La noche electoral andaluza dejó una imagen poco agradable para toda la izquierda alternativa. No solo porque el PP volvió a ganar. Ni siquiera porque Moreno Bonilla vaya a seguir gobernando. Lo verdaderamente inquietante para el espacio situado a la izquierda del PSOE fue otra cosa mucho más profunda: la sensación de agotamiento. Un agotamiento político, emocional y también estratégico.
Podemos lo verbalizó este lunes con una mezcla de resignación y advertencia. La coalición Por Andalucía no ha funcionado como esperaba. Conservó representación, sí, pero no logró crecer, no consiguió movilizar lo suficiente y terminó incluso superada simbólicamente por Adelante Andalucía, el espacio heredero del antiguo sector anticapitalista que hace años rompió con la lógica estatal de Unidas Podemos.
Eso explica el tono del mensaje lanzado por Pablo Fernández. Más que una simple valoración electoral, lo que hizo Podemos fue empezar a posicionarse para el próximo ciclo político. Y ese posicionamiento pasa por recuperar una idea que el partido considera perdida durante estos años de coalición gubernamental: la autonomía política frente al PSOE.
No es casualidad que Fernández insistiera varias veces en esa expresión. “Radicalmente autónoma”. La frase contiene toda una enmienda implícita a la última legislatura progresista.
Porque en Podemos existe desde hace tiempo la convicción de que parte de la izquierda terminó diluyéndose dentro de la lógica institucional del Gobierno de coalición. Que demasiadas veces el debate público acabó reducido a gestionar acuerdos parciales mientras desaparecía el impulso transformador que permitió el nacimiento del espacio hace más de una década.
Andalucía ha vuelto a activar ese diagnóstico. La formación morada interpreta que existe un electorado progresista desencantado, fatigado y desmovilizado. Un electorado que ya no percibe diferencias suficientemente claras entre algunas fuerzas de izquierdas y el PSOE. Y ahí es donde Podemos cree que puede reconstruir espacio político propio.
El problema es que la realidad electoral resulta bastante más cruel que el análisis teórico.
Porque mientras Podemos habla de recomposición, el mapa de la izquierda alternativa aparece hoy más fragmentado que nunca. Sumar, Izquierda Unida, los comunes, las fuerzas territorialistas y los espacios soberanistas mantienen estrategias distintas y, en muchos casos, relaciones cada vez más deterioradas. Andalucía no ha servido para cerrar heridas. Más bien las ha vuelto visibles.
La izquierda a la izquierda del PSOE comparte electorado, pero ya no comparte del todo proyecto y ese es el verdadero problema.
Por eso Fernández introdujo otro concepto clave: la plurinacionalidad. Podemos intenta volver a conectar con una tradición política que considera abandonada en los últimos años. Una izquierda capaz de hablar no solo de derechos sociales, sino también de diversidad territorial, democratización institucional y modelo de Estado. Es, en parte, un intento de regresar al ADN político que convirtió a Podemos en un fenómeno disruptivo tras el 15-M.
Pero el contexto ya no es el mismo.
La España de 2026 no se parece a la de 2015. Entonces la indignación social empujaba hacia nuevas fórmulas políticas. Hoy domina algo mucho más ambiguo: cansancio, fragmentación y miedo al deterioro económico. La derecha ha conseguido convertir la estabilidad en un valor electoral enormemente rentable, incluso allí donde los servicios públicos muestran síntomas evidentes de desgaste. Eso explica también la dificultad de la izquierda transformadora para reconstruir mayorías.
Porque el malestar existe, pero ya no siempre se traduce en deseo de cambio político. A veces deriva simplemente en abstención, resignación o repliegue.
Podemos intenta combatir precisamente esa resignación. Por eso insiste en hablar de una izquierda “verdaderamente transformadora”. El problema es que esa expresión empieza a sonar familiar para un electorado que lleva años escuchando apelaciones a la unidad mientras contempla divisiones constantes, disputas orgánicas y proyectos incapaces de consolidarse.
Y aun así, debajo de toda esa fragilidad, siguen existiendo preguntas importantes. ¿Qué ocurre con el espacio político situado a la izquierda del PSOE cuando la socialdemocracia tradicional acepta cada vez más límites económicos, fiscales y geopolíticos?, y además, ¿Qué ocurre con los votantes que consideran insuficientes las respuestas sobre vivienda, precariedad, desigualdad o servicios públicos?, ¿Qué ocurre con quienes sienten que el sistema político administra problemas, pero rara vez los transforma?.
Podemos cree que ahí sigue habiendo espacio. La duda es si todavía conserva la fuerza necesaria para ocuparlo. Porque la reconstrucción que plantea Fernández no dependerá solo de discursos más duros o de marcar distancias con el PSOE. Dependerá sobre todo de algo mucho más difícil. Recuperar credibilidad social después de años de desgaste interno, fracturas y decepciones compartidas.
La izquierda alternativa vuelve a hablar de refundación casi una década después de irrumpir prometiendo precisamente eso. Y quizá ahí esté la paradoja más reveladora de este momento político. Que una parte importante de la izquierda española sigue buscando cómo volver a parecer nueva en un país que ya la ha visto gobernar.