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Lo que yo no sé sobre vivienda, pero creo saber

03 de Octubre de 2026
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Decreto de vivienda: las medidas sobre alquileres y desahucios que negocia el Gobierno. Foto Agustín Millán
Cientos de personas mantienen una acampada en la Puerta del Sol de Madrid para reclamar medidas contra los desahucios y la aprobación del denominado «decreto Maricarmen», foto Agustín Millán 

Dile a la gente lo que sabes,

aunque sea duro, diles lo que sabes.

Jacinda Arden

Primera ministra de Nueva Zelanda

 

Tal vez sea sólo mi impresión. Y puede que mi impresión no se corresponda, ni tenga nada que ver con la verdad. Comienzo a sentirme, a estas alturas, como debió sentirse Albert Camus en los años 50, cuando empezó a perder pie, influencia, reconocimiento y sus éxitos iniciales con El Extranjero, La Peste y hasta El mito de Sísifo se vieron eclipsados por su resistencia a alinearse, alistarse, en un bando, mientras en Argelia se desangraban en una guerra brutal en la que había que optar entre terrorismo y tortura.

Tal vez sea sólo mi impresión, pero creo que en este país nos enfrentamos a una segunda transición, en términos en términos similares a aquellos en los que Marx describió los procesos históricos que se repiten dos veces, primero como tragedia y luego como farsa. Me parece estar viviendo una tremenda farsa, carente de luces y de ilusiones.

Es verdad que el mundo anda manga por hombro. Primero construyeron la globalización y la están usando como arma de destrucción masiva en manos de políticos locos, gerócratas dementes, negociantes ambiciosos, dictadores crueles, periodistas frustrados, tertulianos que saben de todo, e influencers enajenados, que construyen universos inexistentes en torno a egos deshilvanados.

Construyeron redes mundiales de información, datos, productos, abundante comercio y ahora no saben qué hacer con ellas. Los capitalistas, porque eso son, aunque les llamen de otras mil eufemísticas maneras (inversores, innovadores, colonos digitales, visionarios, criptolibertarios, tech lords, tecnócratas…) nos inoculan sus ilusiones de terraformar Marte, colapsar el planeta, extinguir al género humano, mientras dejan sus vidas y las nuestras, en manos de la IA.

El capitalismo se devora a sí mismo, a marchas forzadas. Y si no se devora él, como piensan los estúpidos negacionistas, si la IA no acabase con nosotros, parece como si el Planeta hubiera decidido destruir a marchas forzadas este cáncer de la corteza terrestre que le ha invadido. Va muy deprisa en su tarea. Tan rápido que siento incapacitado para interpretar lo que va pasando a mi alrededor de forma acelerada.

Sin embargo, así, al vuelo, voy pillando algunas cosas que no me gustan, que me indignan, o me emocionan. Me siento cada vez peor teniendo que guardar estas sensaciones, estas ideas que me asaltan, estas visiones que se me aparecen, estas emociones que se apoderan de mí. Eso me puede cambiar el carácter. Me torna taciturno, irritable, aislado, extranjero de todo y de todos.

Uno de los ejemplos es la vivienda. En España tenemos 3´6 millones de habitantes más que en el año de la crisis de las hipotecas de 2008. A lo largo de estos 18 años se han constituido 2´7 millones de hogares más. Sin embargo, se han construido tan sólo 1´7 millones de nuevas viviendas. Si el problema de la vivienda era grave, ahora lo es mucho más.

Y para afrontar el problema, no se trata sólo de construir muchas viviendas a precios inasequibles, ni de congelar todos los alquileres, ni de obligar a renovar los contratos, ni de conceder beneficios fiscales a distro y siniestro. Se trata de que esas viviendas puedan ser compradas, o alquiladas, por la gente normal a precios razonables. No basta la brocha gorda aplicada siempre por partidos políticos y sindicatos de inquilinos para solucionar el problema. No basta, como clama la derechona, con depositar toda la confianza en un mercado que construya muchas viviendas pero que nadie puede comprar.

Habrá que limitar precios de alquiler, porque la vivienda es un bien social que debe ser regulado públicamente. Pero al tiempo habrá que reconocer que no todos los propietarios son fondos buitre y que podrían aceptar políticas que permitan precios razonables de alquiler y accesibilidad a una vivienda.

Habrá que acabar con injusticias históricas como los alquileres de renta antigua que propició un infausto personaje que se hacía pasar por socialista, como Boyer, que obligan al propietario a pagar ayudas sociales a los inquilinos, en lugar de hacerlo el Estado en cualquiera de sus fantasmales apariciones. No se entiende que un propietario tenga que subvencionar a un inquilino, mientras el estado central, autonómico, o local, se lavan las manos.

Me da la impresión de que tenemos un problema, la inmensa mayoría tenemos un problema y demasiado politiquillo que olisquea tiempos electorales quiere solucionarlo a base de normativas que instauren nuevas burocracias y consigan atraer votos hacia la cesta de este o de otro partido. Son muchos abusos los que se producen en materia de vivienda. Son muchas las corrupciones que se han refugiado en la vivienda.

Son muchas las personas damnificadas por la inoperancia, la inutilidad, la indolencia de nuestros gobiernos. Lo menos que puede pasar es que los indignados acampen de vez en cuando en Sol. En otros tiempos estallaban motines, manifestaciones masivas recorrían las calles, mítines incendiarios hacían arder las plazas, revueltas callejeras arrasaban con el mobiliario urbano, huelgas generales desertizaban las fábricas y paraban los comercios. Días de revolución, barricadas y dinamita minera. Lo dicho, lo de Sol, lo menos que puede pasar.

Me temo que, en este mundo dislocado, trastocado, trastornado, entregado a las pasiones, incapaz de razonar y dialogar, todo será cambiado para que los mismos sigan en sus puestos, para que todos tengan su sitio, para que no falte de nada, para que nada cambie. De político fracasado a tertuliano de moda, de la poltrona del gobierno a la del consejo de administración. De candidato en cualquier lista a diputado, senador, asesor del grupo parlamentario, o lo que se tercie.

Muchos son los caminos posibles. Todos ellos son explorados incansablemente por personajes que dedican toda su vida a la supervivencia. Pero la suya. No la de los necesitados, no la de las especies, nuestra especie, en el planeta. Siempre con el pueblo, pero a la cabeza del pueblo, eso sí. Las elecciones están a la vuelta de la esquina. Se huele, lo huelen.

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