La convocatoria anunciada por Feijóo para este domingo revela un cambio de escala en la estrategia del PP: ya no basta con la batalla parlamentaria. El ingreso en prisión de Ábalos y Koldo García ha precipitado un gesto que aspira a mostrar fortaleza social y rearmar a un partido que busca acelerar el desgaste del Gobierno y reclamar una salida electoral.
La puesta en escena de Feijóo en la sede nacional del PP perseguía transmitir firmeza. Sin embargo, la secuencia de su intervención proyectó una idea distinta: la necesidad de devolver protagonismo político a su propio liderazgo, atenazado por la competencia interna —Tellado mediante— y por un ecosistema mediático de derechas que presiona para que el PP adopte el tono de Vox sin admitir que lo adopta.
El líder popular presentó la concentración del domingo como una respuesta casi institucional a la corrupción que, asegura, “rodea” al presidente del Gobierno. El término rodear ha sido tan estirado por el PP en los últimos meses que ya funciona como un comodín narrativo: basta con pronunciarlo y confiar en que el oyente completará el resto del relato. Pero la realidad es menos maleable que los eslóganes. Las responsabilidades penales no se asignan por acumulación literaria, sino por resoluciones judiciales.
La convocatoria busca situar al PP como única fuerza “decente” frente a un Gobierno que Feijóo describe ya no como equivocado, sino como contaminado en su totalidad. El salto retórico —“la manzana podrida es él”— no es casual: Feijóo ha decidido asumir el tono que durante años atribuía exclusivamente a Vox. El PP, en su intento de no perder terreno hacia la derecha, ha perdido progresivamente su capacidad para modular el discurso. Y cuando un partido renuncia a la matización, el análisis político queda sustituido por una cadena de imágenes de impacto.
Feijóo justificó la protesta apelando a una supuesta normalización de la corrupción en el entorno del presidente. Lo hizo sin distinguir entre causas judiciales abiertas, diligencias previas o rumores elevados a categoría de hecho por la propia oposición. El rigor jurídico brilló por su ausencia, pero ese no era el objetivo. La concentración del domingo es, sobre todo, un artefacto comunicativo: una fotografía preconfigurada para alimentar la idea de que el país vive un momento excepcional que exige medidas excepcionales. Entre ellas, cómo no, elecciones inmediatas.
No pasó inadvertido que el líder del PP invitara a “todos” los españoles, al tiempo que insistía en que no habría siglas. Cuando un dirigente precisa tantas veces que un acto no pertenece a un partido, suele significar que pertenece claramente a un partido. La elección del Templo de Debod, espacio recurrente en movilizaciones de la derecha, tampoco contribuye a sostener el envoltorio cívico. Todo en la convocatoria remite a un intento de capitalizar políticamente una situación judicial ajena al Gobierno.
Feijóo utiliza el caso Koldo como catalizador de su exigencia de elecciones, pese a que la instrucción se desarrolla ante el Tribunal Supremo y no depende de decisiones del Ejecutivo. La ironía —muy fina, casi involuntaria— es que apela a defender a los jueces mientras convierte sus resoluciones en combustible para una protesta política diseñada desde la sede del PP.
El dirigente popular aseguró que sus socios parlamentarios “lo pagarán” si mantienen el apoyo a Sánchez. Esa advertencia, formulada con la contundencia que acostumbra a reservar para los micrófonos, suena más a deseo que a pronóstico. Feijóo sabe que su capacidad de articular una mayoría parlamentaria alternativa es inexistente. Por eso necesita la calle: cuando los números no acompañan, se recurre a los decibelios.
La concentración del domingo será, previsiblemente, el reflejo de este momento político: mucho gesto, poco análisis y la convicción —muy propia de Feijóo en los últimos tiempos— de que el ruido siempre juega a su favor. La cuestión es si la ciudadanía, acostumbrada ya a la inflación de convocatorias “históricas”, responderá al llamamiento. Porque, a diferencia de las metáforas frutales, la movilización social no se improvisa. Aquí no bastan las manzanas. Aquí hace falta realidad.