El PP gana y el PSOE se estrella en la gran fiesta aragonesa de la extrema derecha

El PP gana las elecciones pero pierde 2 escaños, el PSOE iguala su peor resultado histórico, la izquierda se derrumba mientras Vox multiplica por 2 lo obtenido en 2023 y SALF casi triplica los datos de Podemos

08 de Febrero de 2026
Actualizado el 09 de febrero
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Resultados Aragon PP Gana

El mapa político de Aragón tras las urnas dibuja menos una victoria clara que un síntoma profundo de reordenación ideológica. El Partido Popular ha ganado las elecciones autonómicas celebradas este domingo con 26 escaños, pero lo ha hecho con un sabor agridulce: pierde dos diputados respecto a 2023, el año en que ya había capitalizado el desgaste del ciclo progresista. La aritmética parlamentaria confirma que el poder formal no siempre coincide con el impulso político real.

El gran protagonista de la noche ha sido Vox, cuya irrupción reforzada hasta los 14 escaños, el doble de los obtenidos en los anteriores comicios, consolida una tendencia que ya no puede leerse como coyuntural. En Aragón, como en otras comunidades, la ultraderecha radical deja de ser un actor auxiliar para convertirse en socio imprescindible, desplazando el eje del debate hacia posiciones más duras en materia territorial, identitaria y cultural.

En contraste, el PSOE sufre un retroceso severo, quedándose en 18 escaños, cinco menos que en 2023. El dato es especialmente simbólico: los socialistas igualan su mínimo histórico de 2015, un año que marcó el inicio de su larga travesía por el desierto en la comunidad. Más allá del resultado numérico, el mensaje político es claro: el electorado de centroizquierda permanece desmovilizado o fragmentado, incapaz de articular una alternativa convincente frente al bloque conservador.

En ese contexto, la Chunta Aragonesista emerge como una anomalía positiva. Con 6 diputados, mejora sus resultados y confirma que el regionalismo progresista sigue teniendo espacio cuando se presenta como una opción nítida y arraigada en el territorio. No ocurre lo mismo con IU-Sumar, que apenas logra un escaño, ni con Podemos, que desaparece del Parlamento autonómico, certificando el colapso del proyecto a la izquierda del PSOE en Aragón. Aragón Existe, por su parte, resiste con 2 diputados, manteniendo una presencia modesta pero estable.

La participación electoral, situada en el 56,29% a las 18.00, supera en 1,56 puntos la de 2023. El dato sugiere un ligero repunte del interés ciudadano, aunque insuficiente para hablar de una movilización decisiva. Más bien apunta a un electorado que vota con escepticismo pragmático, consciente de que las opciones disponibles ofrecen más gestión del desgaste que promesas de renovación.

Unos resultados para la reflexion de PP y PSOE

El avance de Vox en Aragón no puede explicarse únicamente como un voto de protesta episódico ni como un fenómeno estrictamente regional. Su crecimiento hasta los 14 escaños responde a una convergencia de factores estructurales que trascienden la coyuntura autonómica y conectan directamente con la polarización de la política nacional española.

En primer lugar, la extrema derecha capitaliza una sensación de fatiga cultural y económica que se ha ido acumulando en amplias capas del electorado, sobre todo del más progresista. En territorios como Aragón, donde conviven áreas urbanas dinámicas con una extensa España interior despoblada, el discurso de Vox ha encontrado el terreno fértil al combinar agravios identitarios con promesas de orden y simplificación política. Frente a debates complejos sobre financiación autonómica, transición ecológica o cohesión territorial, la ultraderecha ofrece respuestas contundentes, aunque imprecisas, que conectan emocionalmente con un electorado cansado de matices ideológicos.

A ello se suma la normalización institucional de Vox, facilitada por el Partido Popular. La estrategia de los populares, gobernar con Vox o asumir parte de su agenda discursiva, ha tenido un efecto paradójico: lejos de absorber a la extrema derecha, ha contribuido a legitimarla. En Aragón, como en otras comunidades, Vox ya no es percibido como una fuerza antisistema, sino como una opción de poder plausible, lo que reduce los costes simbólicos de votarla.

Sin embargo, el factor decisivo es la creciente nacionalización del voto autonómico. Estas elecciones han sido leídas por amplios sectores del electorado no como un plebiscito sobre la gestión regional, sino como un episodio más de la confrontación política estatal. La agenda nacional (la amnistía, el modelo territorial, la relación con los independentismos, la figura del presidente del Gobierno) ha eclipsado el debate aragonés, convirtiendo las urnas en un canal de expresión emocional frente al Ejecutivo central.

Este fenómeno ha perjudicado especialmente al PSOE, atrapado entre su responsabilidad de gobierno en Madrid y su desgaste territorial. El retroceso socialista hasta 18 escaños, igualando su mínimo histórico, refleja una desconexión entre el discurso nacional del partido y las preocupaciones cotidianas del votante. La estrategia de polarización, eficaz en elecciones generales, pierde tracción cuando se traslada mecánicamente al ámbito regional, donde la gestión concreta y la identidad territorial pesan más de lo que la dirección nacional parece asumir.

La fragmentación de la izquierda agrava esta dinámica. La desaparición de Podemos y el resultado marginal de Sumar evidencian la incapacidad del espacio progresista para ofrecer un relato coherente y movilizador

En este contexto, el auge de la extrema derecha no es tanto una anomalía como un síntoma de la simplificación del debate político. A medida que las elecciones autonómicas se convierten en sucursales de la política nacional, los matices desaparecen y las opciones más radicales se benefician de la lógica plebiscitaria. Vox prospera no solo por lo que propone, sino por el marco emocional en el que se vota. A esto hay que sumar el crecimiento del partido del ultra Alvise Pérez, que casi ha triplicado los resultados de Podemos y se ha quedado sólo a 0,2% (1.300 votos) de IU-Sumar.

En suma, el crecimiento de la extrema derecha y la nacionalización del voto forman parte de un mismo proceso: la transformación de las elecciones regionales en referendos emocionales sobre el rumbo del país. Aragón no es una excepción, sino un laboratorio adelantado de una tendencia que redefine la democracia territorial española, donde ganar ya no significa convencer, sino resistir mejor que el adversario en un clima de polarización permanente.

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