"No me quiero ni imaginar que Pedro utilizara aquellos cinco días para organizar todo lo de Leire"

El manifiesto firmado por un centenar de militantes reclamando elecciones y un congreso extraordinario no es algo improvisado, sino que responde a un descontento creciente dentro del sanchismo por la ineficacia del Gobierno y por la deriva del partido

05 de Junio de 2026
Actualizado a las 9:38h
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Sánchez Saludo romano votante quiero
Sánchez saluda brazo en alto a las legiones sanchistas | Foto: Flickr PSOE

La fractura interna del Partido Socialista Obrero Español ha dejado de ser un susurro de pasillos, de agrupaciones y federaciones para convertirse en una grieta estructural que amenaza los cimientos del proyecto político de Pedro Sánchez. Lo que durante años se mantuvo contenido por la disciplina de partido, por una lealtad que en ocasiones superaba los límites del sectarismo, las reformas autoritarias que Sánchez ha ido imponiendo en los congresos federales (sobre todo en el 39) y el férreo control de Ferraz estalla ahora con una intensidad difícil de ignorar: un grupo nutrido de afiliados y simpatizantes ha formalizado su disidencia bajo el techo simbólico de la Unión General de Trabajadores, certificando públicamente que el ciclo de su secretario general está, a su juicio, definitivamente agotado.

Pero para comprender la profundidad de este seísmo orgánico, es necesario mirar hacia atrás. El malestar que hoy aflora en forma de manifiestos y cónclaves extraordinarios lleva años sedimentándose en silencio, alimentado por una serie de decisiones políticas que una parte significativa de las bases jamás terminó de digerir. El punto de inflexión, para muchos militantes históricos, no fue un escándalo judicial ni una encuesta de intención de voto, sino algo de naturaleza más ideológica: los sucesivos acuerdos y concesiones que la dirección socialista fue tejiendo con los partidos independentistas catalán y vasco para sostener la aritmética parlamentaria de la legislatura.

"El mundo se me cae a los pies y muchas de las cosas que me decían compañeros de la federación o en los congresos de Valencia y Sevilla ahora empiezan a cobrar sentido. La trama de jueces, políticos, periodistas, medios de comunicación y empresarios cada vez tiene menos peso, sobre todo después de lo que está saliendo de Leire Díez porque no es un artículo o artículos en un periódico o en un canal de YouTube de la extrema derecha. Son informes de la Guardia Civil y no me puedo creer que se hayan inventado miles de folios. Esto de Leire es mucho más grave que un caso de corrupción porque me demuestra que los escrúpulos han desaparecido para proteger a Pedro. En el partido hemos tenido siempre diferencias, pero esto no. No me quiero ni imaginar que esos cinco días que Pedro se tomó para reflexionar, que nos hizo a los militantes llorar y nos indignó tanto que nos fuimos a Madrid a manifestarnos en Ferraz, se utilizaran para diseñar lo de Leire. Es tremendo y muy doloroso. Por eso creo que, muy a mi pesar, ha llegado el momento de que Pedro lo deje", declara un dirigente regional a Diario Sabemos

La aprobación de la ley de amnistía y las negociaciones en torno a la financiación singular para Cataluña representaron, para una parte del electorado y de la militancia socialista, una línea roja cruzada sin vuelta atrás. Militantes de provincias con una cultura profundamente federalista, muchos de ellos forjados en la tradición del socialismo constitucionalista, vieron cómo su partido abrazaba postulados que históricamente había combatido desde la trinchera de la unidad territorial y la igualdad entre españoles. El agravio no era solo político, sino emocional: sentían que el partido de Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba había mutado en algo irreconocible.

"Al principio, cuando se firmaron los pactos con Junts, Esquerra y Bildu me parecieron lógicos. Había que evitar que Feijóo gobernara con la extrema derecha. Pero los compañeros me decían que eso no podía ser, que Pedro no iba a poder gobernar y que había decido demasiado para un pacto de investidura. Ahora lo miro con perspectiva y veo que tenían razón", afirma el mismo dirigente. 

En ese clima de desconcierto interno, los mecanismos de adhesión forzada que caracterizaron la etapa sanchista funcionaron durante un tiempo como dique de contención. La maquinaria de Ferraz perfeccionó un modelo de lealtad inquebrantable que ahogaba el debate en los órganos colegiados y silenciaba las voces discrepantes con una eficacia que sus propios críticos comparan con la de una estructura corporativa antes que la de un partido democrático. Quien disentía se arriesgaba a la marginalización. Quien callaba, acumulaba frustración.

Lo que las concesiones al independentismo habían encendido, la concatenación de investigaciones judiciales y policiales lo ha convertido en incendio declarado. La sucesión de casos que salpican al entorno del Gobierno, de Pedro Sánchez y del PSOE, y que los propios disidentes socialistas describen en su manifiesto como un rosario de comportamientos de dudosa moralidad, ha actuado como catalizador definitivo de una rebelión que ya no puede seguir siendo sofocada desde la sede central del partido.

