A menos de una semana de las elecciones en Castilla y León, Alberto Núñez Feijóo se lanzó a pedir el voto a casi todo el mundo. A los votantes socialistas, para desalojar a Pedro Sánchez; a los de Vox, para evitar el bloqueo institucional; y a los propios, para reforzar a Alfonso Fernández Mañueco. El ejercicio retórico tiene una dificultad evidente, el líder popular pretende presentar al mismo tiempo a Vox como un estorbo y como un socio imprescindible.
La campaña electoral suele empujar a los partidos hacia posiciones incómodas. En el caso de Alberto Núñez Feijóo, la incomodidad consiste en criticar con dureza a Vox mientras depende de ese mismo partido para gobernar buena parte del mapa autonómico. Durante un acto en Riaza, en la provincia de Segovia, el líder del PP pidió el apoyo a su candidato en Castilla y León, Alfonso Fernández Mañueco, al que definió como “el antídoto contra el bloqueo”. El bloqueo al que se refería no estaba en Castilla y León, sino en Extremadura, donde Vox ha impedido hasta ahora la investidura de María Guardiola. El episodio extremeño se ha convertido en el eje argumental de la campaña del PP en esta comunidad. Feijóo intenta utilizarlo como advertencia electoral: si Vox crece demasiado, sugiere, la gobernabilidad puede complicarse. La paradoja es que esa misma gobernabilidad depende precisamente de Vox.
El líder popular acusó al partido de Santiago Abascal de “estafar a sus votantes dando alegría al sanchismo”, una frase pensada para colocar a la ultraderecha en el incómodo papel de aliado indirecto del Gobierno. La lógica del argumento es curiosa. Durante años el PP ha defendido la necesidad de pactar con Vox para gobernar comunidades autónomas y ayuntamientos. Ahora, en plena campaña, intenta presentarlo como un factor de desorden institucional.
Feijóo necesita a Vox como socio pero le culpa de los problemas que genera la propia alianza.
El extraño llamamiento a los votantes socialistas
La escena más llamativa del mitin llegó cuando Feijóo decidió dirigirse directamente a los votantes del PSOE. Les pidió que, aunque hubieran apoyado a los socialistas en el pasado, votaran ahora al PP si querían que “el dinero se quedara en los bolsillos de sus familias”. El argumento económico es el habitual en el repertorio popular, el Gobierno central sube impuestos y el PP promete bajarlos. Lo singular es el destinatario del mensaje.
No es frecuente ver a un líder conservador apelando abiertamente al electorado socialista en mitad de una campaña autonómica. El movimiento revela hasta qué punto el PP intenta ampliar su base electoral ante la fragmentación del espacio de la derecha. Feijóo también aprovechó el acto para insistir en una idea que repite en cada mitin: que votar al PP es la única forma de desalojar a Pedro Sánchez de La Moncloa.
La afirmación tiene algo de desplazamiento estratégico. Las elecciones en Castilla y León eligen un parlamento autonómico, pero la dirección popular ha decidido convertirlas en un plebiscito anticipado sobre el Gobierno central. Una táctica clásica cuando el terreno autonómico no ofrece demasiadas novedades políticas.
El líder del PP pronosticó que Vox podría intentar repetir en Castilla y León el bloqueo que mantiene en Extremadura. La advertencia tiene una utilidad electoral evidente, el Partido Popular quiere movilizar al votante conservador temeroso de la ingobernabilidad.
Pero también pone de manifiesto la fragilidad de la estrategia popular. El PP lleva años intentando normalizar la colaboración con Vox en gobiernos autonómicos y municipales. Ahora se encuentra en la situación inversa: necesita distanciarse del socio sin romper del todo con él y , de ahí el tono ambivalente del discurso. Vox es presentado como responsable del bloqueo institucional, pero al mismo tiempo como un actor cuyos votantes deberían trasladarse al PP.
Feijóo defendió también la gestión de Mañueco, recordando que ha gobernado dos legislaturas complejas: una con Ciudadanos y otra con Vox. En ambos casos, según su relato, los socios acabaron desapareciendo del escenario político. El argumento pretendía reforzar la idea de estabilidad del candidato popular. Aunque también dejaba entrever otro dato menos cómodo: la dificultad del PP para sostener alianzas duraderas en el tablero de la derecha.
El mitin terminó con una referencia ya habitual en los discursos del líder popular: el uso del Falcon por parte del presidente del Gobierno. La crítica se ha convertido en un recurso recurrente del PP, una especie de símbolo político portátil que aparece en cualquier escenario, desde un debate parlamentario hasta un acto de campaña en un pueblo de Segovia. La campaña en Castilla y León entra así en su recta final con un mensaje curioso: el PP pide el voto útil frente al bloqueo mientras intenta explicar por qué el partido con el que suele pactar es, al mismo tiempo, el origen de ese bloqueo.