rápido, ni cómodo. Es un proceso lleno de dudas, silencios y pequeñas revelaciones. Y, aun así, es el único camino donde me reconozco plenamente.
En el fondo, cada dificultad ha sido también una forma de aprendizaje. El arte te exige, pero también te afina.

¿Tiene colaboraciones con galerías de arte o curadores especializados?
Sí, colaboro y he colaborado con varias galerías de arte italianas, pero ha sido sobre todo en España donde mi trabajo ha encontrado una resonancia particular. Allí he conocido curadores y espacios expositivos capaces de acoger mi visión con inteligencia, sensibilidad y una cierta audacia mediterránea que nunca viene mal.
Estas colaboraciones me han permitido explorar contextos culturales distintos, confrontarme con miradas críticas y llevar mi trabajo a lugares donde el arte no solo se exhibe, sino que se celebra como experiencia viva. Creo profundamente en el diálogo con curadores expertos: un buen curador es como un director de orquesta invisible, capaz de armonizar las intenciones del artista con el espacio, el público y el tiempo. Y cuando la sintonía es la adecuada, el resultado es más que una exposición: es una narración compartida.
Naturalmente, siempre estoy abierto a nuevas colaboraciones, siempre que exista una visión común y un toque de valentía creativa. Porque el arte, como todo viaje, necesita buenos compañeros.
¿Cuáles cree que son los mejores canales para vender sus obras?
Los mejores canales para vender arte son aquellos donde el arte no se trata como “mercancía”, sino como “experiencia”. Las galerías siguen siendo fundamentales: ofrecen contexto, curaduría y ese ritual expositivo que da respiración a la obra. Pero hoy el panorama es más fluido y también más interesante.
Las plataformas digitales, si están bien cuidadas, pueden abrir diálogos con coleccionistas y aficionados de cualquier parte del mundo. Pero atención: no basta con publicar una obra, hace falta narrativa, coherencia, visión. El arte no se vende, se cuenta. Y quien compra, en el fondo, compra también ese relato.
Personalmente creo en un enfoque híbrido: galerías físicas para el contacto directo y la experiencia sensorial; canales online para la difusión y el diálogo internacional. Y luego está el boca a boca entre entendidos, que sigue siendo uno de los canales más fascinantes: un poco secreto, un poco mágico.
En definitiva, la obra encuentra su canal ideal cuando se cruza con “la mirada adecuada”, capaz de ver más allá de la superficie. Y si ese canal es una galería, una web o una conversación entre amigos… poco importa. Lo importante es que el arte siga viajando.

¿Cree que los gobiernos europeos, por ejemplo en Italia o España, apuestan por la cultura?
La relación entre los gobiernos europeos y la cultura es… compleja. No diría que no apuestan por ella, pero a veces la apuesta parece más simbólica que estructural. En países como Italia o España existe una tradición cultural inmensa, casi genética, pero eso no siempre se traduce en políticas estables, continuas y valientes.
La cultura suele aparecer en los discursos, en las campañas, en los aniversarios ilustres; pero lo que realmente la sostiene es la inversión a largo plazo, la educación artística, el apoyo a los creadores emergentes y la protección de los espacios independientes. Y ahí, a menudo, las prioridades políticas se diluyen.
Aun así, hay instituciones, programas y personas dentro del sistema que trabajan con pasión y convicción. La cultura sobrevive, y a veces florece, gracias a esa mezcla de compromiso público y esfuerzo individual.
Entonces, ¿hay un poco de “postureo” en cuanto al apoyo a la cultura y al arte?
Bueno, los gobiernos “apuestan”, sí, pero no siempre con la profundidad que la cultura merece. Y quizá por eso el arte sigue siendo, en gran parte, un acto de resistencia.
Un mensaje de esperanza para las nuevas generaciones
¿Qué les diría a los jóvenes que se quieren dedicar a las bellas artes?
A los jóvenes que quieren dedicarse a las bellas artes les diría, antes que nada, que este camino no es fácil… pero es profundamente verdadero. Lo sé no solo como artista, sino también como profesor: he visto a muchos estudiantes descubrir su voz, dudar de ella, perderla y volver a encontrarla con más fuerza.
El arte exige paciencia, disciplina y una curiosidad que no se apaga. No basta con tener talento: hay que cultivarlo, cuestionarlo, ponerlo a prueba. Y, sobre todo, hay que aprender a sostenerse a uno mismo cuando el mundo parece no escuchar.
Pero también les diría algo esencial: si sienten que no pueden vivir sin crear, entonces ya tienen la respuesta. El arte no es una elección cómoda, es una vocación. Y una vocación necesita cuidado, formación, lectura, diálogo y una cierta valentía para defender la propia sensibilidad en un mundo que a veces la desprecia.
Que estudien, que experimenten, que se equivoquen sin miedo. Que busquen maestros, no solo profesores, y que aprendan a mirar el mundo con una mezcla de rigor y ternura. Y que recuerden que el arte no es una carrera de velocidad, sino un viaje de profundidad. Si siguen creando con honestidad, el camino, tarde o temprano, se abre.