El descarrilamiento y colisión de dos trenes de alta velocidad en Adamuz (Córdoba), ocurrido en la tarde del domingo 18 de enero de 2026, ha dejado un balance provisional de al menos 39 personas fallecidas y decenas de heridas, con parte de los pacientes aún hospitalizados. Mientras los equipos de rescate y la investigación técnica siguen en marcha, el país vive otra emergencia paralela: la circulación de bulos y el uso político inmediato de la tragedia en redes sociales.
En las horas posteriores al siniestro, Adif y las operadoras difundieron información operativa para familiares y pasajeros. En particular, se habilitó un teléfono específico de atención para familiares de víctimas, además de líneas de apoyo vinculadas a la operadora Iryo, y puntos de atención psicológica y asistencial coordinados por distintas administraciones. Este dato no es menor: en un accidente de estas dimensiones, los canales oficiales no son un detalle burocrático, sino la primera barrera contra el caos, la manipulación… y el fraude.

El fraude de la extrema derecha
Porque el patrón es conocido y se repite: tras grandes tragedias, aparecen cuentas que piden donaciones “urgentes”, enlaces opacos, Bizum sin verificar o supuestas campañas “ciudadanas” sin trazabilidad. El riesgo no es teórico. En España ya se han documentado episodios recientes en los que figuras de redes movilizan dinero y, al mismo tiempo, alimentan narrativas engañosas contra organizaciones humanitarias, un terreno perfecto para que terceros se cuelen a estafar o desviar fondos.
En Adamuz, varios medios han insistido en el mismo punto: no difundir información no confirmada y no entorpecer los trabajos de emergencia. La recomendación práctica, traducida a conducta digital, es clara: si no puedes verificar el origen del llamamiento, no pagues. Si quieres ayudar, hazlo a través de entidades con presencia desplegada y trazabilidad de recursos (por ejemplo, operativos humanitarios y de apoyo psicosocial) y, sobre todo, contrasta con fuentes institucionales y medios solventes.
La otra cara del mensaje —la que enciende la indignación pública— es el aprovechamiento político de la catástrofe. Diferentes informaciones recogen cómo dirigentes y cargos vinculados a Vox trasladaron a redes ataques al Gobierno y al ministro de Transportes en plena gestión de una emergencia con víctimas. El debate político sobre responsabilidades llegará, debe llegar y debe estar sustentado en pruebas; pero la utilización inmediata del dolor como munición partidista, cuando aún se está rescatando y atendiendo, es otra forma de degradación institucional.
Ser solidario pero tambien informado
El terreno que deja una tragedia es vulnerable: familias buscando nombres, gente desesperada por información, y una ciudadanía dispuesta a ayudar. Esa combinación es, precisamente, lo que explotan las estafas y la propaganda. Por eso, el criterio de mínimos no es “no seas solidario”; es “sé solidario con cabeza”:
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verifica antes de compartir;
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prioriza teléfonos y comunicados oficiales;
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desconfía de peticiones de dinero con urgencia emocional y sin identificación;
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y, si ves un bulo, repórtalo y desmiéntelo con enlaces fiables, no con gritos.
Adamuz exige duelo, investigación rigurosa y reparación. Pero también exige algo menos visible: no permitir que, encima del dolor, se levante un negocio sucio ni una campaña de manipulación.