La extrema derecha alemana lleva meses intentando convencer a los electores de que Alternativa para Alemania (AfD) ha dejado atrás su condición de partido de protesta y está preparada para gobernar. Las elecciones regionales de septiembre le han proporcionado el argumento electoral que necesitaba, aunque también un problema bastante menos cómodo: cuantos más escaños consigue, más candidatos necesita para llenarlos y más difícil resulta mantener bajo control quién acaba sentándose en ellos.
El crecimiento ha sido espectacular. AfD obtuvo el 43,8% de los votos en Sajonia-Anhalt, donde logró 39 de los 83 escaños y se quedó a solo tres de la mayoría absoluta. Dos semanas después ganó también en Mecklemburgo-Pomerania Occidental con algo más del 38%, mientras en Berlín alcanzó su mejor resultado histórico en la capital. El partido que durante años permaneció arrinconado en los márgenes de la política alemana ha dejado, por tanto, de ser electoralmente marginal.
Otra cuestión es qué está llegando a las instituciones empujado por esa marea de votos. Porque la ampliación de sus grupos parlamentarios ha colocado bajo los focos a candidatos que permiten observar qué existe detrás del esfuerzo de Alice Weidel y Tino Chrupalla por presentar AfD como una fuerza política homologable a la derecha conservadora europea. Y el resultado no siempre combina demasiado bien con esa respetabilidad recién estrenada.
Orden, familia y algunos antecedentes incómodos
Uno de los mensajes más repetidos por AfD es el de ley y orden, una expresión especialmente útil para una formación que ha hecho de la inmigración y de la inseguridad dos de sus grandes motores electorales. El inconveniente aparece cuando ese principio se aplica también al currículum de algunos de quienes deben defenderlo desde un Parlamento.
En Sajonia-Anhalt ha obtenido un escaño Phillipp-Anders Rau, elegido directamente por el 48,1% de los votantes de su circunscripción, según los resultados que él mismo publica. Su trayectoria previa incluye condenas por robo y falsificación de títulos académicos.
El contraste resulta difícil de ignorar en un partido que ha construido buena parte de su identidad política alrededor de la disciplina, la autoridad y el endurecimiento de las respuestas frente a la delincuencia.
Rau no constituye, además, la única biografía peculiar del nuevo grupo parlamentario. Entre los elegidos aparece también Ronny Kumpf, conocido años atrás dentro del partido por su relación con producciones pornográficas, un pasado que contrasta de manera llamativa con el énfasis de AfD en la defensa de la familia tradicional.
No existe nada ilícito, por supuesto, en haber participado en cine para adultos. La relevancia política está en otra parte. AfD lleva años haciendo de la moral sexual, los roles tradicionales de género y la familia convencional elementos centrales de su batalla cultural. Es esa contradicción, y no la vida privada de sus representantes, la que resulta significativa.
Dos mujeres entre 39 diputados
La fotografía del nuevo grupo parlamentario de Sajonia-Anhalt permite comprobar también cómo se traduce en la práctica la visión de género del partido. De sus 39 diputados, únicamente dos son mujeres. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental son seis de 32.
No se trata simplemente de una casualidad estadística. AfD rechaza las cuotas y buena parte de las políticas públicas de igualdad, y sus programas han defendido reiteradamente un modelo familiar tradicional en el que la maternidad ocupa un lugar central.
Entre las escasas mujeres que sí han conseguido asiento se encuentra Petra Federau, diputada de Mecklemburgo-Pomerania Occidental y actualmente portavoz de AfD en materias de energía, infancia, juventud y familia. Su elección está confirmada tanto por el Parlamento regional como por el propio grupo parlamentario de AfD.
Federau arrastra desde hace una década una polémica que ya la apartó de unas listas electorales en 2016, cuando salieron a la luz informaciones sobre actividades vinculadas a la prostitución y viajes de mujeres a Emiratos Árabes. Posteriormente ha destacado además por declaraciones radicales sobre inmigración.
De nuevo, la cuestión interesante no reside en escarbar por puro morbo en una biografía personal, sino en observar la distancia entre la severidad moral que la extrema derecha aplica a la sociedad y la flexibilidad que puede llegar a mostrar cuando necesita completar sus propias listas.
El problema empieza a ser bastante más serio
Hasta aquí podría hablarse de contradicciones, antecedentes pintorescos o candidatos que cualquier aparato de partido preferiría mantener lejos de una campaña electoral. Pero en Sajonia-Anhalt aparecen perfiles que trasladan la cuestión a un terreno considerablemente más preocupante.
El líder regional de AfD, Ulrich Siegmund, que estuvo muy cerca de disponer de una mayoría absoluta para gobernar el land, participó durante su juventud en actividades de las Juventudes Patrióticas de Alemania, una organización neonazi posteriormente prohibida. Durante la campaña tampoco se desmarcó completamente de la teoría conspirativa del «gran reemplazo», aunque reconoció que no podía demostrarla.
