José María Aznar reapareció en Madrid con el tono que ha caracterizado buena parte de su discurso político en los últimos años: la advertencia de que España se encuentra al borde de un abismo institucional. En la presentación de un libro de su antiguo ministro Jaime Mayor Oreja, el expresidente aseguró que las próximas elecciones generales decidirán la continuidad del sistema constitucional. La conclusión, en realidad, ya venía incorporada en el diagnóstico: solo una mayoría amplia del Partido Popular podría evitar ese supuesto colapso.
Aznar lleva tiempo moviéndose en un registro político que mezcla diagnóstico apocalíptico y apelación electoral. El esquema suele ser siempre el mismo: primero se declara que el país atraviesa una crisis existencial; después se concluye que solo una mayoría política concreta puede salvarlo y esta vez el expresidente fue aún más explícito. Según su interpretación, las próximas elecciones tendrán un carácter “semiconstituyente o constituyente”. Es decir, no serían simplemente un cambio de gobierno, sino una especie de plebiscito sobre la continuidad misma del sistema político nacido en 1978.
El lenguaje no es inocente.
Aznar advirtió de que en esos comicios se decidirá “la continuidad histórica de España”, la del sistema constitucional e incluso la de la Corona. La formulación dibuja un escenario extremo en el que cualquier resultado electoral distinto al que él defiende se convertiría en una amenaza estructural para el país, una forma de situar el debate político en un terreno donde el adversario deja de ser un competidor democrático para convertirse en un riesgo sistémico. Ese desplazamiento del lenguaje es cada vez más frecuente en determinados sectores de la derecha española.
La nostalgia del poder
La intervención se produjo durante la presentación de Una verdad incómoda, el nuevo libro de Jaime Mayor Oreja, una figura histórica del aznarismo que en los últimos años se ha convertido en uno de los referentes ideológicos del sector más conservador del espacio político del PP. El acto tenía algo de reunión generacional. Allí se encontraban varios de los protagonistas de una etapa política que marcó la derecha española durante los años noventa y principios de los dos mil. Aznar aprovechó ese escenario para insistir en una idea que lleva repitiendo desde hace tiempo: España necesita un gobierno fuerte con el Partido Popular como pilar central. En su discurso, el PP aparece como el único partido capaz de sostener el orden constitucional.
El expresidente añadió un matiz que revela bien su estrategia política. No cree en las llamadas mayorías naturales entre partidos, explicó. Las mayorías, dijo, se construyen. Pero al mismo tiempo dejó claro qué tipo de mayoría considera deseable: un PP muy fuerte y una ultraderecha reducida a un papel secundario.
La aritmética que planteó fue bastante explícita. Un escenario con 130 diputados del PP y 60 de Vox, sugirió, no permitiría afrontar los problemas del país. En cambio, una mayoría mucho más amplia del PP sí abriría esa posibilidad. La lectura política es transparente.
El discurso del peligro permanente
Aznar también aprovechó la ocasión para insistir en su posición sobre la política internacional española. Defendió que el país debe alinearse claramente con sus aliados occidentales, especialmente en el contexto del conflicto en Oriente Próximo. No es una postura nueva. Durante su etapa como presidente del Gobierno fue uno de los principales impulsores del alineamiento español con la estrategia estadounidense en la guerra de Irak, una decisión que marcó profundamente la política exterior española durante años. En su intervención volvió a reivindicar la idea de que España debe demostrar fiabilidad ante sus aliados.
El problema de este tipo de discursos es que convierten el debate democrático en un relato de emergencia permanente. Si cada elección es presentada como una batalla por la supervivencia del sistema, la política deja de ser un espacio de alternancia para convertirse en un campo de alarma constante. Aznar parece sentirse cómodo en ese terreno.
Su intervención en Madrid no fue tanto un análisis del momento político como una reiteración de una tesis que lleva años defendiendo: España vive bajo una amenaza estructural que solo puede resolverse mediante un cambio profundo en el equilibrio político. El diagnóstico puede resultar eficaz para movilizar a una parte del electorado. Pero también tiene un efecto colateral evidente que normaliza la idea de que la democracia solo es segura cuando gobierna un determinado partido.