Alberto Núñez Feijóo compareció después de que el Congreso tumbara los dos decretos de vivienda y, entre las muchas cosas que podían preocuparle en ese momento, desde el precio de los alquileres hasta la situación de quienes dependen de las medidas de protección que acababan de decaer, consideró oportuno despejar una duda que probablemente quitaba el sueño a pocos españoles. Él está listo. «Estoy listo. Estamos preparados. Por mí, que convoque cuando quiera. Por España, que convoque cuanto antes», proclamó después de acusar a Pedro Sánchez de haber utilizado la vivienda con «cálculo electoral», una combinación argumental bastante difícil de mejorar porque consiste en denunciar que el adversario piensa en las urnas para, sin apenas transición, pedirle que las coloque cuanto antes.
La comparecencia tenía así una lógica peculiar, aunque perfectamente reconocible en la política española. Feijóo consideraba «despreciable» utilizar a los ciudadanos para obtener «rédito electoral», aseguraba que los decretos no pretendían resolver el problema de la vivienda, sino proporcionar una «coartada» a Sánchez, y respondía a semejante maniobra reclamando elecciones con una insistencia que habría hecho pensar a cualquier despistado que acababa de empezar una campaña. «Tiene la coartada, ponga la fecha, disuelva las Cortes, convoque elecciones», exigió el líder del PP, que parecía mucho más entusiasmado con la supuesta coartada de lo razonable en alguien que acababa de denunciarla como parte de una operación política intolerable.
Feijóo incluso mostró cierta inquietud ante la posibilidad de que Sánchez se guardara la fecha electoral con la intención de «pillar a la oposición desprevenida», aunque él mismo acababa de anunciar solemnemente que estaba listo y que el PP estaba preparado. No resulta sencillo estar preparado y temer al mismo tiempo que lo sorprendan a uno desprevenido, pero tampoco parece imposible cuando se dispone de una rueda de prensa suficientemente larga para defender una cosa y su contraria sin necesidad de abandonar el atril.
Maricarmen descubre que todo esto iba por ella
En medio de aquella carrera hacia las urnas apareció Maricarmen, una ciudadana hasta entonces desconocida que Feijóo incorporó de golpe al imaginario político nacional. «Hoy no se ha votado ningún decreto para ayudar a Maricarmen ni a nadie. Aquí se ha traído una excusa para intentar ayudar a Pedro Sánchez», afirmó, y de ese modo una mujer sin apellidos, domicilio ni contrato de alquiler conocido pasó a representar a todos aquellos españoles a quienes, según el presidente del PP, el Gobierno había utilizado para sus maniobras electorales.
La elección de Maricarmen tiene algo entrañable porque permite hablar de la gente sin detenerse demasiado en la gente concreta, esa que paga alquileres que se comen una parte creciente de sus ingresos, busca pisos que desaparecen en cuestión de horas o depende de medidas públicas para no quedarse fuera del mercado residencial. Tampoco sabemos qué habría opinado Maricarmen de los decretos rechazados, ni si alguna de sus medidas podía beneficiarla, pero Feijóo decidió hablar en su nombre después de que su partido votara en contra y eso, para una comparecencia dedicada a denunciar la utilización política de los ciudadanos, aportaba un punto de perfección difícilmente calculado.
El dirigente popular insistió en que «todo se ha diseñado pensando en las encuestas» y que nada se había impulsado pensando realmente en los ciudadanos, una afirmación tras la cual volvió a las elecciones con admirable disciplina. Si Sánchez buscaba una «coartada», Feijóo estaba dispuesto a aceptarle el reto; si pensaba convocar, debía hacerlo cuanto antes; si pretendía sorprender a la oposición, llegaba tarde porque el PP estaba preparado. La vivienda seguía figurando formalmente como asunto de la rueda de prensa, aunque a esas alturas comenzaba a desempeñar un papel parecido al de esos familiares que aparecen en las fotografías de boda situados discretamente en la última fila.
También hubo tiempo para anunciar que España «no aguanta más», expresión de larga tradición en la política nacional que tiene la ventaja de poder utilizarse prácticamente en cualquier circunstancia y la desventaja de que España, con admirable falta de disciplina, continúa aguantando cada vez que alguien anuncia que ha dejado de hacerlo. Feijóo añadió que Sánchez ya no tiene «ni las Cortes ni la calle ni el Parlamento ni el pueblo», formulación generosa en instituciones porque las Cortes y el Parlamento aparecen como realidades distintas, quizá para que la pérdida resulte más aparatosa, y porque la posesión del pueblo parece poder certificarse desde una sala del Congreso sin esperar precisamente a esas elecciones que reclamaba unos segundos antes.
