Ayuso se fortalece de ETA y del comunismo

La presidenta de la Comunidad de Madrid ha vuelto a hacer un ejercicio de construcción del enemigo y la creación de una arquitectura del miedo

25 de Marzo de 2026
Actualizado a las 14:11h
Guardar
Ayuso eta comunismo

Pocos liderazgos han comprendido con tanta efectividad la rentabilidad electoral de la polarización como el de Isabel Díaz Ayuso. Su intervención de hoy en Morata de Tajuña no ha sido una mera rendición de cuentas sobre la gestión regional, sino un ejercicio de análisis político de hondo calado que confirma su absoluta dependencia discursiva de dos ejes sobre los que pivota su supervivencia política: la sombra persistente de ETA y el fantasma omnipresente del comunismo. Para la presidenta madrileña, estos elementos no actúan como simples adversarios de gestión, sino como los cimientos de una cosmogonía donde Madrid se erige como el último bastión de la libertad frente a una "ignominia" que, según sus palabras, emana directamente del Palacio de la Moncloa.

El discurso de Ayuso revela una estrategia de fondo meticulosamente diseñada para mantener vivos enemigos que, aunque transformados o disueltos en la realidad fáctica, resultan indispensables para amalgamar a su electorado bajo una bandera de resistencia moral. Al afirmar con solemnidad que el mayor enemigo de la democracia española es y ha sido siempre la banda terrorista, la presidenta no solo apela a la memoria emocional de las víctimas, sino que establece una equivalencia directa entre la estabilidad del Estado y lo que denomina un "intercambio de presos por presupuestos". En este ensayo de resistencia, la figura de Pedro Sánchez aparece como el arquitecto de una traición donde la comodidad ha suplantado a la verdad, convirtiendo la política nacional en un ataque sin precedentes a las instituciones democráticas.

Si ETA representa el enemigo histórico que dota de gravedad ética a su mensaje, el comunismo se manifiesta como el enemigo cotidiano que justifica su radicalidad dialéctica. Ayuso utiliza este término no como una descripción técnica de las políticas de sus adversarios, sino como una categoría estética que engloba cualquier forma de regulación pública. Al calificar de "comunismo de manual" las leyes de vivienda o las propuestas laborales de Yolanda Díaz, la presidenta construye un marco donde la libertad económica se presenta como una entidad sagrada e indivisible. Bajo esta premisa, cualquier intento de limitar el precio del alquiler o de regular los beneficios empresariales es presentado como un atentado liberticida que busca enfrentar a los propietarios con los inquilinos y a los empresarios con sus empleados.

La esencia del ayusismo reside en su capacidad para transformar la gestión administrativa más mundana en una gesta heroica de salvación nacional. En el escenario de Morata de Tajuña, la enumeración de inversiones regionales se presenta como un acto de protección frente al "caos" de la ultraizquierda. Ayuso necesita proyectar la idea de que Madrid es una región asediada, denunciando un supuesto boicot del equipo económico de Moncloa contra proyectos estratégicos que van desde la Fórmula 1 hasta los centros de datos. En este relato de agravios, la defensa de la central nuclear de Almaraz o la crítica al impuesto de patrimonio se convierten en símbolos de una autonomía que se niega a ser "reventada" por una política fiscal que, según el relato de la presidenta, solo busca castigar el éxito de Madrid.

Incluso en la vertiente más técnica de su comparecencia, como el anuncio de la primera Ley de Caza y Pesca de la región o el plan de sanidad animal, Ayuso encuentra el espacio necesario para librar su particular batalla cultural. Al reivindicar sectores como la cetrería y proteger las explotaciones ganaderas frente a posibles crisis de exportación, la presidenta se posiciona como la guardiana de un mundo rural que se siente amenazado por un supuesto dogmatismo climático, lo que la acerca cada vez más al negacionismo del cambio climático o del calentamiento global. Esta defensa del campo actúa como el reverso positivo de su ataque al comunismo, ofreciendo una visión de Madrid donde la tradición y la propiedad privada son los únicos motores capaces de garantizar el futuro de los jóvenes en los municipios de menos de cinco mil habitantes.

La política de Ayuso no busca el consenso ni el punto de encuentro que presidió la Transición que ella glorifica pero cuyos pilares no aplica, sino la confirmación permanente de una frontera moral infranqueable. Su discurso es un recordatorio constante de que la política, bajo su prisma, es una lucha maniquea entre el bien, representado por la libertad de mercado madrileña, y el mal, encarnado por la herencia de ETA y el intervencionismo estatal. Mientras esta dicotomía siga siendo el motor de su comunicación, Madrid continuará siendo el escenario de una realidad donde la instalación de cajeros automáticos en pueblos pequeños convive con teorías de la conspiración que, según su visión, pretenden hundir el empleo y la prosperidad de todos los españoles.

Lo + leído