El sol de mayo en Andalucía no solo calienta las plazas, sino que termina de madurar un escenario político que parece escrito antes de abrir las urnas. A escasos días del 17 de mayo, la comunidad autónoma respira un aire de calma tensa, donde la verdadera batalla no es quién ganará, sino bajo qué condiciones se ejercerá el poder. El Palacio de San Telmo aguarda a un inquilino que ya conoce sus pasillos, pero que este domingo se juega algo más que la presidencia: la validación de un modelo de gestión personalista que ha logrado desdibujar las fronteras ideológicas tradicionales en el sur de España.
La última fotografía fija del tablero, proporcionada por el sondeo de 40db para El País y la SER, sitúa a Juanma Moreno en el umbral de una gloria que roza lo matemático. Con un 43,3% de los votos, el candidato del Partido Popular no solo lidera, sino que orbita peligrosamente cerca de la mayoría absoluta. Esa horquilla de entre 54 y 57 escaños es el latido del corazón de estas elecciones. Cruzar la barrera de los 55 diputados no es un simple capricho estadístico; es el salvoconducto para evitar el abrazo de una ultraderecha que, aunque estancada, aguarda su oportunidad para entrar en el motor del ejecutivo regional.
En el reverso de esta moneda encontramos a una María Jesús Montero que ha asumido el reto de salvar los muebles en un feudo que antaño fue el pulmón del socialismo español. Sin embargo, los datos son gélidos para el PSOE andaluz, que con un 23% de los sufragios se encamina a un resultado históricamente bajo. La posibilidad de quedarse por debajo de los 30 diputados no solo debilita la alternativa en Sevilla, sino que envía un mensaje de alerta a la Moncloa sobre el desgaste de sus figuras clave en el territorio. La hegemonía popular parece alimentarse de un voto moderado que antes encontraba cobijo en las siglas socialistas y que ahora prefiere la estabilidad percibida del actual presidente.
Por su parte, Vox y Manuel Gavira se encuentran en una suerte de meseta electoral. Aunque consolidan su tercera posición con un 13,8%, el crecimiento es casi imperceptible respecto a la legislatura anterior. Su victoria el domingo no se medirá en votos propios, sino en la insuficiencia ajena. Si Moreno se queda en esos 54 escaños, el candidato de Vox pasará de ser un espectador ruidoso a un socio indispensable, forzando una coalición que el PP ha intentado evitar durante toda la campaña mediante un discurso de centralidad y autonomía de gestión.
La fragmentación a la izquierda del PSOE ofrece, paradójicamente, un leve destello de resistencia. Tanto Antonio Maíllo al frente de Por Andalucía como José Ignacio García con Adelante Andalucía muestran una capacidad de resiliencia notable. La suma de ambas fuerzas podría alcanzar hasta los 12 escaños, una cifra que, aunque insuficiente para alterar el ganador, sí recompone un mapa del voto progresista que se niega a desaparecer bajo el rodillo de la derecha. Es un crecimiento modesto pero significativo en un contexto de marea azul, sugiriendo que existe una Andalucía que reclama políticas más radicales en lo social frente al pragmatismo institucional de la Junta.
El domingo no se decide el nombre del presidente, pues el electorado parece haber emitido ya ese veredicto en favor de la continuidad de Juanma Moreno. Lo que realmente se dirime es el grado de libertad que tendrá el Partido Popular para ejecutar su agenda. La diferencia entre 54 y 55 escaños es la distancia entre un gobierno de manos libres o una legislatura marcada por las concesiones constantes. Andalucía, en su recta final, camina hacia una jornada donde la incertidumbre ha sido sustituida por la aritmética, y donde el silencio de las urnas solo romperá para confirmar si el cambio de ciclo iniciado hace años es ya una estructura inamovible en el sur peninsular.