Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, ha lanzado hoy un mensaje que, a primera vista, parece un llamamiento a la concordia: “En estos momentos de profunda división toca empezar por apartar lo que nos enfrenta y separa en la vida diaria. Sin esperar a que lo hagan los otros”. La dirigente popular apela a un principio que podría considerarse universal: la necesidad de trabajar por la paz y la unidad, reconociendo la herencia cultural de Occidente y los valores que permiten vivir en un Estado de Derecho.
En su discurso de presentación del Belén de la Casa de Correos de Madrid, Ayuso cita también al Papa León XIV y su énfasis en construir puentes y no muros, y subraya que la unidad no significa uniformidad, sino comprensión y encuentro frente a un mundo marcado por la violencia, los prejuicios y la exclusión económica. Su mensaje, cargado de referencias religiosas y morales, parece un exhorto a la reflexión personal y al compromiso social en un tiempo de crispación y polarización.
Sin embargo, el mensaje de conciliación que Ayuso proclama choca frontalmente con su trayectoria política reciente. La presidenta madrileña se ha erigido sistemáticamente como figura de confrontación, tanto frente a la oposición política como frente a los medios de comunicación y distintos colectivos sociales. En la práctica, sus intervenciones públicas y sus estrategias partidistas han contribuido a amplificar la polarización en la política española, consolidando un estilo de liderazgo basado en el enfrentamiento y la polémica constante.
El contraste es evidente: mientras Ayuso, invadida del espíritu navideño, habla de apartar lo que nos enfrenta, ella misma ha liderado debates y decisiones que alimentan esa división. Desde sus enfrentamientos con Pedro Sánchez y la izquierda hasta sus discursos incendiarios sobre ideologías políticas contrarias, Ayuso ha cultivado una narrativa en la que el conflicto se convierte en herramienta de visibilidad política y consolidación de apoyo electoral. Esta dinámica genera un doble mensaje: uno que promueve la unidad, y otro que, en la praxis, refuerza la fragmentación y la polarización.
El análisis político de esta contradicción es relevante por varias razones. Primero, revela la tensión entre el discurso público y la acción política real: los líderes pueden utilizar mensajes de conciliación como estrategia comunicativa, incluso cuando sus decisiones contribuyen a un clima de confrontación. Segundo, evidencia cómo la retórica conciliadora puede ser percibida como una operación de marketing político si no se acompaña de gestos concretos de moderación y diálogo. Finalmente, pone de relieve los límites de un mensaje que apela a la herencia cultural y a la ética universal cuando el actor político se ha posicionado consistentemente en la vereda opuesta, liderando la crispación que luego promete superar.
El llamamiento a “trabajar por la paz sin esperar que lo hagan otros” se convierte, así, en una paradoja cuando quien lo pronuncia ha basado buena parte de su estrategia en enfrentarse a adversarios y movilizar a su electorado mediante la tensión y la polémica. La polarización ha servido para fortalecer el perfil personal de Ayuso y el del partido que lidera, a costa de generar un clima de enfrentamiento constante.
El mensaje de Ayuso se entiende más como una llamada simbólica a la reconciliación que como un compromiso real con la desescalada política. La referencia al Papa y a la necesidad de construir puentes es un intento de enmarcar su liderazgo dentro de valores universales de diálogo y cooperación, pero la práctica demuestra que el enfrentamiento y la crispación siguen siendo ejes fundamentales de su estilo de gobierno.