Boro, el perro perdido de Adamuz, y el otro descarrilamiento: el de la verdad en redes

La búsqueda de un animal en mitad del duelo colectivo muestra lo mejor —y lo peor— de internet: solidaridad inmediata, bulos a velocidad de 200 km/h y una carrera por contar antes que comprobar

20 de Enero de 2026
Actualizado el 21 de enero
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Se busca a Boro en Adamuz

La tragedia ferroviaria de Adamuz (Córdoba), ocurrida el 18 de enero de 2026, ha dejado un país en shock. En medio de cifras que abruman y de historias personales que desgarran, un nombre se ha colado en miles de pantallas por un motivo que, a primera vista, podría parecer secundario: Boro, un perro mestizo que viajaba con su dueña y desapareció tras el impacto. La viralidad de su búsqueda no es una anécdota: es una radiografía de cómo procesamos el dolor en la era de las redes sociales, y de cómo la desinformación puede colarse incluso en las grietas de la empatía.

Un minuto de terror, semanas de consecuencias

Boro viajaba en el tren de Iryo que descarriló y, segundos después, acabó implicado en la colisión con un Alvia que circulaba en sentido contrario. La dueña del animal, Ana (29 años), ha relatado escenas de caos y auxilio: pasajeros heridos, vagones deformados, pertenencias desperdigadas, móviles perdidos. Su hermana Raquel permanece ingresada en estado crítico en UCI, y la familia —desplazada desde Madrid y Málaga— intenta sostenerse en el desconcierto. En ese contexto, buscar a Boro se convirtió en una forma de agarrarse a algo concreto cuando lo demás es incertidumbre. 

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La hermana de Ana está ingresada en UCI y ella pide ayuda para encontrar a su perro Boro que también viajaba en el tren accidentado en Adamuz. "Si podéis ayudar a buscar a los animales, son familia también".

Lo que ocurrió después fue un fenómeno conocido, pero no por ello menos peligroso: la “investigación colectiva” en redes, donde miles de personas hacen de ojos, altavoces y, a veces, jueces. En cuestión de horas aparecieron mensajes afirmando que el perro “ya estaba rescatado”, que “lo habían visto” en tal imagen o que “un voluntario lo tenía”. El problema es que, en una emergencia, una afirmación no verificada puede convertirse en una orden de actuación equivocada: gente desplazándose a un punto, persiguiendo a un animal asustado o saturando teléfonos esenciales.

Boro
Boro

Qué significa eso de “20 segundos” y por qué importa

Parte de la conversación pública se ha llenado de términos técnicos que suenan a jerga incomprensible. Uno de los más repetidos es el de los “20 segundos”: según explicó el presidente de Renfe, ese habría sido el intervalo entre el descarrilamiento y el choque, un margen temporal tan estrecho que habría impedido que se activase el frenado de emergencia como lo haría en un escenario con más distancia y tiempo.

Para entenderlo sin tecnicismos innecesarios: Un tren que circula a 200 km/h recorre unos 55 metros por segundo. En 20 segundos, recorre más de un kilómetro.

  • Aunque exista un sistema que “ordena frenar” ante un obstáculo, frenar un tren no es como frenar un coche: la masa es enorme y la distancia de frenado puede ser de varios cientos de metros o más, según condiciones y velocidad (por eso en seguridad ferroviaria importan tanto los márgenes).
  • En las noticias ha aparecido también el sistema LZB, un sistema de control y protección utilizado en líneas de alta velocidad que supervisa la circulación y puede intervenir en el frenado en determinadas condiciones. Si el evento es demasiado súbito, el sistema puede no tener “ventana” suficiente para evitar el impacto.

Esto no determina la causa del accidente —la investigación oficial lo dirá—, pero sí explica por qué es tan arriesgado convertir conjeturas en certezas en las primeras horas.

El bulo como reflejo automático: imágenes falsas, historias perfectas

Cuando el país está en vilo, las redes se llenan de contenido “explicativo”: imágenes supuestamente definitivas, capturas antiguas, vídeos recortados, gráficos espectaculares. El problema: parte de ese material es directamente falso. Maldita.es ha verificado, por ejemplo, una imagen viral del accidente que no era real y había sido generada con inteligencia artificial, identificable por la marca de agua de Gemini y por incoherencias en la escena.

Ese tipo de falsedad no solo engaña: distorsiona la conversación pública. Si una imagen inventada se vuelve “la prueba”, todo lo demás pasa a leerse como encaje en una narrativa: sabotaje, conspiración, culpables instantáneos. Y cuando el debate se intoxica, quienes más pierden son las víctimas: porque la atención se va del auxilio, la información útil y el respeto.

Cómo se busca a un perro en una zona de accidente sin empeorarlo todo

El caso Boro también ha servido para divulgar algo básico, pero crucial: un animal puede huir aunque esté ileso, simplemente por el estruendo, los gritos, los focos, el olor a humo o la presencia de maquinaria y equipos de rescate. Asociaciones y allegados han insistido en una idea sensata: no perseguirlo. En su lugar, recomiendan actuar con método:

  1. Si alguien lo ve, registrar la ubicación (punto exacto, referencias) y avisar.
  2. No correr hacia él: acercarse lentamente o, mejor, intentar que se acerque con comida.
  3. Contactar con los teléfonos difundidos por la familia y redes de apoyo (entre ellos, 606 141 379 y 691 197 973) y con los servicios que coordinan la zona. 

En paralelo, conviene recordar lo obvio que a veces se olvida: una emergencia no se gestiona desde un “hilo”. Las redes ayudan, sí, pero deben complementar —no sustituir— los canales oficiales y la coordinación de rescate.

Lo que revela Boro: solidaridad real, pero también prisa por tener razón

Que miles de personas se movilicen por un perro mientras hay muertos y desaparecidos no es frivolidad: en muchas familias, los animales son un vínculo emocional central. La cuestión es qué hacemos con esa energía. Si se orienta a difundir información verificable y útil, suma. Si se convierte en “yo lo vi” sin pruebas, resta.

En Adamuz, el duelo colectivo tiene muchas capas: víctimas, heridos, desaparecidos, familias sin noticias, hospitales saturados, y una investigación que necesitará tiempo. En ese escenario, la información también debe ser un acto de cuidado. Porque un bulo no es solo un error: puede ser un obstáculo. Y en un accidente donde segundos importan, la verdad —como Boro— también puede perderse si no se la busca con calma. 

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