Hay momentos en los que la política pierde toda solemnidad y se revela en su forma más desnuda, no como servicio ni como convicción, sino como una prisa mal disimulada por ocupar un lugar antes de que alguien más lo haga.
Lugo, con sus murallas intactas y su memoria larga, ha tenido que contemplar en los últimos meses una secuencia que parece escrita por una lógica ajena a cualquier forma de decencia política. Tres concejales socialistas muertos en el mismo mandato, tres ausencias que no son cifras sino nombres, trayectorias, vidas truncadas, y, en medio de ese paisaje de luto, una operación que no ha querido esperar ni siquiera a que el tiempo haga su trabajo más elemental, el de dejar reposar las cosas.
Porque lo verdaderamente inquietante de esta moción no es su aritmética, sino su oportunismo descarnado, esa forma de actuar que convierte la fragilidad de un gobierno golpeado por la pérdida en una ocasión propicia, casi en una rendija por la que colarse sin hacer demasiado ruido. La política, cuando se practica así, deja de ser una disputa legítima para parecerse a una ocupación.
En el centro de esa escena aparece la figura de María Reigosa, la concejala que ha decidido atravesar la frontera invisible que separa la discrepancia del abandono, la crítica de la deserción. El transfuguismo, palabra gastada pero todavía incómoda, no es solo un cambio de posición, es una ruptura con algo más profundo, con la confianza depositada por quienes votaron unas siglas y se encuentran, de pronto, con otra cosa.
Reigosa no es un accidente, sino un síntoma. El síntoma de una política que, en determinados momentos, se vacía de contenido y se llena de cálculo, donde las trayectorias se miden menos por la coherencia que por la oportunidad. Su paso del PSOE a la condición de pieza clave para el acceso del PP al poder no es un simple desplazamiento ideológico, es una mutación que difícilmente puede explicarse sin recurrir a la palabra ambición.
Y sin embargo, lo más revelador no es su decisión individual, sino el uso que se hace de ella. El Partido Popular, incapaz de esperar un año, de dejar que la ciudadanía vuelva a hablar en las urnas, ha encontrado en esa figura el instrumento perfecto para corregir un resultado que no le fue favorable. La democracia, en este caso, se convierte en un trámite corregible, en una voluntad provisional que puede ajustarse mediante movimientos internos.
No es la primera vez que ocurre, ni será la última, pero hay algo especialmente áspero en la forma en que se ha producido. La rapidez, el silencio previo, la escenificación posterior, todo parece responder a una estrategia donde la legitimidad se construye después de haber tomado el poder, no antes.
Mientras tanto, la ciudad queda suspendida en una especie de desconcierto moral. Porque más allá de las siglas, lo que se pone en cuestión es la idea misma de representación. ¿Qué significa votar si el resultado puede alterarse en los despachos? ¿Qué valor tiene la lealtad política si puede deshacerse con la misma facilidad con la que se firma un acuerdo?
El caso de Lugo no es solo un episodio local, es una advertencia. Cuando la política se acostumbra a estos atajos, termina erosionando su propia base, esa confianza mínima que permite a los ciudadanos creer que su decisión cuenta, que su voto no es una pieza intercambiable en una negociación posterior.
Tal vez lo más grave no sea la moción en sí, sino la normalidad con la que se presenta, como si formar gobierno a través de una tránsfuga fuera una posibilidad más, legítima, incluso inevitable. Y sin embargo, en ese gesto hay algo que incomoda, que descoloca, que deja una sensación difícil de nombrar pero fácil de reconocer.
Porque hay decisiones que, aunque sean legales, dejan un rastro que no se borra con argumentos. Un rastro de precipitación, de cálculo frío, de ausencia de límites, que dice más de quienes las toman que de las circunstancias que las hacen posibles. Lugo, mientras tanto, seguirá ahí, con su historia y su paciencia, observando cómo la política, a veces, se aleja demasiado de la gente para parecerse a sí misma.