A su alrededor aparecen candidatos con conexiones aún más recientes con ambientes extremistas. El diputado Sebastian Koch ha sido relacionado con celebraciones y ambientes de la ultraderecha extraparlamentaria. Según las investigaciones recogidas por Tagesspiegel, su trayectoria política habría comenzado en una Kameradschaft, denominación utilizada para agrupaciones neonazis, y existen referencias a su participación en celebraciones organizadas por la NPD, antiguo partido ultraderechista alemán.
Otro diputado, Simon Lansmann, celebró en su propiedad una fiesta del solsticio a la que acudieron personas vinculadas a Artgemeinschaft, organización prohibida en 2023 por el Ministerio del Interior alemán por su afinidad ideológica con el nacionalsocialismo. Lansmann confirmó la celebración, aunque negó compartir la ideología del grupo y rechazó que en su finca se estuviese dando continuidad a una organización ilegal. Una democracia debe distinguir entre una relación acreditada, una investigación, una acusación y una condena. Precisamente por eso los hechos documentados resultan suficientemente graves sin necesidad de inflarlos.
La normalización tiene un problema de fondo
AfD intenta desde hace tiempo resolver una contradicción decisiva para su futuro. Necesita conservar la radicalidad que moviliza a una parte importante de sus votantes y, al mismo tiempo, ofrecer una apariencia suficientemente institucional como para romper el cordón sanitario que le impide gobernar.
Sajonia-Anhalt demuestra hasta qué punto está cerca de conseguirlo y, simultáneamente, por qué los demás grandes partidos alemanes mantienen esa barrera. Con un 43,8% de los votos, AfD no necesita convencer a muchos más electores para alcanzar el poder en un estado federado, pero sigue sin encontrar socios porque las demás fuerzas parlamentarias rechazan colaborar con ella.
Su crecimiento electoral tampoco ha venido acompañado necesariamente de una moderación ideológica. La campaña de Sajonia-Anhalt estuvo encabezada por una organización regional situada particularmente a la derecha dentro de la propia AfD y con candidatos vinculados a movimientos extremistas ajenos al partido.
Ahí reside probablemente la cuestión más relevante de estas elecciones. AfD ya no puede explicarse únicamente como una formación marginal poblada por personajes excéntricos, porque millones de alemanes la están votando y en varios territorios del este se ha convertido en la primera fuerza política. Reducir el fenómeno a las extravagancias de algunos candidatos serviría incluso para restarle importancia.
Lo inquietante es precisamente lo contrario, esos perfiles están entrando en las instituciones porque el partido ha alcanzado una dimensión electoral suficiente para llevarlos hasta ellas.
Moscú contempla el ascenso con bastante interés
Existe además otra contradicción entre el patriotismo que AfD reivindica constantemente y una de sus posiciones internacionales más características. El partido mantiene una línea marcadamente favorable al restablecimiento de relaciones con Rusia, reclama levantar las sanciones energéticas y se opone al apoyo militar alemán a Ucrania.
No es únicamente una afinidad retórica. Es emminente un encuentro entre los líderes de AfD y Kirill Dmitriev, principal enviado económico de Vladímir Putin, destinado a estudiar una eventual recuperación del suministro de gas ruso a Alemania. El Kremlin ha recibido públicamente con satisfacción la voluntad del partido de restablecer el diálogo con Moscú.
Entre sus parlamentarios berlineses figura además Gunnar Lindemann, conocido por sus viajes a territorios ocupados por Rusia y por su proximidad política a Moscú. La orientación general no ofrece demasiadas dudas. AfD quiere eliminar las sanciones energéticas impuestas tras la invasión de Ucrania y recuperar la relación económica con Rusia. Para un partido que ha convertido la soberanía nacional en uno de los conceptos omnipresentes de su discurso, la cercanía con el Kremlin introduce, como mínimo, una paradoja que merece ser examinada.
Ya no son los tipos raros del fondo de la sala
El error sería contemplar esta colección de personajes únicamente como una sucesión de extravagancias que permite hacer una crónica divertida sobre la extrema derecha alemana. Hay elementos que provocan inevitablemente cierta perplejidad, pero el verdadero asunto está en los números.
AfD acaba de obtener casi el 44% en Sajonia-Anhalt y más del 38% en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. En este último estado, la CDU de Friedrich Merz obtuvo apenas un 4,9% y quedó fuera del Parlamento por primera vez en su historia regional. En Berlín, la extrema derecha volvió a crecer.
Por eso las biografías de sus nuevos diputados importan más ahora que hace diez años. Ya no estamos hablando de un pequeño partido antisistema al que Alemania podía observar desde una distancia relativamente cómoda, sino de una organización capaz de ganar elecciones regionales y que en Sajonia-Anhalt se quedó a tres diputados de controlar por sí sola un Gobierno.
AfD quiere que Alemania deje de preguntarse de dónde viene y empiece a verla como una fuerza preparada para gobernar. Sus victorias electorales le permiten exigir ese reconocimiento, pero también someten a un escrutinio mucho mayor a las personas que está llevando consigo hasta las instituciones.
Y ahí la operación de respetabilidad encuentra un obstáculo difícil de esconder bajo una bandera alemana, cuantos más escaños ocupa AfD, más visible se vuelve quién se sienta en ellos.
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