La borrasca Leonardo no ha sido solo un episodio meteorológico más en el calendario invernal español. Ha funcionado, más bien, como un resumen condensado de las vulnerabilidades estructurales de un país que sigue tratando los fenómenos extremos como anomalías cuando, en realidad, se han convertido en rasgos permanentes del paisaje climático.
Las imágenes se repiten con una familiaridad inquietante: inundaciones repentinas, infraestructuras colapsadas, cosechas arrasadas, evacuaciones de emergencia y un coste económico que se mide en cientos de millones, aunque el balance real, es decir, el social y el ecológico, rara vez entra en las estadísticas oficiales. Leonardo ha dejado daños materiales, pero sobre todo ha mostrado evidencia.
Impacto inmediato
Como ocurre sistemáticamente, los efectos de Leonardo no se distribuyeron de forma homogénea. Las zonas más expuestas (cuencas fluviales saturadas, áreas costeras urbanizadas sin planificación climática, territorios rurales despoblados) volvieron a ser las más castigadas. La desigualdad climática, todavía incómoda en el discurso político, se manifestó con claridad: quienes menos contribuyen al problema suelen ser quienes pagan el precio más alto.
La respuesta institucional fue rápida y, una vez más en Andalucía, demostró que es posible la coordinación entre administraciones de distinto color político cuando hay interés en poner a los ciudadanos por delante de generar conflicto para sacar rédito electoral. Sin embargo, la activación de planes de emergencia, ayudas extraordinarias y promesas de reconstrucción siguen conviviendo con una realidad conocida: cada borrasca extrema pone a prueba un sistema diseñado para un clima que ya no existe.
Leonardo no es una excepción
El debate público tiende a tratar cada episodio como una singularidad, pero esa narrativa empieza a desmoronarse. Leonardo encaja en una secuencia creciente de fenómenos extremos que incluyen lluvias torrenciales, sequías prolongadas, olas de calor y cambios abruptos de temperatura.
El cambio climático no actúa como causa directa y única, sino como multiplicador de riesgos. Intensifica las precipitaciones, altera los patrones atmosféricos y reduce los márgenes de seguridad. Leonardo, como todas las borrascas concatenadas en los últimos dos meses, certifica las graves consecuencias del cambio climático que desde la extrema derecha o desde los ámbitos conspiranoicos niegan.
Infraestructuras del siglo XX frente a un clima del siglo XXI
Uno de los legados más visibles de Leonardo ha sido la fragilidad de las infraestructuras críticas. Carreteras, sistemas de drenaje, redes eléctricas y ferroviarias demostraron una vez más que fueron concebidas para escenarios climáticos más estables. La adaptación, cuando existe, suele ser reactiva, no preventiva.
España ha avanzado en diagnósticos y estrategias, pero sigue atrapada en un modelo donde la inversión en adaptación climática compite con prioridades a corto plazo. Leonardo ha vuelto a mostrar que cada euro no invertido en prevención se traduce en múltiples euros gastados en reparación.
Coste invisible
Más allá de los daños visibles, la borrasca dejó una huella profunda en ecosistemas ya tensionados. La erosión del suelo, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de acuíferos y la alteración de zonas húmedas son impactos menos fotogénicos, pero más duraderos.
El territorio español, especialmente en áreas mediterráneas y de montaña, se encuentra en una situación límite, resultado de décadas de urbanización intensiva, abandono rural y falta de planificación ecológica. Leonardo no creó esas fragilidades, simplemente las expuso con violencia.
Política climática
Cada episodio extremo reactiva el debate político sobre el cambio climático, pero rara vez logra romper la inercia estructural. El consenso científico contrasta con la lentitud de las decisiones. La adaptación sigue siendo el eslabón débil frente a una mitigación que, aunque imprescindible, ya no basta por sí sola.
Leonardo ha demostrado que no adaptarse también es una decisión política, con consecuencias medibles en vidas, territorios y recursos públicos. La gestión del riesgo climático ya no puede tratarse como una cuestión sectorial, sino como un eje central de gobernanza. Eso sí, con la responsabilidad de no imponer las agendas de determinados activismos sino del conocimiento logrado a través de los que realmente saben, ya sea por medio del conocimiento científico o del consuetudinario.
Cambio de paradigma
El verdadero balance de la borrasca Leonardo no se limita a los días de lluvia ni a los informes de daños. Su legado depende de si se interpreta como un accidente desafortunado o como una advertencia estructural. La diferencia entre ambos enfoques marcará el coste de las próximas décadas.
El cambio climático ya está aquí, manifestándose en forma de temporales más intensos, sequías más largas y una volatilidad atmosférica creciente. Leonardo no fue un aviso aislado, sino otro capítulo de una historia que se escribe con cada episodio extremo, con cada tragedia.