No es una comparecencia cualquiera. Pero tampoco es lo que el Partido Popular intenta vender. En el fondo, se parece más a una escenificación que a una investigación. María Jesús Montero acudirá al Senado el próximo 20 de abril. Lo hará, además, como ya había adelantado: sin esquivar la cita, sin rodeos y sin necesidad de convertirla en un pulso político. Lo relevante empieza ahí.
Porque frente al tono inflamado del PP, la exvicepresidenta ha mantenido una posición bastante más sencilla. Comparecer, explicar y responder. Sin dramatismos añadidos. Algo que, visto el contexto, no es menor.
La comisión de investigación sobre la SEPI nace con un objetivo claro sobre el papel. Analizar la gestión de un organismo clave en momentos complejos, especialmente durante la pandemia. Pero basta escuchar el tono del PP para entender que el foco va por otro lado.
Hablar de “centro de operaciones de la corrupción” no es una conclusión. Es un titular prefabricado. Una acusación que busca instalarse antes incluso de que se produzcan las explicaciones. Primero se construye el relato. Luego, si acaso, se buscan los hechos.
El doble rasero del Partido Polular
Hay algo que se repite en este tipo de episodios. La facilidad con la que el PP eleva el tono cuando se trata del Gobierno y la cautela extrema cuando se trata de los suyos. El contraste es evidente. Se habla de transparencia, pero se practica una oposición que mezcla acusaciones graves con una ligereza preocupante.
En este caso, además, con un elemento añadido. La utilización del Senado como escenario político más que como espacio de control real. No es tanto una comisión para aclarar como para desgastar.
En ese contexto, la posición de Montero resulta bastante más sobria. No hay grandes gestos, ni victimismo, ni estrategia de confrontación directa. Simplemente, acudir y dar explicaciones. Eso, en política actual, ya marca una diferencia.
Porque frente a un discurso que intenta convertir cualquier decisión en sospecha, la respuesta pasa por volver a lo básico. Datos, contexto y decisiones que, en muchos casos, se tomaron en situaciones excepcionales. Conviene recordarlo.
El problema de fondo no es una comparecencia. Es la deriva de un tipo de oposición que convierte cualquier ámbito de gestión en un campo de sospecha. Rescates empresariales en plena pandemia, decisiones económicas complejas, instrumentos públicos diseñados para evitar colapsos. Todo se reinterpreta bajo la misma lógica. La de la sospecha constante. Pero gobernar en momentos críticos no es una teoría. Es tomar decisiones con margen limitado y presión máxima. Y eso es precisamente lo que se intenta desdibujar.
El 20 de abril no resolverá el debate político. Tampoco parece que ese sea el objetivo. Pero sí servirá para algo más simple. Escuchar explicaciones en un contexto donde, hasta ahora, han sobrado acusaciones y han faltado matices. Y ahí es donde se verá la diferencia entre quien comparece para responder y quien necesita el ruido para sostener su relato.