La argumentación alcanzó un territorio todavía más interesante cuando Feijóo decidió informar también de los planes navideños de los españoles. «Ya nadie piensa en Pedro Sánchez hasta 2031, pero es que nadie quiere a Pedro Sánchez estas Navidades», aseguró, ampliando así las atribuciones del jefe de la oposición, que además de conocer lo que piensan las encuestas, la calle, el Parlamento y el pueblo dispone aparentemente de información bastante precisa sobre las invitaciones pendientes para Nochebuena. No aclaró si Maricarmen había retirado también el cubierto de Sánchez de la mesa, detalle que habría permitido cerrar el círculo narrativo de una comparecencia que había comenzado hablando de vivienda y ya se encontraba repartiendo turrón.
El extraordinario privilegio de votar sin tener nada que ver
Más reveladora fue la respuesta de Feijóo cuando le preguntaron por las movilizaciones por la vivienda y por la posibilidad de que algunas protestas terminaran señalando al PP. El líder popular manifestó su respeto por el derecho de manifestación, aunque aconsejó a los participantes que eligieran bien al destinatario porque, según razonó, resultaría extraño protestar «contra el que no gobierna». El planteamiento permitiría resolver de una vez por todas una vieja incomodidad de los sistemas parlamentarios, puesto que la oposición podría votar contra leyes, decretos y reformas y considerar después que las consecuencias políticas de esas decisiones corresponden exclusivamente al Gobierno.
El PP no gobierna España, algo que nadie discute, pero sus diputados sí votan en el Congreso y sus votos sirven exactamente igual que los demás para aprobar o impedir que se aprueben normas. Esa pequeña peculiaridad del parlamentarismo explica que una persona pueda manifestarse contra una decisión gubernamental y también contra quienes han utilizado sus escaños para impedir una determinada medida, aunque la teoría de Feijóo resulta bastante más cómoda porque permite ejercer el poder parlamentario sin cargar después con ninguna responsabilidad por su ejercicio. Uno vota, contribuye al resultado y, cuando alguien protesta, recuerda amablemente que él no gobierna y recomienda dirigirse a otra ventanilla.
Feijóo aseguró incluso que el resultado de la votación «al menos garantiza que la situación de la vivienda no esté peor que ayer», una frase tranquilizadora si se observa el mercado inmobiliario desde una rueda de prensa y algo más difícil de sostener para quienes esperaban alguna de las protecciones incluidas en los textos rechazados. Su tesis es que la vivienda «no se soluciona con decretos, se soluciona construyendo viviendas», y en ese punto existe una discusión perfectamente legítima sobre la falta de oferta, el déficit acumulado de vivienda asequible y la necesidad de construir mucho más de lo que España ha construido durante años. El problema aparece cuando esa solución de largo plazo se presenta como si permitiera prescindir de todo lo que ocurre hasta que las viviendas estén levantadas, porque entre prometer un millón de casas y entregar un millón de llaves median bastantes más trámites que una rueda de prensa.
El líder del PP puede defender que las políticas del Gobierno son equivocadas, que intervenir los alquileres reduce la oferta o que la prioridad debe ser construir, movilizar suelo y ofrecer seguridad jurídica a los propietarios, pero resulta bastante más difícil sostener al mismo tiempo que solo el Ejecutivo responde políticamente de lo ocurrido después de una votación en la que la oposición ha sido imprescindible para que las medidas decayeran. Precisamente ahí estaba la paradoja de una comparecencia en la que Feijóo acusó repetidamente a Sánchez de convertir la vivienda en un instrumento electoral y terminó dedicando una parte considerable de su intervención a pedirle que convocara elecciones.
Tal vez Maricarmen, si finalmente existe y consigue encontrar un alquiler que pueda pagar, sea capaz de comprender la sutileza. Tendrá que distinguir entre el electoralismo malo, que consiste en aprobar decretos sobre vivienda cuando uno gobierna y puede estar pensando en las encuestas, y el electoralismo perfectamente respetable, que consiste en votar contra esos decretos, comparecer después ante los periodistas y repetir «ponga la fecha», «disuelva las Cortes», «convoque elecciones» y «estoy listo» sin que ninguna de esas expresiones tenga, por supuesto, relación alguna con un cálculo electoral.
Feijóo terminó dejando muy claro que la «escapada» de Sánchez debía acabar, que España no soportaba más aquella «agonía» y que todo se había convertido en «propaganda y banderín electoral». Después de escucharlo hablar de urnas, encuestas, convocatoria, campaña, Navidad y Moncloa, quedaba pendiente únicamente el pequeño asunto que había llevado inicialmente la vivienda al Congreso. Qué ocurre con quienes necesitan una solución antes de que esté construido el millón de casas prometido y antes, incluso, de que Feijóo pueda demostrar en las urnas lo preparado que asegura estar.
Maricarmen, suponemos, seguirá buscando piso.
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