La desigualdad real desmonta el mundo distópico en el que vive Pedro Sánchez

Los datos de renta personal de las familias revela que el país ha vuelto a unos niveles de brecha social impensables en la cuarta economía de la UE

09 de Septiembre de 2026
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Pobreza izquierda desigualdad
Foto: Ben Hershey / Unsplash

Tras una rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, da la sensación de que vivimos en el mejor de los mundos posibles gracias a Pedro Sánchez. Desde las tribunas de Madrid nos hablan de un país que crece por encima de sus vecinos, de empleo histórico y de una riqueza que se reparte con generosidad. Es la España bonita. La de la distopía sanchista.

Sin embargo, cuando bajas a la calle, hablas con el dueño del taller, del bar de tu barrio, con el trabajador que regresa a casa después de tener que compaginar dos o tres empleos para sobrevivir, el cuento cambia por completo.

Un estudio de Fedea sobre la renta de los hogares le ha puesto números a esa sensación de desencanto que se respira en la calle. El diagnóstico es amargo. El que Pedro Sánchez no quiere que la gente escuche. Pero no hace falta que se pretendan ocultar esas cifras. Las familias están sufriendo. Resulta que en 2023 la desigualdad pegó un frenazo de golpe y se disparó, borrando los pequeños avances logrados tras la pandemia. Hemos vuelto, exactamente, a la casilla de salida de 2019.

Pues bien, mientras desde Moncloa insisten en que "vamos como una moto", los datos reales demuestran que los frutos de ese crecimiento se están quedando arriba. En la cúspide.

A primera vista, la foto fija muestra cifras que parecen amables. La renta media rozó los 25.300 euros al año. Un diez por ciento más que hace unos años. ¿El problema? Que las medias aritméticas son traicioneras. Si tu vecino tiene dos pollos y tú no tienes ninguno, la estadística dice que tenéis uno cada uno. Y de eso no se come.

El año pasado, los ingresos casi no crecieron (1%), pero las distancias entre rentas volvieron a ensancharse. Según indican los datos de la Agencia Tributaria en pueblos y ciudades de más de 5.000 habitantes, la conclusión salta a la vista: la concentración de dinero en los tramos altos se ha vuelto a disparar. Es decir, en este incremento obsceno de la desigualdad, la España sanchista no se diferencia mucho de los Estados Unidos de Donald Trump.

A eso hay que sumarle el elefante en la habitación: la inflación.

Los datos del IRPF son números brutos, de esos que no tienen en cuenta lo que cuesta hoy llenar el carro del supermercado o pagar el alquiler. Así que ese pequeño aumento de sueldo no ha servido para vivir mejor. Se lo ha tragado la vida cotidiana. Lo que el Gobierno vende como más bienestar no es más que un espejismo que se evapora en cuanto pasas por la caja del súper.

Para tapar las vergüenzas de un mercado laboral más propio de un país en desarrollo que de la cuarta economía de la UE, donde los sueldos no llegan a fin de mes, Sánchez lo ha fiado todo a la máquina de repartir subsidios. Y es verdad que las pensiones y las ayudas públicas frenan el golpe porque reducen la brecha en un tercio, que no es poco. Pero depender siempre del subsidio para no caer en la pobreza es el síntoma claro de una economía enferma.

Las pensiones se han convertido en el único salvavidas de muchas familias. Sin embargo, aun sumando todas las ayudas e impuestos, la desigualdad subió un 3% el último año.

Además, hay datos oficiales que duelen especialmente al leerlos. Aunque en las estadísticas europeas el gobierno Sánchez pretenda maquillar el resultado, España sigue atascada en el vergonzoso quinto puesto de la Unión Europea en desigualdad. Peor aún: somos líderes continentales en pobreza infantil y en riesgo de exclusión entre la población migrante. Dos colectivos a los que el famoso "escudo social" sencillamente no está llegando.

Celebrar los grandes números macroeconómicos mientras los niños pasan apuros y las familias no llegan a fin de mes no es solo triunfalismo, es vivir desconectado por completo de la realidad. Pedro Sánchez vive totalmente al margen de la realidad que viven y sufren las familias trabajadoras. No pisa la calle porque no puede o porque no tiene el valor para hacerlo. Un exdirigente del PSOE me dijo una vez: “a medida que crece el número de guardaespaldas de un presidente, más alejado vive de los ciudadanos. Por eso, al final de los mandatos sólo hablan de macroeconomía”. Pues eso es lo que le pasa a Sánchez.

La prosperidad que no llega al bolsillo de la gente es puro humo. Por mucho que los despachos insistan en vender un relato optimista, la realidad es que hay millones de españoles que siguen varados en la cuneta. A ellos los discursos no les pagan las facturas.

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