La semana horribilis de Feijóo

La política admite errores. Lo que resulta más difícil de explicar es una sucesión de torpezas que acaba desdibujando el liderazgo que se pretende proyectar

09 de Julio de 2026
Actualizado a las 11:41h
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La semana horribilis de Feijóo

Hay semanas que un dirigente preferiría borrar del calendario. Alberto Núñez Feijóo acaba de protagonizar una de ellas. En apenas unos días ha conseguido enlazar varias polémicas evitables hasta convertir la torpeza política en el verdadero hilo conductor de su discurso público.

Lo sorprendente no es que se equivoque. Todos los líderes políticos lo hacen. Lo llamativo es la capacidad para enlazar una torpeza con la siguiente antes de que la anterior haya desaparecido de la conversación pública.

Primero decidió asumir como propia una de las iniciativas más ideológicas del Gobierno de Isabel Díaz Ayuso. Anunció que, si llega a La Moncloa, extenderá a toda España la ley del "concebido no nacido", una expresión que no pertenece al lenguaje jurídico habitual, sino al vocabulario construido durante años por los sectores más conservadores para trasladar al debate público una determinada concepción de los derechos reproductivos.

Lo presentó como una política de apoyo a las familias. Terminó abriendo un debate que situó de nuevo al Partido Popular en el terreno donde Vox se siente más cómodo. La agenda la marcó Ayuso. Feijóo simplemente decidió nacionalizarla. Después puso rumbo a Pamplona para asistir a los Sanfermines. Hay escapadas que ayudan a rebajar la tensión. Difícilmente cuando la tensión la ha provocado uno mismo.

Apenas había terminado esa polémica cuando apareció otra.

Ante un auditorio de empresarios, el líder del PP decidió señalar a las personas trabajadoras de baja médica como uno de los grandes problemas del país. Habló del absentismo como un "cáncer", planteó revisar salarios y prestaciones e incluso aseguró que impulsaría esa reforma "con o sin acuerdo" con sindicatos y patronal.

La torpeza fue doble. Porque confundió deliberadamente el fraude con la enfermedad y porque puso bajo sospecha a millones de personas que no están en su casa por comodidad, sino porque padecen un cáncer, una depresión, una fractura, una enfermedad cardiovascular o esperan durante meses una intervención quirúrgica en un sistema sanitario sometido a una enorme presión. Resulta difícil pedir empatía social empezando por desconfiar de quienes más protección necesitan.

Como si todo eso fuera insuficiente, Feijóo volvió a describir España como un país instalado en la decadencia institucional. Habló de "fallo multiorgánico", de enfermedad aguda y de una situación prácticamente terminal que exigiría una intervención urgente.

El recurso ya empieza a resultar familiar. Cada discurso necesita una metáfora más dramática que el anterior. El problema es que, cuando todo se presenta como una emergencia nacional, acaba siendo difícil distinguir qué merece realmente preocupación y qué forma parte simplemente de una estrategia de oposición basada en el dramatismo permanente.

Hay algo especialmente revelador en esta sucesión de episodios. Feijóo lleva años intentando construir una imagen de dirigente moderado, prudente y previsible. Sin embargo, sus decisiones políticas avanzan exactamente en la dirección contraria.

Quiere representar el centro y termina adoptando buena parte de la agenda cultural de Isabel Díaz Ayuso. Pretende proyectar serenidad y recurre constantemente al lenguaje del colapso. Aspira a aparecer como un gestor y acaba alimentando polémicas que desplazan el foco de cualquier propuesta de gobierno.

La política también consiste en elegir las batallas. Y Feijóo lleva semanas eligiendo precisamente aquellas que más dificultades le crean para sostener el personaje que intenta representar.

Porque nadie le obligaba a convertir la ley madrileña del "concebido no nacido" en una prioridad nacional. Nadie le exigía poner el foco sobre los trabajadores enfermos. Nadie le pedía describir España como un organismo al borde del colapso. Son decisiones propias. Y todas responden a un mismo patrón.

Cada vez resulta más evidente que el líder del PP vive atrapado entre dos impulsos contradictorios. Quiere parecer un presidente institucional, pero siente la necesidad permanente de competir con el discurso más duro de la derecha. Cada paso que da para consolidar ese perfil termina acercándolo un poco más a Ayuso y un poco menos al dirigente moderado que prometió ser.

Lo verdaderamente llamativo es que esta vez no ha sido la oposición quien le ha puesto en dificultades. Ha sido el propio Feijóo. Cada declaración ha ido tapando a la anterior. Cada intento de marcar la agenda ha terminado convertido en una nueva explicación, en una nueva rectificación política o en un nuevo debate sobre sus propias palabras.

Quizá ese sea hoy su principal problema. No Pedro Sánchez, no Vox, si no su propia torpeza.

Porque cuando un líder consigue que casi cada intervención desemboque en una polémica  evitable, deja de transmitir liderazgo para proyectar improvisación. Y hay pocas formas más eficaces de debilitar una alternativa de gobierno que convertir cada semana en una nueva oportunidad para tropezar.

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