Qué lejos queda aquella afirmación de: <<hay que refundar el capitalismo sobre bases éticas>>, que dijo en plena crisis financiera mundial, en 2008, el entonces Presidente francés Sarkozy cuando apuntó: <<hay un buen capitalismo y un mal capitalismo>>. Catorce años después solo existe el malo, el salvaje, que acrecienta de manera superlativa la desigualdad entre los superricos y ricos, y las clases medias y menestrales. Es decir: Sí se ha refundado el capitalismo, pero a peor, bajo el mantra del beneficio que debe crecer para los inversores, más y más cada año, sin tener en cuenta el coste humano que supone empobrecer la vida de las clases medias y trabajadoras: la mayoría social.
Según el informe de Intermon Oxfam, 2.153 multimillonarios poseen más riqueza que 4.600 millones de personas: más de la mitad de la población mundial. Aquí, según el Banco de España, el 10% de la población acumula el 53,9% de la riqueza, un 11% más que hace diez años.
Más allá de justificaciones economicistas para dar razón de éste fenómeno que cabalga desbocado; lo grave, que se oculta, son las disfunciones sociales perversas que genera. La primera: emborronar la idea del bien común liquidando el ascensor social que favorece el equilibro de clases. La segunda: expandir la idea de que acumular riqueza sin fin es bueno, porque hace crecer la economía, ocultando que acrecienta, sin límite, la desigualdad social. La tercera: la invisibilidad mediática de los más desfavorecidos, por molestos para los que dominan el cotarro.
La cuarta: difundir el mensaje malsano de que lo importante no es el esfuerzo, la capacidad y el conocimiento; sino la agudeza oportunista, ser listo, para aprovechar el momento e invertir donde se obtiene la mayor rentabilidad; aunque suponga despojar a las personas de su trabajo, sus casas, sus tierras, sus empresas, sus proyectos vitales, y lo que haga falta, para llegar al objetivo prefijado de crecimiento de sus cuentas. Iberdrola, Repsol o el Santander prevén repartir, en 2022, más de 4.000 millones de euros de beneficio entre sus accionistas.
La quinta: aumentar el precio del dinero con la justificación de que así se baja la inflación, en lugar de topar el beneficio de intermediarios de la distribución y comisionistas que interfieren y dominan los mercados, que navegan por la vida con bandera pirata, sabedores de que la concertación necesaria entre los Ejecutivos de los países poderosos para poner límites a su dictado, es una utopía que se presenta irrealizable. Aunque en realidad, solo basta pensar en las personas y la armonía social, antes qué en el vil metal, para mover la palanca hacia el otro lado.
Y al ciudadano le compete, desarrollar un consumo responsable para dejar de beneficiar a los grandes conglomerados multinacionales que devalúan los salarios, esquilman a los productores, a las empresas medianas y pequeñas, y el medio ambiente.
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