Hay momentos en los que la realidad irrumpe con una ferocidad tan incontestable que la retórica partidista debería, por mero decoro humano, llamarse al silencio. La tragedia que ha asolado el levante almeriense, un infierno de fuego que se ha cobrado la vida de trece personas y ha reducido a cenizas más de siete mil hectáreas en Los Gallardos, representa una de las páginas más negras del verano español. Sin embargo, antes de que el humo de los focos extinguidos termine de disiparse y mientras las familias intentan asimilar la magnitud de la pérdida, la maquinaria del negacionismo climático de la extrema derecha ha vuelto a activarse para sembrar la confusión y desviar la atención del problema central que amenaza al planeta.
El escenario elegido para desplegar este artefacto ideológico no ha sido el fango de las redes sociales, sino la propia sala de prensa del Congreso de los Diputados. La portavoz parlamentaria de Vox, Pepa Millán, ha salido al paso de la catástrofe no para ofrecer una reflexión serena sobre la escalada de las temperaturas extremas, sino para arremeter contra las declaraciones de Pedro Sánchez y del presidente andaluz Juanma Moreno. Al acusar a ambos dirigentes de utilizar la crisis climática como una "excusa para descargar responsabilidades", la formación ultra vuelve a recurrir a su conocido manual de agitación: despojar a los incendios forestales de su contexto científico para encajarlos a la fuerza en su particular batalla contra el supuesto fanatismo verde.
Resulta inquietante comprobar cómo, ante una evidencia científica respaldada por abrumadores consensos globales, la respuesta de Vox siga siendo la negación mediante circunloquios retóricos. Afirmar que no se niega la transformación del clima mientras se demonizan de manera sistemática todas las políticas europeas de sostenibilidad ambiental y transición ecológica es una pirueta conceptual que roza el cinismo. Pretender que incendios con una capacidad destructiva inédita se deben de manera exclusiva a la falta de limpieza del monte durante el invierno equivale a ignorar deliberadamente que la sequía prolongada y las olas de calor extremo actúan como el verdadero combustible que convierte cualquier chispa en un infierno incontrolable.
El peligro de esta postura no radica únicamente en su desadecuación con la ciencia, sino en las consecuencias políticas directas para la seguridad de la ciudadanía. Al equiparar la gestión responsable de la emergencia climática con una conspiración contra la vida rural, la extrema derecha bloquea los grandes pactos de Estado que España necesita con urgencia para adaptar sus infraestructuras, sus servicios de extinción y su modelo de desarrollo a un entorno cada vez más hostil. Negar la influencia del calentamiento global en la virulencia de los fuegos no protege al mundo rural; al contrario, lo deja desarmado, expuesto a la intemperie y a la merced de fenómenos meteorológicos cada vez más mortíferos mientras el debate público se pierde en el laberinto de la crispación electoral.
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