La Organización Meteorológica Mundial ha lanzado una advertencia que merece algo más que una lectura apresurada. El planeta podría encaminarse hacia un nuevo episodio de El Niño de intensidad moderada o fuerte durante los próximos meses, un fenómeno natural que históricamente ha alterado los patrones climáticos en amplias regiones del mundo y que, en el contexto actual de calentamiento global, genera una preocupación añadida entre la comunidad científica.
La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, ha pedido a gobiernos y administraciones que se preparen para un escenario que podría traducirse en sequías más severas, precipitaciones extremas y un aumento del riesgo de olas de calor tanto en tierra como en los océanos. No se trata de una advertencia menor. El último gran episodio de El Niño, entre 2023 y 2024, contribuyó a que el planeta registrara algunas de las temperaturas más elevadas desde que existen mediciones fiables.
Los modelos climáticos manejados por la organización apuntan a una probabilidad cercana al 80% de que el fenómeno se consolide durante el verano y superior al 90% de cara al otoño. Aunque todavía existe incertidumbre sobre su intensidad definitiva, la mayoría de las proyecciones coinciden en que tendrá capacidad suficiente para influir de manera significativa en la evolución meteorológica global.
El Niño no es una anomalía nueva. Forma parte de un ciclo climático conocido como El Niño-Oscilación del Sur, asociado al calentamiento anómalo de las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial. Lo que preocupa a los expertos no es únicamente su aparición, sino el contexto en el que se produce.
Durante décadas, estos episodios han provocado importantes alteraciones meteorológicas en distintos continentes. Algunas regiones sufren sequías prolongadas, mientras otras experimentan lluvias torrenciales e inundaciones. Australia, partes de África, América Central o determinadas zonas de América del Norte figuran entre los territorios más sensibles a sus efectos.
Pero hoy el escenario es diferente. El planeta ya parte de temperaturas récord debido al cambio climático provocado por la actividad humana. Eso significa que fenómenos naturales que antes eran extraordinarios pueden tener ahora consecuencias más intensas y difíciles de gestionar.
La combinación entre variabilidad climática natural y calentamiento global constituye una de las principales preocupaciones de los organismos internacionales. No porque El Niño sea responsable del cambio climático, sino porque puede amplificar temporalmente algunos de sus efectos más visibles.
En el caso de España, la Agencia Estatal de Meteorología ha querido introducir un elemento de prudencia. A diferencia de otras regiones del mundo, la Península Ibérica no presenta una relación directa y consistente con los episodios de El Niño. Los mecanismos atmosféricos que condicionan el tiempo en España son mucho más complejos y dependen de numerosos factores adicionales.
Eso no significa que España sea completamente inmune. Algunos estudios han observado cierta relación entre episodios de El Niño y otoños o inviernos más húmedos en determinadas ocasiones, aunque la correlación está lejos de ser concluyente.
Para el verano de este año, la propia AEMET considera que la influencia del fenómeno será limitada. Sin embargo, sus previsiones siguen apuntando a temperaturas superiores a las habituales en buena parte del país, especialmente en el norte, el este peninsular y Baleares.
La advertencia de la OMM trasciende así la mera previsión meteorológica. Habla de resiliencia, de capacidad de adaptación y de preparación ante fenómenos que cada vez encuentran un planeta más vulnerable. Porque aunque El Niño sea un fenómeno cíclico conocido desde hace décadas, sus efectos se desarrollan ahora sobre un escenario climático mucho más frágil que el de generaciones anteriores.