Más de la mitad de las víctimas asesinadas este año nunca denunciaron

Los nuevos crímenes confirmados en Tarragona y Tenerife elevan a 19 las mujeres asesinadas en 2026 y vuelven a señalar el silencio previo al asesinato como una de las grandes grietas de la violencia machista

07 de Mayo de 2026
Actualizado a las 12:18h
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Más de la mitad de las víctimas asesinadas este año nunca denunciaron

Hay una frase que se repite cada vez que ocurre un asesinato machista y que quizá encierra una parte del fracaso colectivo de esta violencia. “No había denuncias previas”. La frase suele aparecer al final de las noticias, casi como un dato administrativo, pero contiene una pregunta mucho más profunda y mucho más dolorosa. ¿Qué sucede en la vida de una mujer para convivir con el miedo sin llegar nunca a pedir ayuda formalmente?.

El Ministerio de Igualdad confirmó este miércoles dos nuevos asesinatos machistas, uno en Tarragona y otro en Tenerife. Dos mujeres de 58 y 57 años asesinadas presuntamente por sus parejas o exparejas. Ninguna había denunciado. Ninguna tenía hijos menores. Con ellas ya son 19 las mujeres asesinadas por violencia de género en lo que va de año.

Pero quizá el dato más inquietante no sea únicamente la cifra total, sino el patrón que vuelve a repetirse. Once de las diecinueve víctimas de 2026 jamás habían entrado en el sistema de protección institucional. Más de la mitad.

España ha desarrollado durante las últimas dos décadas uno de los marcos legales más avanzados de Europa contra la violencia machista. Existen juzgados especializados, protocolos policiales, recursos de atención y sistemas de seguimiento. Y, sin embargo las cifras siguen señalando el mismo punto ciego. Muchas mujeres siguen viviendo la violencia en soledad, atrapadas en espacios donde el miedo todavía pesa más que la confianza en la salida.

Porque denunciar nunca es un gesto automático. A veces significa romper una dependencia económica. O admitir públicamente años de humillación íntima. O enfrentarse a un entorno familiar que minimiza el problema. O simplemente intentar sobrevivir dentro de una relación donde el desgaste emocional ha erosionado incluso la capacidad de reconocerse como víctima.

Por eso la violencia machista resulta tan difícil de combatir únicamente desde el derecho penal. El asesinato es el final visible de una cadena mucho más larga hecha de control, aislamiento, amenazas y miedo administrado lentamente dentro de la vida cotidiana.

Y quizá ahí reside una de las mayores contradicciones del debate público actual. Mientras parte de la conversación política continúa discutiendo conceptos, relativizando cifras o reduciendo el problema a una disputa ideológica, la violencia sigue reproduciéndose en silencio, lejos de los focos, dentro de casas aparentemente normales.

Ese silencio es precisamente lo que más inquieta de las cifras conocidas este año.

No se trata únicamente de hombres violentos. Se trata también de la enorme capacidad social para no detectar determinadas señales hasta que ya es demasiado tarde. Vecinos que nunca imaginaron nada. Familiares que intuían pero callaban. Relaciones deterioradas convertidas durante años en una normalidad soportable.

España registra el peor inicio de año en asesinatos machistas desde 2020. El dato obliga a una reflexión incómoda porque desmonta cierta ilusión de progreso automático. Las leyes son indispensables. La conciencia social ha cambiado profundamente en comparación con hace dos décadas. Pero la violencia persiste porque no nace solo de la delincuencia individual. También se alimenta de estructuras culturales mucho más profundas relacionadas con el control, la posesión y la desigualdad emocional.

Cada asesinato vuelve a recordar algo elemental. La violencia machista no empieza el día que una mujer aparece muerta. Empieza mucho antes, cuando el miedo consigue instalarse dentro de una vida sin que nadie alrededor logre o quiera verlo.

Y quizá la verdadera pregunta no sea únicamente por qué tantas mujeres no denuncian. La pregunta más difícil es por qué todavía existen tantas condiciones para que callar parezca, a veces, más seguro que hablar.

 

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