Viajar solo sale más caro. Comprar una vivienda solo es más difícil. Alquilar un piso sin compartir gastos exige un esfuerzo económico muy superior. Incluso llenar la nevera o contratar determinados servicios puede acabar costando más por persona.
Aunque no existe ningún impuesto oficial que grave a quienes viven solos, cada vez son más los expertos que hablan de una suerte de "tasa single", un sobrecoste invisible que acompaña a millones de personas en su vida cotidiana. Y todo ello en un momento en el que España avanza precisamente en la dirección contraria a la que parece haber diseñado buena parte de su economía: la de los hogares unipersonales.
Hace apenas unos días en Diario Sabemos analizábamos cómo el sector turístico continúa penalizando económicamente a quienes viajan sin pareja o compañero de viaje. Hoteles, cruceros y circuitos organizados aplican con frecuencia suplementos individuales que pueden encarecer considerablemente el precio final de unas vacaciones.
Sin embargo, el turismo es solo la punta del iceberg para una sociedad cuyas relaciones humanas están estrechamente ligadas a Internet y principalmente a aplicaciones de citas como Tinder, Meetic o Grindr, a contactos cada vez más efímeros y a una “responsabilidad afectiva” en caída libre, en lo que muchos sociólogos, como el polaco Zygmunt Bauman definieron hace más de una década como “relaciones líquidas”.
Asimismo, la diversificación de los modelos familiares, con más hogares monoparentales alejados del esquema tradicional de “mamá, papá e hijos”, la emancipación cada vez más tardía de los jóvenes respecto al hogar familiar o, simplemente, la soltería aflora como elección personal legítima y cada vez más extendida. En otras circunstancias, como una obligación no deseada tras una ruptura, divorcio o viudedad.
Y en este contexto, el acceso a la vivienda, de alquiler o de compra, para una persona soltera en un mercado inmobiliario ya de por sí convulso, no escapa a la lógica de las leyes no escritas de la economía: viajar en pareja, vivir juntos, comprar a granel tiene premio. Y por contracara, castiga la soledad, a veces, deseada, otras no tanto.
España cada vez vive más sola
Los datos demográficos reflejan una transformación silenciosa pero profunda de la sociedad española. Según las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), España alcanzará los 7,7 millones de hogares unipersonales en 2039, lo que supondrá el 33,5% del total de hogares del país. En otras palabras, uno de cada tres hogares estará formado por una sola persona.
Lejos de tratarse de una realidad minoritaria, los hogares unipersonales ya superan los 5,4 millones y continúan creciendo año tras año. Al mismo tiempo, España alcanzó en 2025 un máximo histórico de 19,68 millones de hogares, confirmando una tendencia sostenida hacia unidades de convivencia más pequeñas.
Como ya se indicó anteriormente, existen múltiples razones que justifican estos datos: emancipaciones tardías de los jóvenes del seno familiar por las dificultades de acceso a alquileres accesibles, el aumento de separaciones y divorcios por la pérdida del efecto “ que dirán” estrechamente ligado a valores religiosos que veían de mal grado romper un matrimonio, el envejecimiento de la población, cambios culturales en la formar de relacionarnos, ahora más a través de aplicaciones de citas, o simplemente la elección voluntaria de vivir solo.
La paradoja es que mientras la estructura social evoluciona, gran parte del mercado continúa funcionando bajo una lógica heredada en la que los gastos se reparten entre dos o más personas.
La vivienda: el gran muro económico
Donde esta realidad se percibe con más claridad es en el acceso a la vivienda. Una pareja puede afrontar una hipoteca o un alquiler con dos salarios. Una persona sola debe hacerlo con uno. Misma situación se repite con la cuota hipotecaria, el alquiler, el seguro del hogar, el IBI o la conexión a Internet: apenas se reducen por el hecho de vivir solo. Sin embargo, todos los gastos recaen íntegramente sobre una única nómina.
A esta dificultad estructural se suma un problema de oferta cada vez más acusado. Siempre según datos oficiales del INE, durante 2025 se constituyeron cerca de 239.000 nuevos hogares en España, mientras que el parque residencial apenas incorporó unas 95.000 viviendas nuevas. Así, la oferta solo cubrió alrededor del 40% de las nuevas necesidades habitacionales, aumentando la presión sobre los precios tanto de compra como de alquiler.
