Alberto Núñez Feijóo comparecerá este miércoles para hacer balance del curso político y presentar la alternativa del Partido Popular ante un Gobierno que, según la dirección conservadora, se encuentra en plena agonía. La expresión tiene la rotundidad de los diagnósticos terminales y la ventaja de que no exige precisar cuándo se producirá el desenlace.
El Gobierno de Pedro Sánchez atraviesa una situación de evidente debilidad. La legislatura avanza entre una mayoría parlamentaria fragmentada, serias dificultades para aprobar unos nuevos Presupuestos y el desgaste provocado por los casos de corrupción que han afectado al entorno político del presidente. Negar esa realidad sería tan inútil como confundirla con la inminencia de un cambio de poder.
Feijóo lleva anunciando el final del sanchismo casi desde el día en que Sánchez volvió a ser investido. Cada votación comprometida, cada desencuentro entre los socios y cada investigación judicial han sido presentados por el PP como el último capítulo de una legislatura que, sin embargo, continúa. El jefe de la oposición ha convertido la agonía del Gobierno en una categoría permanente, una especie de presente continuo que permite describir el deterioro sin explicar por qué la alternativa todavía no logra materializarse.
El problema de Feijóo no reside en la ausencia de motivos para criticar al Ejecutivo. Los tiene. La falta de nuevas cuentas públicas revela la precariedad de la mayoría de investidura y reduce la capacidad de planificación del Estado. El Gobierno depende de acuerdos sucesivos con fuerzas cuyos intereses territoriales y electorales rara vez coinciden. La condena a José Luis Ábalos y las investigaciones abiertas han agravado una crisis de credibilidad que Sánchez no puede despachar mediante apelaciones genéricas a la resistencia.
Pero una oposición no alcanza el poder únicamente porque el Gobierno se desgaste. La democracia no funciona por sustitución automática. Exige construir una mayoría política, social y territorial capaz de gobernar un país complejo. Ahí comienza la dificultad de Feijóo. El PP aparece como primera fuerza en buena parte de las encuestas y el bloque de la derecha mantiene una ventaja considerable sobre la izquierda, pero esa fortaleza depende de Vox, una formación que condiciona cada vez más el lenguaje, las alianzas y el horizonte político de los populares. Los sondeos de julio sitúan al PP por delante del PSOE, aunque también reflejan que Feijóo no termina de ampliar su espacio y que Sánchez conserva una capacidad de resistencia superior a la que pronostica Génova.
La alternativa que Feijóo promete presentar no puede limitarse, por tanto, a una relación de escándalos, bloqueos y agravios. España ya conoce el catálogo de acusaciones del Partido Popular. Lo escucha en cada sesión de control, en cada intervención parlamentaria y en cada comparecencia de su dirección. La pregunta pendiente es otra.
¿Qué país propone el PP más allá de la salida de Sánchez?
Feijóo llegó a Madrid con la reputación de un dirigente moderado, previsible y eficaz, formado en la administración autonómica y aparentemente capaz de reconstruir el centro político. Tres años después, buena parte de aquella promesa se ha diluido. Su liderazgo se ha endurecido al ritmo marcado por la confrontación y su estrategia ha quedado atrapada entre dos necesidades difícilmente conciliables. Necesita presentarse como una opción moderada para conquistar al electorado central y, al mismo tiempo, competir con Vox en la severidad de su discurso para evitar fugas por la derecha.
El resultado es una oposición que denuncia la polarización utilizando con frecuencia el vocabulario de la demolición. Hablar de un Gobierno que agoniza y de una futura “reconstrucción nacional” no es una elección retórica neutra. Sugiere que España se encuentra ante una ruina institucional que solo puede ser reparada mediante un cambio completo de poder. Esa lectura puede movilizar al electorado más convencido, pero también reduce la política a una batalla entre salvación y catástrofe.
España tiene problemas graves. La vivienda se ha convertido en una barrera para millones de jóvenes y familias. Los servicios públicos soportan tensiones crecientes. La desigualdad territorial persiste. El envejecimiento demográfico exige decisiones difíciles y la transformación tecnológica amenaza con ampliar nuevas formas de precariedad. El Estado necesita Presupuestos, estabilidad institucional y una estrategia industrial capaz de proteger el empleo en una Europa sometida a fuertes tensiones geopolíticas.
Sobre esas cuestiones debería medirse una alternativa.La comparación tampoco puede ignorar que el Ejecutivo, pese a su debilidad parlamentaria, ha iniciado la tramitación de las cuentas de 2027 y ha aprobado un techo de gasto récord, aunque su aprobación definitiva continúa siendo incierta. El Gobierno no está políticamente sano, pero conserva instrumentos de poder, capacidad de iniciativa y margen para negociar.
Feijóo afronta así una dificultad conocida por otros líderes de la oposición. Puede tener razón en el diagnóstico sobre el desgaste del Ejecutivo y equivocarse en la conclusión de que ese desgaste garantiza su victoria. En 2023 ganó las elecciones y no consiguió articular una mayoría de investidura. Aquella experiencia debería haberle enseñado que ser el primero no basta cuando los demás partidos prefieren pactar entre sí antes que facilitar el acceso del PP al Gobierno.
La comparecencia del miércoles será una oportunidad para comprobar si Feijóo ha comprendido esa lección. Si presenta una propuesta reconocible sobre economía, vivienda, política territorial, Europa y servicios públicos, podrá empezar a transformar el malestar existente en una expectativa de cambio. Si vuelve a limitarse a certificar la muerte política de Sánchez, habrá añadido un nuevo episodio a una profecía que se prolonga demasiado.
Pedro Sánchez puede estar agotando su ciclo. Eso no significa que Feijóo haya construido todavía el siguiente.
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