PP, Vox y los sindicatos policiales inician un nuevo conflicto contra el Gobierno

El Gobierno presenta la regularización extraordinaria como una respuesta pragmática a una realidad ya existente. Cientos de miles de personas viven y trabajan en España en situación irregular, integradas de facto pero excluidas de derechos fundamentales

27 de Enero de 2026
Actualizado a las 14:27h
Guardar
Rescate Miles Migrantes Mediterráneo Tragedia
Rescate de migrantes en el Mediterráneo

La decisión del Gobierno de iniciar la tramitación de una regularización extraordinaria de migrantes ha reabierto uno de los debates más sensibles y estructurales de la política española. No solo por su alcance potencial, en torno a medio millón de personas, sino por el contexto en el que se produce y por las lecturas políticas que ha desencadenado. Migración, seguridad, capacidad del Estado y desgaste del Ejecutivo confluyen en una iniciativa que funciona como catalizador de tensiones latentes en el sistema político.

La portavoz del Partido Popular, Ester Muñoz, ha calificado la medida de ilegal y frívola, al considerar que se trata de una regularización masiva incompatible con el marco jurídico vigente. Más allá del argumento legal, su crítica apunta al momento elegido. Según el PP, el Gobierno busca desviar la atención de la crisis ferroviaria y de las dudas sobre la seguridad del transporte tras los accidentes de Adamuz y Gelida. En esta lectura, la política migratoria se convierte en un instrumento de distracción, más que en una respuesta estructural a un problema real.

Gestión del cálculo parlamentario

El núcleo del debate reside en el carácter colectivo de la medida. El PP insiste en que la regularización debe hacerse persona a persona, vinculada al empleo y no a un criterio temporal de residencia de cinco meses. Desde esta óptica, la iniciativa rompe con una tradición de cautela administrativa y envía un mensaje peligroso tanto dentro como fuera del país.

El Gobierno, en cambio, presenta la regularización extraordinaria como una respuesta pragmática a una realidad ya existente. Cientos de miles de personas viven y trabajan en España en situación irregular, integradas de facto pero excluidas de derechos básicos y de la fiscalidad formal. Regularizarlas no crea el fenómeno, lo reconoce. La pregunta es si ese reconocimiento fortalece la capacidad del Estado o la debilita.

PP y Vox coinciden en el efecto llamada

Aquí es donde el discurso se endurece. Tanto el PP como Vox coinciden en señalar un efecto llamada directo e inmediato. Para la derecha, la regularización transmite la idea de que la entrada irregular acaba teniendo recompensa, lo que beneficia a las mafias de tráfico de personas y pone en riesgo vidas humanas. Vox va más allá y anuncia un recurso ante el Tribunal Supremo, denunciando lo que considera una amenaza a la identidad nacional y un colapso inevitable de los servicios públicos.

Este lenguaje no es solo retórico. Refleja una concepción de la soberanía en la que el control migratorio es una línea roja del Estado y donde cualquier flexibilización se interpreta como una renuncia al poder regulador. En ese marco, la regularización no es una política social sino un fallo sistémico.

Alarma en los cuerpos policiales

A diferencia de otros debates migratorios, este ha incorporado con fuerza la voz de los sindicatos policiales. SUP, Jupol y CEP han advertido de un riesgo real de colapso de las unidades de Extranjería, ya saturadas. El argumento no es ideológico sino operativo. Trámites de residencia, verificaciones de identidad y comprobaciones de antecedentes recaerían sobre estructuras que no han sido reforzadas para asumir una carga de esta magnitud.

La advertencia más delicada es la relativa a la seguridad ciudadana. Los sindicatos subrayan que no tener antecedentes penales no equivale a no tener antecedentes policiales y que los plazos judiciales pueden ocultar situaciones de riesgo. Desde su perspectiva, una regularización masiva obliga a extremar controles en un contexto de recursos limitados, aumentando la probabilidad de errores.

Europa

La Confederación Española de Policía introduce además una dimensión europea. Señala que esta medida rompe con dos décadas de consenso y sitúa a España en una dirección distinta a la de la Unión Europea. En un momento en el que Bruselas endurece el discurso sobre fronteras y control migratorio, la iniciativa española puede interpretarse como una anomalía o como un experimento adelantado a su tiempo.

Esta tensión entre alineamiento europeo y respuesta nacional refleja una paradoja recurrente. Los Estados necesitan mano de obra y estabilidad social, pero carecen de un marco político común para gestionar la migración de forma coherente. España actúa, una vez más, como laboratorio de políticas que otros observan con cautela.

Lo + leído