Hay partidos que cambian de opinión. Y luego está el Partido Popular, que ha elevado la contradicción a una forma de gobierno y la hipocresía a una disciplina olímpica. Lo último es casi de manual, criticar con gesto severo y ceño fruncido el viaje de Pedro Sánchez a China… mientras uno de los suyos, el presidente gallego Alfonso Rueda, hace las maletas para ir exactamente al mismo sitio.
Pero no es lo mismo, claro. Nunca lo es cuando lo hace el PP. Mientras desde Génova se reparten lecciones grandilocuentes sobre democracia, aliados y valores occidentales —todo muy solemne, todo muy impostado—, en Galicia se preparan reuniones con empresas chinas, encuentros institucionales y, por supuesto, la imprescindible venta de oportunidades de negocio.
Porque una cosa es la retórica y otra muy distinta, bastante más interesante, es el negocio. La coherencia, como siempre en el PP, es selectiva. Resulta fascinante observar esa doble moral tan trabajada, tan consistente en su inconsistencia. Cuando Sánchez viaja a China, el PP habla de dudas, de incomodidad, de geopolítica con tono doctoral. Cuando viaja Rueda, de repente China deja de ser un problema y pasa a ser una oportunidad. Un destino estratégico. Un socio con el que “trabar relaciones”. Ni rastro de aquellos escrúpulos tan ruidosos. Ni una palabra sobre derechos humanos. Ni una sola referencia a esos valores que tanto les preocupaban hace apenas unas horas. Desaparecen con una facilidad pasmosa en cuanto hay intereses económicos de por medio. Y no es algo nuevo.
Esta elasticidad ideológica tan característica del PP lleva años perfeccionándose. Porque ya en 2013 algunos dirigentes populares defendían con entusiasmo las bondades de estrechar lazos con China, en aquel momento sin que la palabra “democracia” pareciera interponerse demasiado en la conversación. Entonces tampoco había problema. El problema, como casi siempre, no es el qué, sino el quién.
Si lo hace el adversario, es una traición. Si lo hacen ellos, es estrategia. Mientras tanto, Rueda prepara su agenda asiática con esa mezcla de solemnidad institucional y pragmatismo empresarial que tan bien define al PP cuando gobierna: vender Galicia como territorio seguro, atraer inversiones, abrir mercados… Todo muy razonable, todo perfectamente legítimo.
Lo que chirría no es el viaje. Es el teatrillo previo. Porque cuesta tomarse en serio a un partido que en cuestión de días pasa de señalar con el dedo a China como un socio dudoso a presentarse allí con una carpeta llena de propuestas y una sonrisa diplomática perfectamente ensayada.
Es una forma de hacer política profundamente cínica. No porque viajar a China sea cuestionable, sino porque el discurso cambia en función de quién esté en el avión. Y eso dice bastante más del PP que cualquier declaración oficial. Al final, lo que queda es una imagen bastante nítida. Un partido que convierte la política exterior en un ejercicio de oportunismo constante, que utiliza los principios como arma arrojadiza cuando le conviene y los guarda en un cajón cuando interfieren con la agenda. Y en ese vaivén permanente, lo único que no cambia es el tono. Ese tono altivo, un punto paternalista, con el que pretenden dar lecciones mientras hacen exactamente lo contrario de lo que critican. Como si la memoria fuera corta o la contradicción no se notara tanto.