En este contexto de alquileres por las nubes y de un mercado inmobiliario de compra -venta inaccesible por el encarecimiento imparable del precio de la vivienda que recuerda al último lustro de los 2000, a los años de “la burbuja”, los salarios son devorados, incluso hasta el 100 por ciento, para simplemente tener un techo.
Si antes los expertos económicos recomendaban que un alquiler o una hipoteca debía representar como mucho el 40 por ciento de los ingresos, hoy esa barrera se ha roto por completo. Con un salario mínimo de 1221 euros brutos y un salario medio en nuestro país de 29.540,26 euros brutos (unos 2100 euros en 14 pagas), hoy es imposible encontrar en los grandes portales web del sector una vivienda por 300-500 euros. Con suerte, por este importe un inquilino encontrará una habitación en un piso a compartir con, al menos, otras dos personas desconocidas.
En resumen, si el joven o trabajador/a, soltero, divorciado, separado o viudo insistiera en su propósito de emanciparse o de vivir solo, durante la búsqueda de un nuevo hogar se toparía con una realidad incomoda: decidir pagar el alquiler (o la hipoteca) o comer. El acceso a la vivienda en cualquiera de sus modalidades consume la totalidad del salario y hace inviable económicamente cualquier opción que no sea compartir techo.
Así, una vez más, al igual que el sector turístico, el mercado inmobiliario castiga a quien no tiene pareja, le penaliza y le impone “ una tasa single”, “un impuesto a la soledad” que le obliga a un empeoramiento de su calidad de vida ya no solo en cuestiones de ocio , sino también en relación a verse forzado, por el solo hecho de ser soltero, a convivir con compañeros de piso, que no dejan de ser desconocidos con los que comparte gastos, sin más.
Impuesto a la soledad
El sobrecoste no termina en la vivienda. La tarifa de una conexión de Internet, una póliza de seguro, los gastos de comunidad o incluso un recibo de servicios básicos es idéntico independientemente de si los utiliza una persona o una familia entera. Basta ver cualquier desglose mensual de las compañías eléctricas, de gas o suministradoras de agua de un hogar unipersonal para confirmar que los costes fijos en muchos casos superan holgadamente a los del consumo real.
Y esta “tasa a la soledad” no será oficial pero penaliza también a los solteros también en cuanto a compras se refiere.
Basta darse un paseo por los folletos de las grandes superficies, supermercados e hipermercados para confirmar que, el mercado una vez más, beneficia a quienes comparten gastos. Los formatos familiares, “Maxi”, las promociones “3x2”, “2x1”, “2º unidad al 50 por ciento”, etc. suelen ofrecer precios más bajos por producto que los envases destinados a una sola persona. Lo mismo ocurre con determinados suministros y servicios: “Línea adicional gratis” “2º par de gafas de regalo”, etc. son algunas de las promociones más habituales. Mientras tanto, quien vive solo no puede repartir el gasto. La consecuencia es que el coste por persona acaba siendo significativamente mayor.
¿Sociedad vs. Mercado?
España avanza hacia una realidad en la que millones de personas vivirán solas, ya sea por elección o por circunstancias vitales. Sin embargo, muchas de las estructuras económicas siguen premiando a quienes comparten gastos. Por contrapartida, en ámbitos tan diversos como el turismo, la vivienda, los suministros o el consumo cotidiano castigan la soledad: no existe un impuesto oficial para los solteros pero por la vía de los hechos, sí.
Cuando una habitación de hotel cuesta más por no compartirla, cuando una vivienda exige asumir todos los gastos con un único salario o cuando los productos cotidianos resultan proporcionalmente más caros en formatos individuales, la sensación para muchos ciudadanos es la misma:“ Me castigan por estar solo”.
Y quizá esa sea la mayor paradoja de todas: mientras España se encamina hacia los 7,7 millones de hogares unipersonales, buena parte de la economía sigue funcionando como si la unidad básica de la sociedad continuara siendo la pareja.