La política autonómica ha encontrado en Extremadura una nueva modalidad de negociación: aquella en la que los acuerdos se rompen por la mañana y se desmienten por la tarde. El Partido Popular ha optado por dar la “bienvenida” a la última aclaración de Vox, un gesto que, más que desbloquear la investidura, confirma que el problema ya no es el contenido del pacto, sino la coreografía del desacuerdo.
El episodio tiene algo de teatro de cámara, pero con boletín oficial en ciernes. Vox comunica al PP que rompe las negociaciones. El PP lo hace público. Vox responde que no, que no las ha roto, solo las ha dejado en suspenso, que es algo completamente distinto. Y el PP, en lugar de exigir coherencia, agradece la “aclaración” como quien agradece que le devuelvan el paraguas después de haberle dicho que ya no llovía.
La escena resume un patrón cada vez más habitual en los pactos entre derecha y extrema derecha: la negociación se traslada al terreno de los comunicados, donde cada parte intenta imponer su versión sin renunciar a la foto final. El problema es que, a fuerza de desmentirse, el diálogo termina pareciendo una conversación consigo mismo.
La diplomacia del comunicado
El PP extremeño ha optado por un lenguaje contenido, casi terapéutico. Habla de “discreción”, de “respeto mutuo” y de “estabilidad”, como si el conflicto fuera una confusión menor y no una ruptura formal comunicada por escrito. En política, cuando hay que agradecer una aclaración, suele ser porque la situación es ya difícil de explicar.
Vox, por su parte, reclama respeto a sus votantes mientras niega haber hecho exactamente lo que acababa de hacer. La formación de ultraderecha convierte así la negociación en un ejercicio de ambigüedad estratégica: romper sin romper, exigir sin ceder, tensar sin abandonar la mesa. Es una técnica conocida, pero no por ello menos eficaz: desplaza el foco del contenido a la forma y obliga al socio a fingir normalidad.
El PP, atrapado entre la necesidad de gobernar y el temor a aparecer subordinado, acepta el juego. Da la bienvenida, agradece, y mira hacia otro lado. La ironía es que esa moderación retórica acaba reforzando la posición de Vox, que marca el ritmo sin asumir costes.
Estabilidad en diferido
En el fondo, lo que se dirime no es solo una investidura, sino el modelo de relación entre ambos partidos. El PP quiere que el acuerdo parezca inevitable, técnico, casi administrativo. Vox necesita que cada paso parezca una cesión arrancada a regañadientes. De ahí el baile de comunicados, la ruptura que no lo es, y la reconciliación que aún no existe.
Extremadura se convierte así en un laboratorio donde la gobernabilidad se ensaya en diferido, a base de desmentidos cruzados y correos electrónicos que nadie reconoce del todo. Mientras tanto, la presidenta en funciones sigue esperando, y los ciudadanos asisten a un diálogo que se anuncia, se niega y se agradece en cuestión de horas.
La política del “bienvenida sea” no es solo un gesto educado: es la constatación de que el PP ha asumido que, con Vox, el acuerdo nunca se cierra, solo se reescribe. Y que, para llegar al gobierno, a veces hay que fingir que no ha pasado nada, aunque haya pasado todo.