México contra Ayuso: "No tiene argumentos contra nosotros y usa la mentira y la calumnia"

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha respondido a Ayuso con un despreciativo "no sé si vale la pena contestarle"

12 de Febrero de 2026
Actualizado a las 20:24h
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Claudia Sheinbaum México
Claudia Sheinbaum durante la conferencia de prensa en la que ha respondido a Isabel Díaz Ayuso | Foto: Presidencia de México

Los desiertos de Florida y los palacios de la Ciudad de México parecen estar más cerca que nunca. El reciente intercambio de reproches entre la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, no es un simple roce diplomático, sino el síntoma de una fractura ideológica global que redefine las alianzas entre la ultraderecha populista y el estatismo progresista latinoamericano.

Desde el entorno trumpista de Mar-a-Lago, Ayuso lanzó una carga de profundidad al calificar a México como un "narcoestado" y equipararlo con las dictaduras de Cuba o Venezuela. La respuesta de Sheinbaum, desde el atril de su conferencia matutina, fue una mezcla de desdén y reafirmación soberanista, tildando las declaraciones de "propaganda falsa" y "calumnia". Bajo la superficie de este cruce de acusaciones late una batalla por el control del relato sobre la libertad, la democracia y la seguridad en el mundo hispanohablante.

Para Isabel Díaz Ayuso, México ha dejado de ser un socio estratégico para convertirse en un eslabón más de una supuesta cadena autoritaria que recorre el continente. Al situar al país azteca en el mismo plano que Nicaragua, la líder madrileña busca exportar su particular batalla cultural contra el "intervencionismo". Su mención a los narcoestados no es accidental; es un intento de erosionar la legitimidad internacional de la Cuarta Transformación (4T), vinculando el modelo de Sheinbaum con el colapso institucional y la violencia criminal.

Este discurso, pronunciado en un evento de la órbita ultra de Donald Trump, sugiere la creación de una Internacional Conservadora que no distingue fronteras nacionales. Ayuso no solo habla a los madrileños; busca erigirse en el faro de una resistencia global contra lo que ella denomina "dictadores de ultraizquierda", celebrando el giro de Argentina como el modelo a seguir para "romper las cadenas" en el resto de la región.

Frente al ataque frontal, Claudia Sheinbaum ha optado por la defensa de la excepcionalidad mexicana. Su argumento central es que el conservadurismo extranjero es incapaz de comprender un modelo que, según ella, emana directamente de la "conciencia del pueblo". Al negar la existencia de censura y defender una democracia plena, Sheinbaum intenta desarmar el marco narrativo de Ayuso que etiqueta a México como un régimen opresivo.

La presidenta mexicana ha recurrido a la frialdad de las cifras para contrarrestar la hipérbole política. Ha destacado una caída del 42% en los homicidios desde finales de 2024 y ha subrayado la detención de cargos públicos de su propio partido, como el reciente caso del alcalde de Tequila, como prueba de que en su administración no existe impunidad. Para México, la retórica de Ayuso no son más que mentiras y calumnias de quienes se han quedado sin argumentos frente al éxito de un proyecto político que reivindica la grandeza histórica del país.

El enfrentamiento entre Sheinbaum y Ayuso revela un cambio fundamental en las relaciones internacionales contemporáneas: la domesticación de la política exterior. Los líderes ya no se dirigen a sus homólogos con el lenguaje de la diplomacia tradicional, sino que utilizan el escenario internacional para alimentar sus propias bases electorales domésticas.

Ayuso utiliza a México como un espejo deformante para advertir a los españoles sobre los supuestos peligros de la izquierda radical. Por su parte, Sheinbaum aprovecha el ataque externo para cohesionar a sus seguidores bajo la bandera del nacionalismo defensivo contra las élites europeas "herederas del colonialismo". El riesgo de esta deriva es la erosión de los lazos económicos y culturales entre España y México, sacrificados en el altar de una polarización que se nutre de etiquetas gruesas y que deja poco espacio para el matiz o la cooperación necesaria en materia de seguridad transnacional y desarrollo económico.

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