El Partido Popular ha encontrado una explicación para las palabras de Mariano Rajoy sobre la selección francesa. Era sarcasmo. También era, según Borja Sémper, una expresión “sin mala intención”. La dirección popular pretende así clausurar el debate con uno de esos salvoconductos que sirven para todo cuando un dirigente ha escrito algo indefendible y nadie desea asumir el coste de corregirlo.
El sarcasmo tiene una ventaja extraordinaria en la política contemporánea. Solo aparece después del escándalo. Nadie lo anuncia al publicar la frase, nadie percibe con claridad su mecanismo y nadie sabe explicar cuál era exactamente el objeto de la burla. Pero, una vez llegan las protestas, surge como una coartada retrospectiva, una especie de absolución literaria concedida por el propio partido.
Rajoy escribió que Francia posee una plantilla de altísimo nivel, “eso sí, sin franceses”. El dato objetivo es sencillo. Los 26 jugadores son franceses y 23 nacieron en Francia. Los otros tres también tienen nacionalidad francesa y, por tanto, el mismo derecho a representar a su país que cualquier ciudadano cuyo apellido resulte más cómodo para la imaginación étnica del expresidente.
¿Dónde reside entonces el sarcasmo?
El sarcasmo exige una distancia entre lo que se dice y lo que realmente se quiere expresar. Cuando alguien exclama “qué magnífica puntualidad” ante quien llega dos horas tarde, las palabras afirman lo contrario de aquello que se pretende comunicar. Existe una inversión reconocible. Hay un destinatario, un sentido y una inteligencia compartida con el lector.
En la frase de Rajoy no aparece ninguna inversión. Afirma que en la selección francesa no hay franceses y lo hace después de observar una plantilla formada mayoritariamente por jugadores negros o de ascendencia migrante. La lectura literal coincide exactamente con el prejuicio que transmite. Para que aquello fuese sarcasmo, Rajoy tendría que haber querido decir que todos eran inequívocamente franceses y haber construido alguna señal textual que permitiera entenderlo. No existe tal señal. Tampoco el PP ha sido capaz de identificarla.
Quizá debamos aceptar que estamos ante una variedad literaria desconocida hasta ahora. El sarcasmo sin doble sentido. La ironía que afirma exactamente lo que parece afirmar. La broma cuyo significado secreto coincide con la interpretación de todos los que la leen. Un prodigio retórico tan sofisticado que solo ha conseguido descifrarlo la dirección nacional del Partido Popular.
No todo comentario ofensivo se convierte en humor porque sus autores sonrían después.
La explicación de la “mala intención” resulta igualmente pobre. La intención privada de Rajoy no puede inspeccionarse y tampoco constituye el centro del problema. Una persona puede difundir un prejuicio sin levantarse esa mañana con el propósito consciente de ofender. Buena parte de la discriminación funciona precisamente así, mediante ideas tan interiorizadas que quien las reproduce ni siquiera percibe su violencia.
El racismo no siempre comparece con uniforme, proclama y plena conciencia de sí mismo. A veces adopta el tono distraído de quien considera evidente que un ciudadano negro es menos francés que otro blanco. La ausencia de malicia confesada no elimina el contenido de una frase. De ser así, bastaría alegar buenas intenciones para borrar cualquier humillación.
La defensa popular confunde además el sarcasmo con la impunidad del bromista. La sátira, la ironía y el humor pueden ser crueles, por supuesto, pero su valor intelectual depende en buena medida de la dirección del golpe. Swift propuso que los irlandeses pobres vendieran a sus hijos como alimento para denunciar la brutalidad con la que eran tratados. No estaba ridiculizando a los niños hambrientos, sino a quienes contemplaban la pobreza como una cuestión de cálculo económico.
Rajoy no golpea al poder, al racismo ni a quienes desconfían de la diversidad francesa. El golpe cae sobre futbolistas a quienes se niega simbólicamente la pertenencia a su propio país. Llamarlo sarcasmo no invierte la dirección. Solo intenta embellecerla.
También resulta llamativo que el PP haya preferido inventar una intención literaria antes que reconocer un error. Esperanza Aguirre, poco sospechosa de animadversión hacia Rajoy, calificó el comentario de “muy desafortunado”. Otros dirigentes conservadores se han distanciado. La cúpula nacional, en cambio, ha optado por fingir que el problema no está en la frase, sino en la limitada sensibilidad humorística del resto de Europa.
Francia tampoco entendió el supuesto chiste. Su Gobierno, su federación de fútbol y su embajada percibieron una descalificación de ciudadanos franceses por su origen o apariencia. Puede que todos carezcan de la formación necesaria para apreciar la comicidad gala según Rajoy. O puede, sencillamente, que el sarcasmo sea la etiqueta que el PP ha pegado sobre una frase racista para evitar llamarla por su nombre.
La diferencia importa. Un partido responsable habría podido afirmar que Rajoy se equivocó, que sus palabras no representan la idea de ciudadanía del PP y que todos los integrantes de la selección son tan franceses como cualquiera de sus compatriotas. Habría sido una rectificación elemental y habría cerrado el asunto con una claridad que incluso un francés podría comprender.
Pero corregir a un expresidente exige más valentía que atribuirle un sentido oculto. El sarcasmo se ha convertido aquí en el refugio de quienes no quieren defender abiertamente una frase, pero tampoco se atreven a condenarla.
La operación termina perjudicando incluso al propio humor. La ironía es una forma exigente de inteligencia, no un servicio de limpieza para declaraciones vergonzosas. Requiere precisión, conciencia del lenguaje y una complicidad que permita reconocer aquello que se está denunciando. No consiste en lanzar un prejuicio y esperar a que el partido redacte después las instrucciones para encontrarle la gracia.
Rajoy escribió que Francia juega sin franceses. El PP dice que era sarcasmo. La explicación no demuestra que el expresidente fuese más ingenioso de lo que parecía. Demuestra que su partido está dispuesto a volver ininteligible el idioma con tal de no admitir lo evidente.
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