Mientras la política del ruido insiste en señalar a los migrantes como problema, los números dibujan otra escena: sin ellos, el crecimiento del autoempleo y una parte sustancial de la recaudación de la Seguridad Social simplemente no existirían. Los datos no gritan, pero son persistentes. Y cuando se repiten, terminan incomodando.
Hay debates que se sostienen por convicción ideológica y otros que se caen por agotamiento estadístico. El de la inmigración pertenece cada vez más a la segunda categoría. No porque haya desaparecido el conflicto, sino porque la realidad económica ha dejado de acompañar al discurso que la extrema derecha repite con disciplina: que los migrantes viven de ayudas, saturan los servicios públicos y compiten con los trabajadores nacionales. Basta con mirar el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos (RETA) para comprobar que ese relato se sostiene sobre una base frágil, cuando no directamente falsa.
En 2025, de las 37.619 nuevas altas netas en el régimen de autónomos, más de tres cuartas partes correspondieron a personas de origen extranjero. No se trata de un dato anecdótico ni coyuntural. Es una tendencia estructural que se repite año tras año y que explica por qué el autoempleo no se ha desplomado en un país envejecido, con tasas de relevo generacional en mínimos históricos. Sin esa aportación, el RETA estaría ya en retroceso.
El dato, además, tiene una lectura fiscal inmediata: cada nueva alta aporta una media de más de 3.500 euros anuales en cotizaciones. Traducido en términos de caja, hablamos de más de 100 millones de euros adicionales para el sistema solo en un año. No es solidaridad abstracta: es sostenimiento material de un sistema público que necesita contribuyentes activos más que discursos inflamados.
El trabajo como frontera real
La mayoría de estos nuevos autónomos proceden de fuera de la Unión Europea, con comunidades especialmente asentadas en sectores como el comercio, la hostelería, los cuidados o los servicios técnicos. Es decir, en actividades donde la economía española tiene vacíos persistentes, bien por condiciones laborales duras, bien por horarios extensos o por la falta de relevo entre trabajadores nacionales. No hay sustitución: hay cobertura de huecos que el mercado no consigue cerrar.
La tasa de actividad lo confirma. Mientras entre la población española ronda el 57%, entre la población extranjera supera el 69%. La diferencia no es cultural ni moral; es estructural. Quien migra lo hace, en la mayoría de los casos, para trabajar. Y lo hace rápido, con una intensidad superior a la media y con menor acceso a protección social. El supuesto abuso del sistema se diluye cuando se observa quién aporta y quién recibe: los migrantes contribuyen en torno al 10% de los ingresos de la Seguridad Social y apenas concentran un 1% del gasto.
Pero el debate público sigue girando en otra dirección. Se discute la regularización como si fuera un gesto ideológico, cuando en realidad responde a una necesidad administrativa y económica: miles de personas que ya viven, trabajan y pagan impuestos lo hacen en una situación de inseguridad jurídica que penaliza al Estado y a ellas mismas. Regularizar no crea empleo; lo ordena. No atrae migración; reconoce una realidad existente.
El silencio interesado
Lo llamativo no es solo la insistencia de la extrema derecha en el bulo, sino la tibieza con la que una parte del sistema político responde a los datos. La evidencia no ha logrado aún imponerse al miedo como instrumento de movilización. Quizá porque el miedo es más rentable en campaña. Quizá porque asumir la centralidad económica de la migración obliga a revisar discursos cómodos, incluso en espacios que dicen defender el interés general.
España afronta una jubilación masiva de autónomos en los próximos cinco años. Casi el 40% supera ya los 60 años. Sin una incorporación sostenida de trabajadores extranjeros, medio millón de actividades desaparecerán sin relevo. No es una hipótesis: es una proyección demográfica.
Los datos, esta vez, no admiten demasiadas interpretaciones. El autoempleo migrante no es un fenómeno marginal ni una anomalía del sistema. Es uno de sus pilares silenciosos. Y como suele ocurrir con lo que sostiene sin hacer ruido, solo se valora cuando falta.