La geopolítica tiene una forma cruel de exponer las costuras de las coaliciones ideológicas. Para la extrema derecha europea, el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán no es solo un evento bélico en Oriente Próximo, es una crisis de identidad. La Operación Martillo de Medianoche ha forzado a los líderes alineados con la agenda MAGA a elegir entre dos de sus instintos primarios: el anti-intervencionismo soberanista y la lucha contra el islamismo radical. En este choque de trenes retórico, la coherencia parece ser la primera baja.
En Francia, el partido de Marine Le Pen y Jordan Bardella ofrece un estudio de caso sobre la contorsión política. Hace apenas un mes, la Agrupación Nacional clamaba contra la "extralimitación imperial" de Washington en Venezuela, defendiendo la soberanía nacional de Nicolás Maduro como un principio innegociable. Sin embargo, ante el bombardeo de Teherán, el discurso de la "soberanía jamás negociable" ha sido sustituido por un apoyo cauteloso pero inequívoco.
Este pivote francés no es casual. Bardella ha pasado el último año cultivando una imagen de aliado incondicional de Israel para purgar el estigma antisemita del fundador del partido, Jean-Marie Le Pen. Definir la amenaza islamista como un enemigo común permite al partido abrazar la ofensiva de Trump, aunque sea a costa de sacrificar su tradicional rechazo al unilateralismo estadounidense. No obstante, el miedo a una nueva crisis energética y a flujos migratorios desestabilizadores obliga a Le Pen a matizar su entusiasmo, centrando su discurso en la protección de los ciudadanos franceses frente a las réplicas económicas del conflicto.
Al otro lado del Rin, la situación para Alternativa para Alemania (AfD) es sustancialmente más caótica. Mientras la dirección nacional, encabezada por Alice Weidel y Tino Chrupalla, expresa una "gran preocupación" por la desestabilización regional, temiendo que un incendio en Oriente Medio termine en las fronteras de Alemania en forma de refugiados, las bases y cuadros intermedios ven esta moderación como una traición.
La división en la AfD refleja una falla geológica interna. Por un lado, el ala prorrusa y antiamericana, fuerte en el este de Alemania, recela de cualquier aventura bélica liderada por la Casa Blanca. Por otro, los sectores que consideran que el régimen de los ayatolás debe ser erradicado acusan a sus líderes de mimetizarse con la izquierda pacifista. Esta fragmentación interna llega en el peor momento posible, justo cuando el partido compite por la hegemonía electoral y necesita proyectar una imagen de solvencia gubernamental.
No toda la extrema derecha radical europea comparte estas dudas. Para figuras como Geert Wilders en los Países Bajos o Nigel Farage en el Reino Unido, la caída del régimen iraní es una victoria nítida. Farage, en particular, ha utilizado la crisis para fustigar la "patética" respuesta del laborismo, presentando la lealtad total a la administración Trump como el único camino para preservar la seguridad del mundo libre.
Sin embargo, para los partidos con aspiraciones reales de alcanzar el poder ejecutivo a corto plazo, como la Agrupación Nacional, la claridad es un lujo que no pueden permitirse. La cancelación de ruedas de prensa y el silencio estratégico revelan que el soberanismo europeo está atrapado: si apoya a Trump, renuncia a su retórica anti-imperialista; si se opone, corre el riesgo de parecer blando ante el fundamentalismo islámico que dice combatir. En este nuevo desorden mundial, la extrema derecha descubre que es mucho más fácil ser insurgente que gestionar las contradicciones de una potencia en guerra.