Ayuso avala el nuevo orden mundial que está imponiendo Donald Trump

Isabel Díaz Ayuso habló por videoconferencia en un aquelarre de ultraderechistas hispanos celebrado en la residencia privada de Donald Trump en Florida y dejó claro que su objetivo es que Madrid se convierta en el nodo del trumpismo en Europa

11 de Febrero de 2026
Actualizado el 16 de febrero
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Ayuso Mar a Lago

La intervención de Isabel Díaz Ayuso en Mar-a-Lago no fue un episodio aislado de diplomacia cultural. Fue una declaración de alineamiento ideológico en uno de los epicentros simbólicos del trumpismo global. Allí, la presidenta madrileña no solo celebró la fortaleza de los lazos históricos entre España y Estados Unidos; dio por hecho la existencia de un “nuevo orden mundial” y felicitó a Washington por cada paso en su defensa de la hispanidad obviando la violencia, los asesinatos y las rafias del ICE contra los inmigrantes latinos. 

El nuevo orden mundial de Trump

Cuando Ayuso afirma que “el nuevo orden mundial necesita nuestra forma de ser y estar”, está legitimando un giro geopolítico que cuestiona el sistema multilateral construido tras la Segunda Guerra Mundial. El multilateralismo liberal, con sus instituciones, pactos y equilibrios, es sustituido en esa narrativa por una lógica de bloques ideológicos, ultranacionalismos, supremacismo blanco y pulsos soberanistas.

El trumpismo ha sido explícito en su desconfianza hacia organismos internacionales, tratados globales y alianzas tradicionales cuando estas limitan la soberanía nacional. Al abrazar ese marco discursivo, Ayuso se sitúa en una corriente que privilegia la confrontación cultural y política sobre la negociación estructural. Para una dirigente europea, cuya comunidad autónoma forma parte de un Estado miembro de la Unión Europea, la implicación no es menor.

Totalitarismo unilateral

En su discurso, Ayuso denunció con contundencia el “totalitarismo” de los regímenes de izquierda en América Latina y habló del fin de los “narcoestados” impulsados por “dictadores de ultraizquierda”. La crítica a Venezuela, Cuba o Nicaragua puede encontrar amplio consenso democrático. Sin embargo, el marco que construyó fue asimétrico.

En Mar-a-Lago, la residencia de Donald Trump en Palm Beach, no hubo una sola mención a las tensiones institucionales, el debilitamiento de normas democráticas o la radicalización política en Estados Unidos bajo el liderazgo de Trump. El concepto de totalitarismo apareció exclusivamente asociado a la izquierda. Esa omisión no es accidental: es coherente con la narrativa trumpista que redefine la democracia como un campo de batalla donde el adversario ideológico es el verdadero enemigo existencial.

Elogios a Estados Unidos mientras Trump elimina el español

Uno de los momentos más llamativos fue la celebración de los pasos de Estados Unidos “en su defensa de la hispanidad”. La frase contrasta con una realidad política más compleja. Durante la presidencia de Donald Trump, se impulsaron medidas simbólicas y administrativas que redujeron la centralidad del español en la comunicación institucional federal, eliminando versiones en español de páginas oficiales y restringiendo programas de alcance lingüístico.

Esa tendencia no fue meramente técnica: formó parte de una visión nacionalista y supremacista que prioriza la homogeneidad cultural y lingüística. Felicitar a Estados Unidos por defender la hispanidad mientras se minimiza el retroceso institucional del español revela una contradicción difícil de obviar. Si la hispanidad es, como dijo Ayuso, un espacio de 600 millones de personas unidas por la lengua y el humanismo cristiano, su invisibilización administrativa en la primera potencia mundial resulta cuanto menos problemática.

Ni mencionó la violencia del ICE contra los hispanos

Más delicado aún es el contraste entre la retórica de defensa de la comunidad hispana y la política migratoria asociada al trumpismo. La política de inmigración bajo Trump se caracteriza por un endurecimiento de las redadas, la expansión de las competencias del ICE (Immigration and Customs Enforcement) y una estrategia de “tolerancia cero” que derivó en separaciones familiares, violencia extrema, torturas, asesinatos y detenciones masivas.

Organizaciones de derechos civiles documentaron denuncias de abusos, condiciones precarias en centros de detención y uso excesivo de la fuerza en determinadas operaciones. Aunque el término “asesinatos” exige precisión judicial caso por caso, sí es un hecho que diversas intervenciones de fuerzas de seguridad migratoria terminaron en muertes que generaron investigaciones y controversia pública. Los sucesos de Minnessota mostraron, directamente, ejecuciones sumarias. De eso, Ayuso no dijo nada.

En ese contexto, presentar a Estados Unidos como baluarte inequívoco de la hispanidad sin matizar la realidad de millones de latinoamericanos sometidos a redadas, deportaciones, torturas o detenciones prolongadas implica una lectura parcial. La retórica de la libertad se vuelve disonante cuando no se integra la experiencia concreta de comunidades afectadas por políticas restrictivas.

Hispanidad, bloque ideológico

Ayuso definió la hispanidad como una comunidad unida por la alegría, el mestizaje, la familia y los valores occidentales. Pero en Mar-a-Lago esa identidad cultural se integró en una narrativa de combate político. La hispanidad no apareció como puente entre culturas, sino como bloque ideológico frente a un enemigo común: el socialismo, el progresismo, la “decadencia”.

Esa instrumentalización transforma un concepto histórico-cultural en una herramienta de alineamiento geopolítico. Y en ese alineamiento, las contradicciones internas quedan subordinadas a la lógica de la batalla cultural.

Madrid, el nodo del trumpismo 

La intervención en Mar-a-Lago confirmó algo más profundo que una afinidad retórica: la voluntad de convertir a Madrid en referencia europea de una red conservadora transatlántica. No fue un discurso administrativo; fue una toma de posición en la arquitectura ideológica de la derecha global.

Al asumir la narrativa del nuevo orden mundial, al celebrar sin reservas los pasos de Estados Unidos y al omitir las tensiones democráticas y migratorias que afectan a la propia comunidad hispana, Ayuso consolida un perfil que trasciende la política regional española.

Ayuso invoca la libertad universal mientras adopta un marco que la define de forma selectiva. Se defiende la hispanidad mientras se aplaude a un país cuyo presidente ha relativizado la presencia institucional del español y endurecido las políticas contra migrantes latinoamericanos.

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