El pasado fin de semana, Diario Sabemos publicó un análisis en el que se certificaba que la división de las formaciones a la izquierda del PSOE iba a tener como consecuencia de una pérdida de, al menos, 10 diputados que irían al bloque de la derecha y de los ultras. Sin embargo, puede ser mucho peor.
La última radiografía demoscópica previa a las elecciones generales del 29 de noviembre retrata la destrucción de la arquitectura política que sostuvo, de aquella manera, al Gobierno de coalición durante la legislatura saliente. La brecha entre bloques, que hace tres años era de apenas 19 diputados a favor del centro-derecha y de la extrema derecha, se multiplica ahora por cuatro. La suma del Partido Popular y Vox alcanza la barrera simbólica del 51% de los sufragios, garantizándoles una holgada mayoría absoluta de entre 190-201 escaños en el Congreso.
El derrumbe del espacio progresista no es un fenómeno abstracto ni una fluctuación pasajera del clima de opinión en las grandes capitales. Se trata de un desgajamiento paulatino, escaño a escaño y provincia a provincia, que golpea al corazón de la representación parlamentaria. El bloque conformado por el PSOE, la plataforma Frente Amplio liderada por Ada Colau y Podemos se hunde hasta los 117 diputados, dejándose por el camino 35 escaños respecto a los 152 que sumaban en 2023. La sangría afecta a más del 45% del mapa nacional y pone en riesgo directo de retroceso a la izquierda en 29 circunscripciones, convirtiendo el mapa en un monocromo azul y verde.
Sorpasso territorial de la extrema derecha
Uno de los motores principales de esta mutación institucional radica en el fracaso definitivo para armar una papeleta de unidad a la izquierda de la socialdemocracia. Tras semanas de negociaciones al límite, la fractura entre Frente Amplio y Podemos ha destruido la eficiencia electoral del espacio. Si en 2023 la marca unificada de Sumar logró representación en 19 provincias, la propuesta de Frente Amplio solo tiene asegurado su asiento en seis o siete circunscripciones urbanas como Barcelona, Madrid, Valencia o Alicante. El porcentaje global de la izquierda alternativa se erosiona. Pero es en la traducción a escaños donde el impacto se vuelve devastador. Cayendo de 31 a apenas 13 representantes.
Esta atomización de la izquierda beneficia de forma directa a la candidatura de Santiago Abascal. Con una proyección del 19,5% de los votos y, al menos, 65 diputados, la formación de extrema derecha rompe sus propios techos históricos impulsada por la sangría territorial del progresismo. En 21 de las 23 provincias donde el PSOE o la izquierda pierden representación, es la derecha la que captura directamente la plaza liberada. Vox logra así erigirse en tercera fuerza en 41 circunscripciones desbancando de forma casi sistemática a la izquierda de su antiguo suelo electoral y relegando a la plataforma de Ada Colau a una presencia marginal fuera de los grandes feudos urbanos.
Transferencia de voto entre bloques
La creencia de que el debilitamiento del Partido Socialista se corregiría mediante un trasvase automático hacia las candidaturas situadas a su izquierda ha saltado por los aires o de que la moderación de la marca socialdemócrata absorbería el desencanto de sus socios. El flujo mutuo entre el PSOE y el espacio de Frente Amplio o Podemos es simétrico. Medio millón de electores en cada sentido anulando cualquier ganancia neta dentro del bloque.
El verdadero escape de agua se produce en la frontera con el centro-derecha y la extrema derecha. Más de 800.000 ciudadanos que depositaron voto de izquierdas en 2023 se declaran dispuestos a apostar hoy por Alberto Núñez Feijóo o Santiago Abascal. Al mismo tiempo, la movilización dentro de la derecha se mantiene en niveles de máxima disciplina. Mientras el Partido Popular retiene al 73% de sus antiguos electores y Vox supera el 82% de fidelidad directa, en el campo socialdemócrata se instala el desencanto.
Un 11% de los antiguos votantes de Pedro Sánchez y un 13,2% de los apoyos de Sumar se declaran indecisos o tentados por la abstención. Es la desmovilización de las bases progresistas, más que el crecimiento propio de sus rivales, lo que termina de inclinar la balanza en las provincias de tamaño medio del interior peninsular y del sur. Es un drenaje silencioso, un goteo que, sumado, se convierte en riada.
Pocas ventanas para el vuelco
El saldo final es un repliegue sin precedentes del espacio de gobierno a sus bastiones tradicionales de las periferias plurinacionales. El Partido Popular consolida la condición de fuerza más votada en 27 provincias, mientras que el PSOE solo tiene garantizada la victoria en solitario en Barcelona y Tarragona. Salvo en las tres provincias vascas, las cuatro catalanas y la Comunidad Foral de Navarra, la entente entre el PP y Vox se impone con rotundidad en el 80% de la geografía nacional, consolidando una hegemonía territorial que deja al Ejecutivo saliente sin margen para reeditar la geometría parlamentaria del pasado.
A las puertas de una campaña que se prevé de una dureza inédita, el margen de maniobra para el progresismo ha quedado reducido al mínimo. Las únicas reservas de esperanza para las filas del Gobierno se concentran en la activación de última hora de la bolsa de indecisos y en la batalla que se librará por el último escaño en cerca de una treintena de provincias. Sin embargo, con un electorado progresista dominado por el cansancio y una derecha instalada en la movilización total, el mapa proyectado para el 29 de noviembre señala una transición inapelable hacia un nuevo ciclo político.
Abstención: el enemigo invisible de la izquierda
Hay algo profundamente revelador en este mapa, algo que trasciende los escaños, que habla del estado de ánimo de un país. La izquierda no pierde solo por el avance de la derecha, sino por su propia desmovilización de ese 11% de votantes socialistas que se declaran indecisos, por ese 13,2% de apoyos de Sumar que coquetean con la abstención, por ese cansancio que se instala en las bases, por esa desilusión que se convierte en silencio. Y el silencio, en política, es el peor enemigo porque no se puede combatir, no se puede convencer, no se puede movilizar. Solo se puede esperar y esperar, a veces, es perder.
La derecha, mientras tanto, no tiene ese problema. Su movilización es total. Su disciplina es máxima. Su fidelidad es absoluta. El PP retiene al 73% de sus votantes. Vox supera el 82%. Son máquinas de votar. Máquinas de ganar. Máquinas de ocupar cada escaño que la izquierda deja vacío. Y mientras la izquierda se lame sus heridas, la derecha se frota las manos. Porque sabe que, en esta guerra, el enemigo no es el adversario. El enemigo es la apatía. Y la apatía, por desgracia, juega a favor de quien más se mueve. Y la derecha, hoy, se mueve mucho.
No todo está perdido para el progresismo
El margen de maniobra existe. Es estrecho, pero existe. Las ventanas para el vuelco se concentran en cuatro frentes. La reducción de la duda entre el 11% de exvotantes de Sánchez, la disputa directa del último escaño en 29 circunscripciones clave, la recuperación del voto útil en feudos de Barcelona y Madrid y el freno a la abstención en las clases trabajadoras y jóvenes desencantados. Cuatro frentes. Cuatro oportunidades. Cuatro claves que podrían cambiar el mapa. O no.
La realidad es tozuda y dice que la izquierda llega a esta campaña con cansancio, división y desencanto. La derecha llega con ilusión, unidad y hambre. El hambre, en política, es peligrosa porque el hambriento no se detiene ante nada. No negocia. No espera. No duda. Ataca. La izquierda, hoy, no está para ataques. Está para curarse, recomponerse y sobrevivir.
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