La brecha digital nos separa. Es una separación entre países, entre regiones, dentro de nuestras ciudades. Los procesos de digitalización condenan a los más pobres a una vulnerabilidad y una exclusión desconocidas hasta ahora. Aparecen los excluidos, dentro de los excluidos.
Por poner un ejemplo, para una mujer maltratada la frontera entre la vida y la muerte se encuentra en algunas ocasiones en el acceso a un teléfono móvil, o el acceso a datos ilimitados. Ahí se ventila el problema del aislamiento personal.
Ahí se ventila la posibilidad de sentirse persona, de alejarse de la prostitución forzosa, de abrir puertas a la reconstrucción de una forma de vida, o de su vida misma. Su acceso a redes puede permitirle acceder a información y contactar con organizaciones que pueden ayudarla.
No tener formación, no tener empleo, no conocer el idioma, tener mala salud y malas condiciones de vida, eran, hasta ahora, los principales factores de exclusión social. Hoy en día la desigualdad tiene mucho que ver con las nuevas tecnologías. Con el acceso a las mismas, acceder a las herramientas necesarias, los dispositivos, la formación para utilizarlas y, aunque tendemos a olvidarlo, controlar socialmente la propiedad y el uso de las mismas.
Nos parece muy importante la posibilidad de acceder a información con un click, pero eso no es suficiente para considerar que estamos bien informados. Podemos creer que todo depende de tener en nuestras manos los últimos dispositivos tecnológicos. Acceder a los dispositivos es necesario, pero no suficiente. Porque el problema no es la tecnología, sino la capacidad de manejarla y apropiarse de la misma.
Hay quien cree que la Revolución Digital puede ser utilizada rápidamente, que cualquiera puede comenzar a utilizarla, sin seguir los pasos que otros han seguido. Podríamos dar saltos temporales y utilizar de inmediato los dispositivos sin procesos de formación y tener las mismas posibilidades de ascender socialmente gracias a ello.
No es verdad. Eso que llaman leapfrogging, no es posible porque no todos podemos disponer de dispositivos, de acceso a datos y de una formación, alfabetización, mínima y básica en las poblaciones más pobres, más vulnerables y más excluidas. Por mucho que nos vendan el cuento, lo cierto es que la desigualdad se mantiene.
Del COVID para acá el proceso se ha acelerado. Desde el confinamiento hemos vivido un crecimiento de la digitalización, de la IA, y de los procesos de aislamiento, exclusión, diferencias sociales y desigualdad, sin que las administraciones hayan hecho nada significativo para paliar el problema. No sólo se trata de invertir en dispositivos, o en redes e infraestructuras, que también. Se trata, sobre todo, de que quienes más vulnerables son puedan acceder a la formación digital.
Algunos ayuntamientos hacen cosas, cada comunidad autónoma monta sus estrategias y genera sus nuevas burocracias sobre digitalización, el gobierno central lanza iniciativas que todos los demás rechazan, o se apuntan inicialmente, para luego hacer de su capa un sayo con los recursos nacionales. No hay estrategias negociadas y pactadas. No hay procesos equilibrados, comparables, homogéneos. Todo ello genera desigualdades entre comunidades y ámbitos locales.
El fracaso y el abandono escolar, la cualificación necesaria para obtener un empleo, la inserción laboral mediante trabajos basura, poco cualificados, temporales, precarios. El estancamiento en situaciones de pobreza. La obtención de ingresos mínimos, regulares. El acceso a la sanidad. Superar la pobreza cronificada. Todo ello tiene que ver con que familias enteras puedan superar la brecha digital.
No parece justo para las personas que padecen los efectos más duros de la fractura y la brecha digital, que nuestros gobernantes se dediquen a sus peleas de salón, en sede parlamentaria, en mítines y actos organizados para mayor gloria de los líderes de turno, mientras millones de personas se sumen en las profundidades de la exclusión, la desigualdad y la pobreza, ahora aún más, a causa de la brecha digital.
Dejemos por un momento el perreo político, las peleas de gallos, las últimas modas de farmear aura, las crispaciones programadas, para retornar a la política que soluciona problemas, los previene y mejora la vida de las personas.
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