José María Aznar ha vuelto a situarse en el centro del debate político con un discurso de fuerte carga ideológica. El expresidente del Gobierno ha llamado a construir una mayoría "nacional" y "centrada" capaz de desalojar a Pedro Sánchez de La Moncloa y ha advertido de que España afronta un supuesto "cambio de sistema". Su intervención, en la presentación de la portavoz parlamentaria del PP, Ester Muñoz, dibuja un escenario de excepcionalidad política en el que la continuidad del actual Ejecutivo aparece asociada al deterioro institucional y a la pérdida de la cohesión nacional.
La estrategia discursiva no es nueva. Desde hace años, Aznar sostiene que el proyecto de Pedro Sánchez trasciende la alternancia democrática y representa una alteración profunda del modelo constitucional surgido en 1978. Esa tesis conecta con una parte del electorado conservador, pero también plantea una cuestión de fondo sobre la legitimidad de convertir cada confrontación política en una batalla existencial.
El problema de ese planteamiento es que la autoridad moral de quien reclama una regeneración democrática también se mide por el legado que deja tras de sí. Y el balance político de José María Aznar continúa generando un intenso debate más de dos décadas después de abandonar el Gobierno.
Su decisión de apoyar la invasión de Irak en 2003, pese al rechazo mayoritario de la sociedad española y sin un mandato específico del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, marcó uno de los mayores puntos de ruptura entre un Ejecutivo y la ciudadanía desde la recuperación de la democracia. Aquella fotografía de las Azores permanece como uno de los símbolos más reconocibles de una política exterior que situó a España en el centro de un conflicto profundamente cuestionado dentro y fuera del país.
A ese episodio se suma una realidad igualmente difícil de ignorar. Durante los años posteriores afloraron algunos de los mayores casos de corrupción vinculados al Partido Popular, entre ellos Gürtel, la financiación irregular acreditada judicialmente, la caja B o la trama de los papeles de Bárcenas. Aquellas investigaciones terminaron provocando la primera moción de censura exitosa de la democracia española, después de que la sentencia del caso Gürtel cuestionara la credibilidad del partido como organización.
Aunque Aznar siempre ha defendido que esos hechos no pueden atribuirse directamente a su gestión, resulta evidente que muchos de sus protagonistas desarrollaron buena parte de su carrera política durante la etapa en la que él presidía el Gobierno y lideraba el Partido Popular. La memoria política difícilmente puede fragmentarse entre los éxitos propios y los errores ajenos.
En su intervención, el expresidente volvió a cargar contra los acuerdos del Gobierno con las fuerzas independentistas, calificó a La Moncloa como una "delegación madrileña del secesionismo" y sostuvo que el Ejecutivo pretende debilitar la independencia judicial. Son críticas que forman parte del legítimo debate político, pero que adquieren otra dimensión cuando se presentan como la prueba de una supuesta descomposición del sistema democrático.
Las democracias sólidas no se fortalecen elevando permanentemente el tono del conflicto, sino reforzando la confianza de la ciudadanía en sus instituciones. La crítica política resulta imprescindible, pero pierde parte de su fuerza cuando prescinde del contexto histórico o cuando se construye sobre una memoria selectiva.
Las palabras de Aznar buscan marcar el rumbo del Partido Popular en un momento de máxima confrontación con el Gobierno. Sin embargo, también recuerdan que la regeneración democrática exige algo más que señalar las carencias del adversario. Exige la capacidad de asumir el propio legado con la misma exigencia con la que se juzga el de los demás. Solo desde esa coherencia resulta posible convertir la apelación a la ejemplaridad en un proyecto verdaderamente creíble.
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