En una catástrofe ferroviaria, las cifras pesan como piedras. Pero lo que termina fijándose en la memoria colectiva son los nombres propios: el de quien no vuelve, el de quien espera una llamada, el de quien busca una señal entre hospitales y listados provisionales. En el accidente de Adamuz (Córdoba), ocurrido el 18 de enero de 2026, uno de esos nombres se convirtió en símbolo. No era el de una institución ni el de un cargo público. Era el de un perro: Boro.
Su historia se viralizó por razones evidentes: porque habla de familia, de duelo y de la necesidad humana de rescatar algo —lo que sea— en mitad de la devastación. Pero también porque ha mostrado, con una crudeza inesperada, la segunda colisión que acompaña a cualquier tragedia contemporánea: la de los hechos contra la prisa de internet.

Un hallazgo con vida, pero sin rescate cerrado
Este miércoles, la Guardia Civil ha localizado con vida a Boro en las inmediaciones de la zona del accidente. La confirmación llegó tras el avistamiento de un agente medioambiental del Seprona, que lo vio cerca del perímetro. El problema es que el final feliz, de momento, es incompleto: cuando intentaron cogerlo, el animal huyó. La Guardia Civil avisó a los dueños para coordinar el intento de rescate, pero a esta hora Boro sigue sin estar asegurado.
Ese matiz —“está vivo, pero aún no está a salvo”— es crucial. Porque en redes, la realidad rara vez circula con matices: se comparte como titular redondo o no se comparte. Y el titular redondo, en un caso como este, tiene un riesgo: empuja a pensar que la búsqueda ya no es necesaria, o peor, a que cualquiera improvise una batida y lo espante más.
Por qué Boro echó a correr
Quien no convive con animales asustadizos suele preguntar lo mismo: “Si está cerca, ¿por qué no lo cogen y ya?”. La respuesta es incómoda por simple: un perro puede huir incluso cuando lo están ayudando. Y más si el contexto es el de un descarrilamiento con ruido, focos, maquinaria pesada, presencia constante de uniformes, helicópteros o grúas, y un olor ambiental que no reconoce. La conducta de huida es frecuente en animales con experiencias previas difíciles o especialmente sensibles.
En el caso de Boro, la familia y personas próximas ya habían advertido de ese perfil: un animal huidizo, que puede no acercarse a extraños y que se desorienta con facilidad. En la práctica, eso obliga a cambiar el “instinto de rescate” por un método mucho más lento.
Cómo actuar si alguien vuelve a verlo
El avistamiento del Seprona refuerza una idea que conviene repetir, aunque suene poco épica: lo peor que se puede hacer es perseguirlo. La recomendación más útil suele ser siempre la misma:
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No correr hacia el animal.
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Anotar la ubicación exacta (punto, referencia, hora, dirección de huida).
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Avisar de inmediato a quienes coordinan la búsqueda (fuerzas de seguridad y personas de contacto de la familia o asociaciones).
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Intentar “fijarlo” con comida y calma, sin movimientos bruscos, dejando que sea el perro quien se acerque.
De hecho, en Adamuz se ha informado de operativos de búsqueda más controlados, precisamente para evitar batidas masivas que lo espanten y lo alejen del área donde ya se sabe que puede estar.
El otro accidente: el de los bulos
La historia de Boro ha ido acompañada de una ola paralela de desinformación: supuestos “rescates confirmados” sin prueba, imágenes que la gente interpretaba deprisa, y publicaciones replicadas miles de veces con la misma frase: “Lo han encontrado”. Es el mecanismo típico de una tragedia en tiempo real: las redes se convierten en un tablero de anuncios emocional, donde la urgencia gana a la verificación.
Y esa dinámica no se limita al perro. También ha ocurrido con el propio accidente: imágenes falsas creadas con IA, relatos cerrados sobre causas todavía no determinadas, y acusaciones sin sustento que se presentan como hechos. Maldita.es ha recopilado y verificado varias de esas piezas, incluida la circulación de imágenes generadas artificialmente y teorías no confirmadas sobre lo sucedido.
“20 segundos”, “LZB”… traducido a lenguaje normal
En las últimas horas, además, se han repetido términos técnicos que desconciertan a quien solo intenta entender qué pasó. Dos de los más citados:
Intervalo de 20 segundos. Se ha hablado de un margen de apenas 20 segundos entre el descarrilamiento y la colisión. En términos sencillos: a velocidades cercanas a 200 km/h, un tren avanza decenas de metros cada segundo. Si el margen es mínimo, la posibilidad de evitar el impacto se reduce drásticamente, incluso con sistemas automáticos de protección.
LZB (sistema de protección). Es un sistema que, en ciertas condiciones, supervisa la circulación y puede ordenar frenadas o restricciones. Pero ningún sistema es magia: si el evento es repentino y el tiempo es insuficiente, la física se impone. Esto no “explica” la causa del accidente —eso corresponde a la investigación—, pero ayuda a entender por qué un siniestro puede desarrollarse tan rápido.
Un símbolo en mitad del duelo
Que el país se haya volcado con la búsqueda de un perro mientras se cuentan muertos, heridos y desaparecidos no es una frivolidad automática. A veces es, simplemente, una manera de canalizar la impotencia: no puedo cambiar lo que pasó, pero puedo ayudar a encontrar algo vivo. El riesgo aparece cuando esa energía se mezcla con el deseo de ser el primero en “dar la buena noticia”.
Por eso, el dato decisivo de hoy no es solo que Boro haya sido localizado con vida. Es el matiz que lo acompaña: sigue asustado y sigue escapando. En una tragedia, la compasión ayuda. La prisa, no. Y si algo enseña este caso es que la verdad, como Boro, no se captura corriendo: se recupera con calma, método y pruebas.