Para los impulsores de esta corriente crítica, a la que se van sumando más militantes cada día que pasa, la presunción de inocencia en el ámbito penal no puede seguir funcionando como escudo para eludir las responsabilidades políticas inmediatas. Esta distinción, aparentemente técnica, encierra en realidad el núcleo del conflicto: la dirección socialista ha convertido la judicialización de la política en su relato defensivo favorito, pero una parte de sus propias bases ya no acepta ese argumento como suficiente para seguir mirando hacia otro lado. "El congreso de Sevilla estuvo casi monopolizado por la idea de que las fuerzas oscuras del poder nos estaban persiguiendo por ser socialistas. Todos lo asumimos sin cuestionar nada porque nos lo decían nuestros dirigentes. La realidad, al parecer, es otra. No nos están atacando por ser socialistas, nos atacan por lo que se ha hecho o dejado de hacer para proteger a Pedro. Se habla de lo de la Audiencia Nacional, de lo del Supremo, de lo de Peinado, pero a mí me dejó en shock la denuncia sobre la Internacional Socialista. No se sé con certeza, pero creo que ese fue un momento en que se me pusieron las orejas tiesas", afirma el dirigente regional. 

El resultado práctico, denuncian los firmantes del texto fundacional de esta corriente interna, es un Gobierno que dedica la mayor parte de su energía institucional no a gobernar, sino a defenderse. Un ejecutivo atrapado en la gestión de sus propias crisis, incapaz de ofrecer respuestas concretas a la emergencia habitacional que ahoga a las clases medias y jóvenes, a la precariedad estructural que define el mercado laboral, o al deterioro de la confianza ciudadana en las instituciones.

La propuesta que articula este sector disidente no es una corrección de rumbo ni una petición de diálogo interno: es una enmienda a la totalidad del modelo de poder construido e impuesto por Sánchez. Exigen su renuncia a encabezar cualquier futura candidatura a la Presidencia del Gobierno y reclaman la convocatoria inmediata de un congreso extraordinario que le impida, expresamente, concurrir a la secretaría general. Para esta facción, el PSOE ha quedado reducido a un instrumento de supervivencia personal, despojado de su función histórica como vehículo de transformación social.

"Ahora todos los días nos hablan de economía, de que la España de Pedro es el motor de Europa, pero eso será en los libros de cuentas o en las tablas de Excel, porque la gente cada vez vive peor. Y esto no es una cuestión de derechas o de izquierdas, es un problema muy serio que no se está acometiendo como se espera de un socialista. Es más, es que la sensación que ve la gente es que no se está haciendo nada. Las empresas más grandes aumentan sus beneficios pero la clase trabajadora tiene menos poder adquisitivo. Los trabajos cada vez son más mierdosos. Por no hablar de la vivienda. Un socialista no es un estalinista que impone su criterio por encima de lo que piensen los demas. En la política actual los grandes asuntos se tienen que salir de la guerra de partidos. Un socialista, tal y como yo lo veo, busca soluciones para la clase trabajadora, pero si es necesario, se sienta a hablar con los de enfrente porque, tal vez, ellos tengan una solución que se pueda tratar. Pero si se construye tu discurso y tu línea de partido en que el de enfrente es un enemigo al que sólo se quiere destruir, entonces estamos jodidos. Y ese es el estilo de Pedro, el que muchos de los que le apoyamos defendimos a capa y espada y que ahora que a golpes nos han quitado la anestesia nos estamos dando cuenta de que hemos sido cómplices de un proyecto personalista que ha utilizado las siglas del PSOE para su beneficio personal", continúa. 

Pero quizás lo más revelador del documento no sea lo que exige, sino el lugar desde el que se dice. Que un grupo de socialistas elija las instalaciones de la UGT para lanzar su ofensiva contra la dirección de su propio partido no es un detalle anecdótico, sino una declaración de intenciones cargada de simbolismo político. Es la apelación a una legitimidad de origen, a las raíces del movimiento obrero, frente a lo que perciben como una dirección desconectada de la realidad de quienes históricamente sostuvieron al partido desde abajo.

En un giro que hasta hace poco habría resultado impensable en boca de militantes socialistas, los promotores de esta corriente asumen el diagnóstico de parálisis gubernamental que la derecha ha sostenido durante meses, y extraen de él la misma conclusión: España necesita elecciones generales antes de que finalice el año. No como claudicación ante el adversario, advierten, sino como ejercicio de higiene democrática. La tesis que desarrollan es que devolver la voz a los ciudadanos es la única salida digna ante una legislatura que ha agotado su crédito político y moral.

"Sólo espero y deseo que se den explicaciones y se asuman las responsabilidades que haga falta. Que se reconozca todo lo que haya que reconocer y no caer en el victimismo. Ya no vale con decir que se expulsó del partido a Ábalos o que se suspendió de militancia a Cerdán. El partido es algo mucho más grande que Pedro, el problema, creo, es que él no lo ve así y me da miedo pensar que haya traspasado la raya de creerse que el PSOE es él. Lo primero es el Partido Socialista, las personas son secundarias porque unos van y otros vienen pero el partido sigue ahí, pero como sigamos por esta camino creo que nos va a ir muy mal porque la gente, incluso la que lleva mucho tiempo votando socialista, nos ha dado la espalda", concluye. 

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