Ceuta acaba de vivir una de esas noches en las que una ciudad simplemente no duerme porque algo se ha roto por dentro mucho antes de que aparezcan las llamas.
En el Polígono Industrial del Tarajal, más de cuarenta chabolas donde dormían migrantes quedaron reducidas a cenizas en un santiamén. Dentro de esas barracas improvisadas había gente. Seres humanos que intentaban pegar ojo rodeados de plásticos, cartones y cuatro maderas mal puestas para aguantar intemperie. No hace falta ser un lince para entender el peligro. Con esa materia prima, basta una chispa.
Esta vez el despliegue de los bomberos, la Policía y las Fuerzas Armadas funcionó y lograron sacar a decenas de personas tragando humo. La tragedia mortal se rozó con los dedos, sí, pero no llegó. Ahora bien, cuando te libras de un desastre de milagro, lo sensato no es darse palmaditas en la espalda, sino preguntarse por qué demonios estuvimos a punto de no contarlo. Ahí es donde empieza la trastienda del Tarajal.
Sería muy cómodo despachar el asunto diciendo que fue una fogata mal apagada o una gamberrada nocturna. La policía tendrá que aclarar qué pasó. Pero, mientras llegan los atestados, la foto que deja la noche es para ponerse a temblar: ocho coches calcinados, contenedores ardiendo y otra llamarada sospechosa en los montes cercanos al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes. Demasiados sobresaltos en pocas horas como para tirarle encima la manta de un comunicado de prensa rutinario.
No se trata de que haya una mano negra coordinando cada cerilla; eso habrá que probarlo. Es más simple y bastante más incómodo: Ceuta se ha convertido en una olla a presión.
La frontera aprieta. Los asentamientos precarios se multiplican. Los ceutíes están hasta las narices y con el miedo en el cuerpo. Y la respuesta política, como siempre, llega tarde, si es que llega, y a remolque. Es el recorrido de siempre: arde el campamento, llegan las sirenas, los políticos sueltan la declaración de turno prometiendo mano dura... y a esperar a la siguiente mecha. Así no se gobierna una frontera. Así solo se gestiona un incendio permanente.
El Tarajal concentra en un par de manzanas todas las vergüenzas de la política migratoria española. Tienes a chavales que han arriesgado la vida en la valla o en el espigón sobreviviendo en condiciones miserables y, al lado, a vecinos que ven cómo la inseguridad y el abandono se comen sus calles. La tormenta perfecta. En medio de ese panorama, el miedo cala rápido. Y cuando el miedo se instala en la calle, ya no necesita argumentos; le basta con señalar con el dedo a un culpable.
Meter a todos los migrantes en el mismo saco es una irresponsabilidad. Negar que hay un problema gordo de convivencia en la ciudad, también. Los que malviven entre chatarra necesitan protección hasta que se decida cuál va a ser su futuro, y los ceutíes tienen todo el derecho del mundo a exigir que sus calles sean seguras. El problema es que los despachos llevan años vendiendo que estas dos cosas son incompatibles. Pues no, no lo son. Lo que pasa es que falta gestión fina y sobra propaganda electoralista.
Cuando un muchacho duerme envuelto en plásticos inflamables, no estamos debatiendo sobre geopolítica, sino ante un riesgo físico inminente. Y cuando un vecino se encuentra su coche convertido en un chasis de hierro quemado, tampoco piensa en estadísticas, piensa en la impunidad.
El Estado no puede ser un simple contable de desperfectos. La frontera sur de Europa no es una sala de espera donde ir amontonando expedientes y personas a la espera de que el problema se solucione solo o cambie el foco de la televisión.
Hay algo peor que el fuego: la costumbre. Ese momento peligroso en el que una ciudad empieza a ver normal que ardan coches los fines de semana, que haya barriadas enteras fuera de control o que la policía viva apagando fuegos de madrugada. Cuando lo excepcional se vuelve cotidiano, la crisis deja de ser un accidente y pasa a ser el sistema.
Los bomberos apagan las llamas, los agentes patrullan y el Ejército ayuda a evacuar. Pero ninguno de ellos puede redactar una política migratoria con cara y ojos. Eso les toca a los gobiernos. Y ahí la deuda es enorme.
Ceuta necesita soluciones de verdad: alternativas dignas de alojamiento mientras se resuelven las filiaciones de los migrantes que asaltaron la frontera, mayor agilidad en las devoluciones o deportaciones (que al fin y al cabo es lo que ha prometido el gobierno), control de espacios abandonados y mucha más presencia policial donde hace falta. Porque si la estrategia se limita a apagar el fuego de hoy, mañana arderá otro lado. En el Tarajal o en cualquier esquina. Y puede que la próxima vez la suerte no acompañe y tengamos que lamentar una desgracia irreparable.
Las ciudades no saltan por los aires de la noche a la mañana. Primero se acumula el cabreo, luego el miedo y, al final, cualquier indeseado enciende la cerilla, pega el puñetazo, da el navajazo o dispara. El Tarajal ha dado su último aviso y el primer muerto por enfrentamientos entre migrantes y ceutíes está más cerca.
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