En febrero de 2026, el Partido Popular ha decidido observar con sorna la tentativa de reordenación del espacio progresista. En público, ironía; en privado, cálculo. La dirección de Alberto Núñez Feijóo sostiene que los movimientos de Gabriel Rufián y la reedición de alianzas entre Sumar, IU, Comunes y Más Madrid pueden “activar al electorado de centroderecha”. El desdén no es espontáneo: es una herramienta. Reducir al adversario a caricatura para evitar discutir proyecto contra proyecto.
El sarcasmo como estrategia
El PP ha optado por trivializar la gira de encuentros anunciada por Gabriel Rufián y los intentos de recomposición del espacio a la izquierda del PSOE. Desde Génova se habla de “OPA” a Yolanda Díaz, de “mercado de fichajes”, de “juguete roto”. La retórica no es inocente. Se busca fijar un marco: la izquierda como suma de egos desorientados, incapaz de articular liderazgo estable.
Alberto Núñez Feijóo se permitió en el Congreso calificar a Díaz como “juguete roto” del PSOE. Miguel Tellado elevó el tono al dar por amortizada su carrera política. El mensaje interno es claro: no hay alternativa sólida al sanchismo y cualquier intento de reorganización nace muerto.
Ese tono burlón, amplificado en redes y declaraciones off the record, cumple una doble función. Por un lado, cohesiona al votante conservador alrededor de una idea de inevitabilidad: el PP ganará porque enfrente solo hay fragmentación. Por otro, desplaza el foco de los propios problemas del partido: su dependencia estructural de Vox en varias comunidades y la ausencia de mayoría suficiente en el Congreso.
La política convertida en meme
La apelación constante a Twitter —“solo le quiere Twitter”, dicen en el entorno de Feijóo sobre Rufián— revela algo más que una broma. La política reducida a meme favorece a quien parte con ventaja estructural. Convertir a un adversario en tendencia digital evita discutir propuestas concretas: fiscalidad, modelo territorial, transición ecológica o financiación autonómica.
Un cálculo electoral, no ideológico
El PP interpreta que la mera posibilidad de un entendimiento entre fuerzas soberanistas y la izquierda alternativa puede funcionar como estímulo para su base. Es un razonamiento clásico: ante la amenaza de un bloque “radicalizado”, el votante moderado se refugia en la opción conservadora que promete estabilidad.
La paradoja es que esa estabilidad depende, hoy por hoy, de acuerdos con Vox. Mientras Génova ironiza con la supuesta vicepresidencia de Rufián, el propio Feijóo ha normalizado los pactos “puntuales” con la extrema derecha en parlamentos autonómicos y municipales. La izquierda es caricaturizada por hablar entre sí; la derecha se presenta como responsable aunque necesite apoyos más duros que nunca.
No hay en el discurso popular una evaluación seria de por qué el espacio progresista busca recomponerse. Tampoco un análisis de las causas sociales que sostienen a esos electorados: precariedad juvenil, crisis de vivienda, desigualdad territorial. El PP prefiere el marco identitario al programático.
Eludir el fondo
Cuando Rufián insiste en que “o hablamos entre nosotros o nos vamos al carajo”, está formulando una advertencia estratégica sobre la fragmentación del bloque progresista. Puede compartirse o no su diagnóstico, pero el debate existe. La respuesta del PP no es contraponer un proyecto alternativo, sino celebrar el ruido.
Génova confía en que la mera evocación de un posible frente amplio soberanista reactive a su electorado. Es una lectura instrumental de la política: el adversario no es un contendiente con el que confrontar ideas, sino un recurso para movilizar miedo o rechazo.
El problema de fondo para el PP es otro. Si su expectativa de victoria descansa en la debilidad ajena más que en la fortaleza propia, el liderazgo queda en entredicho. Y si la cohesión de su bloque depende de señalar a la izquierda como amenaza existencial, el debate público se empobrece deliberadamente.
En ese terreno cómodo de la ironía permanente, el Partido Popular evita explicar cómo piensa gobernar un país con mayorías parlamentarias fragmentadas, tensiones territoriales abiertas y una economía atravesada por desigualdades estructurales. Prefiere reírse. Porque reírse, hoy, le resulta rentable.