Alberto Núñez Feijóo ha convertido en fetiche la proporcionalidad aritmética y la flexibilidad táctica para legitimar una apertura explícita a pactos “puntuales” con Vox que, en la práctica, sostienen su proyecto político. Frente a la retórica de centro moderado, la nueva hoja de ruta de Génova refuerza una derecha que ya no articula su identidad alrededor de políticas públicas sino de supervivencia estratégica, con claros riesgos para la cohesión democrática y el espacio político constitucionalista. El PP no redefine su proyecto, lo diluye en la lógica del retroceso: menos votos propios, más espacio cedido a la extrema derecha.
Una capitulación maquillada de centro
En su entrevista dominical, Feijóo se presenta como el estadista firme que, “sin coaliciones”, estaría dispuesto a acuerdos puntuales con Vox porque así lo exigen las urnas. Ese argumento, repetido con insistencia, supone una inversión profunda de sentido: no son las necesidades de la ciudadanía —que aspira a políticas públicas sólidas— lo que guía esta estrategia, sino la necesidad de arrastrar a Vox hacia el centro del tablero político español.
El discurso de proporcionalidad, que él invoca como principio técnico, esconde otra cosa: la incapacidad del PP de ampliar su base social sin depender de la extrema derecha. En comunidades donde el PP no alcanza mayoría suficiente, la aritmética no es un detalle, es la estructura misma del poder. Y esa estructura coloca a Vox como sostén imprescindible.
Este movimiento no es una simple negociación política. Es una redefinición del PP desde dentro hacia fuera: ya no se aspira a gobernar desde un centro político estable, sino a orientar el centro hacia la derecha extrema para no perder relevancia. Eso no es moderación, es realineamiento ideológico.
La ilusión del entendimiento y el desplazamiento del marco
Feijóo insiste en que no hay “líneas rojas” frente a Vox porque es la tercera fuerza del país y, por tanto, un interlocutor legítimo. Pero la política no es solo suma de votos, sino orientación de proyecto.
La exigencia de proporcionalidad —si el PP tiene el doble o triple de escaños, el acuerdo debe reflejarlo— es un parche argumental. Sirve para tranquilizar a los sectores internos que aún reivindican la tradición centrista del partido, pero no altera la tendencia estructural: al no crecer con autonomía, el PP cede poder de agenda. Y ceder agenda implica aceptar marcos discursivos ajenos, especialmente en inmigración, memoria democrática o derechos civiles.
El cálculo de Feijóo —“nos tenemos que entender”— no está orientado a reforzar la estabilidad institucional, sino a detener la fuga de votantes hacia su flanco derecho. No lidera una alternativa; administra una competencia interna dentro del mismo bloque ideológico. Gestiona una crisis de identidad más que construir un proyecto nuevo.
Gobernar sin coalición, pactar con dependencia
La fórmula “gobernar en solitario” mientras se negocian apoyos puntuales es una construcción semántica eficaz, pero políticamente frágil. La estabilidad no depende de cómo se nombre el acuerdo, sino de quién condiciona las decisiones.
En materia migratoria, Feijóo endurece el discurso con una futura ley de nacionalidad que apela al “honor” de ser español y cuestiona la regularización. En vivienda, apuesta por desbloqueos urbanísticos acelerados y por incentivos fiscales que privilegian la propiedad frente a la intervención estructural del mercado. Son propuestas que, más que abrir una vía propia, se alinean con un eje ideológico que desplaza el debate hacia posiciones restrictivas y liberalizadoras.
La coincidencia programática no es casual. Es la consecuencia de un marco compartido que normaliza postulados que hace una década el propio PP intentaba modular. La frontera entre la derecha conservadora clásica y la extrema derecha se vuelve porosa cuando la aritmética manda más que la identidad política.
El centro como ficción
Feijóo dibuja una línea roja frente a Bildu y al independentismo, pero no frente a Vox. Esa asimetría no es menor. Define prioridades. El verdadero test de autonomía de un partido que aspira a gobernar España en solitario no es con quién compite retóricamente, sino de quién depende materialmente para alcanzar el poder.
La paradoja es evidente: cuanto más insiste en que gobernará sin coaliciones, más visible se hace la necesidad de apoyos externos que condicionan cada votación clave. No es una cuestión moral ni simbólica, sino estructural. Si Vox se consolida como árbitro, el PP deja de ser el eje del bloque para convertirse en su gestor principal.
En febrero de 2026, la estrategia de Feijóo no representa una ampliación del espacio político conservador, sino su contracción alrededor de un socio incómodo pero imprescindible. Y en esa contracción, el centro deja de ser un lugar político real para convertirse en un argumento defensivo.