En 2025, 3.090 personas murieron intentando llegar a España. La cifra, documentada por Caminando Fronteras, incluye 437 menores y 192 mujeres. No son estadísticas marginales: son el saldo humano de una frontera que se ha vuelto más letal a medida que se vuelve más silenciosa. Sin embargo, mientras el mar sigue devolviendo cuerpos, en tierra firme se consolida un discurso político que convierte la tragedia en argumento y la muerte en eslogan.
Ese contraste entre los datos y la retórica define uno de los rasgos más inquietantes del momento político español.
Aritmética del naufragio
El descenso de las llegadas irregulares, celebrado por el Ministerio del Interior como éxito de gestión, convive con una realidad más incómoda. Las rutas no han desaparecido: se han desplazado. La ruta argelina hacia Baleares se ha intensificado; la canaria, aunque con menos llegadas, sigue siendo la más letal. En el Estrecho, cada vez más personas se lanzan al agua a nado. La política de control no ha eliminado el fenómeno migratorio: ha aumentado su peligrosidad.
Estos datos no son discutidos. Están documentados. Lo que sí se discute y se distorsiona es su significado político.
Vox, Alvise y la deshumanización como estrategia
En ese vacío emerge con fuerza el discurso de la extrema derecha, liderado por Vox y amplificado por figuras como Alvise Pérez, que han hecho de la inmigración un eje central de su narrativa. No se trata solo de proponer políticas más restrictivas. Se trata de deshumanizar.
En ese relato, las personas migrantes no son individuos con historia, sino amenazas difusas, “avalanchas”, “invasores”, “cargas”. El lenguaje es deliberadamente impersonal. No hay mujeres, ni niños, ni nombres. Hay cifras selectivas, recortadas para alimentar el miedo, nunca para explicar la tragedia.
Cuando se habla de muertes en el mar, el silencio es casi total. O peor aún: se sugiere que la dureza es necesaria, que el riesgo disuade, que el sufrimiento cumple una función. Es una lógica antigua, pero eficaz: convertir la muerte en herramienta de política pública sin decirlo explícitamente.
El mar como frontera moral
Las cifras de 2025 desmontan esa lógica. No hay efecto disuasorio claro. Hay rutas más largas, embarcaciones más precarias y más personas vulnerables, incluidos menores, asumiendo riesgos extremos. La violencia no reduce el movimiento; solo incrementa la probabilidad de morir en el intento.
Frente a esta realidad, el discurso de Vox y Alvise no solo es inhumano: es intelectualmente deshonesto. Se apropia del lenguaje de la seguridad mientras ignora deliberadamente el coste humano. Habla de orden, pero necesita del caos. Denuncia mafias, pero se beneficia políticamente de que sigan existiendo.
Populismo del desprecio
La eficacia electoral de este discurso no reside en la solución de problemas, sino en la simplificación emocional. La inmigración se presenta como causa de la inseguridad, del colapso de los servicios públicos, de la pérdida de identidad. Las muertes en el mar no encajan en ese marco. Son incómodas. Humanizan aquello que el discurso necesita despersonalizar.
Por eso, cuando aparecen, se minimizan o se relativizan. “Sabían a lo que venían”. “Es culpa de sus gobiernos”. “No podemos acoger a todos”. Frases que trasladan la responsabilidad lejos, siempre hacia otro lugar, siempre hacia abajo.
Europa, continente de la estulticia
España no es una excepción. El discurso de la extrema derecha conecta con una tendencia europea más amplia, donde la externalización de fronteras permite mantener una apariencia de control mientras se delega la violencia. El Mediterráneo se convierte así en una frontera funcional: mata lejos, sin cámaras, sin debates parlamentarios.
Vox y Alvise no diseñan esa política, pero la legitiman. La presentan como sentido común. Como defensa. Como realismo. En realidad, es una forma de renuncia moral, envuelta en retórica patriótica.
La política muerta
Los 3.090 muertos de 2025 no son una anomalía estadística. Son el resultado previsible de decisiones políticas y de un clima discursivo que normaliza la deshumanización. Cuando la extrema derecha reduce a las personas migrantes a una amenaza abstracta, prepara el terreno para que su muerte sea aceptable, incluso necesaria.
La pregunta de fondo no es cuántas personas llegan ni cómo se controla la frontera. Es qué precio está dispuesta a pagar una democracia para sentirse segura. Y, sobre todo, quién lo paga.
Porque mientras algunos convierten la inmigración en un arma electoral, otros siguen pagando con su vida. Y el mar, indiferente a los discursos, sigue devolviendo la verdad en forma de cuerpos.