El encuentro en Mar-a-Lago entre Benjamin Netanyahu y Donald Trump el pasado diciembre ha pasado a la historia como el prólogo de una de las apuestas geopolíticas más arriesgadas del siglo XXI. Lo que comenzó como una reunión de sintonía personal y estrategia política se ha transformado en un conflicto regional de escala impredecible, donde la guerra contra Irán actúa como el eje de una ambición compartida: el rediseño absoluto del tablero de Oriente Medio.
Sin embargo, a medida que las hostilidades entran en su segundo mes, la promesa de una victoria rápida y un cambio de régimen inminente en Teherán empieza a chocar con la persistente y cruda realidad del terreno, dejando al descubierto las costuras de una estrategia basada en el optimismo bélico y la invencibilidad mediática.
La seducción de Netanyahu sobre Trump no fue meramente ideológica, sino profundamente pragmática y personalista. Al apelar al ego del mandatario estadounidense con la entrega del Premio Israel y sugerir que la derrota de Irán permitiría a Estados Unidos reducir su costosa carga de ayuda militar, el líder israelí logró alinear los intereses de Washington con su propia visión de un estado de conflicto permanente.
Netanyahu, autoproclamado experto en el régimen persa, vendió la tesis de una estructura estatal frágil y lista para el colapso bajo la presión de una campaña corta y quirúrgica. No obstante, tras el asesinato de figuras clave y ataques masivos, el régimen de los ayatolás parece haber experimentado una consolidación interna en torno a la Guardia Revolucionaria, desmintiendo la teoría de la decapitación inmediata.
La actual ofensiva es el último frente de una cadena de conflictos que se extienden desde Gaza y el Líbano hasta Yemen y Siria. En cada uno de estos escenarios, el denominador común ha sido la declaración de victorias efímeras por parte de Netanyahu. En la Franja de Gaza, un debilitado pero persistente Hamás sobrevive entre las ruinas; en el sur del Líbano, Hezbolá mantiene su capacidad de hostigamiento fronterizo a pesar de las proclamas de derrota total. Esta discrepancia entre la retórica oficial y los resultados tácticos ha empezado a generar tensiones incluso en el ala más realista de la administración Trump, personificada en figuras como el vicepresidente JD Vance, quien se ha mostrado escéptico ante las promesas de una resolución sencilla y el bajo coste del conflicto.
El impacto global de esta promesa de guerra fácil está sacudiendo los cimientos de la economía mundial y la seguridad internacional. El cierre del Estrecho de Ormuz ha disparado la inestabilidad económica, mientras que la OTAN observa con preocupación cómo el apoyo a Ucrania se diluye frente a las urgencias de un Oriente Medio en llamas. Expertos en seguridad advierten que esta distracción estratégica envalentona a potencias como China y Rusia, al tiempo que drena los inventarios de armamento avanzado de los Estados Unidos. Lejos de las "diez plagas" bíblicas prometidas por Netanyahu para castigar a sus enemigos, la realidad es un desgaste mutuo donde la población israelí sigue bajo la amenaza constante de los proyectiles que impactan en su territorio.
En el ámbito diplomático, el aislamiento de Israel empieza a fracturar alianzas históricas y procesos de distensión recientes. Los Acuerdos de Abraham, uno de los legados más celebrados de la primera administración Trump, se ven ahora amenazados por la indignación de los estados árabes que se sienten arrastrados a una conflagración que no buscaron. Líderes europeos como Emmanuel Macron han expresado abiertamente que la acción militar, por muy selectiva que sea, es incapaz de ofrecer una solución duradera al programa nuclear iraní sin un marco diplomático sólido, calificando de poco realista la pretensión de estabilizar la región mediante el uso exclusivo de la fuerza.
Finalmente, el cambio en la percepción pública internacional, especialmente en Estados Unidos, marca un punto de inflexión que podría redefinir la relación bilateral para las próximas décadas. Por primera vez en veinticinco años, las encuestas muestran una disminución drástica del apoyo a Israel, incluso entre sectores jóvenes y votantes judíos estadounidenses que se oponen a la escalada contra Irán. Esta destrucción del apoyo popular sugiere un futuro donde Israel podría perder su estatus de beneficiario exclusivo y privilegiado de la asistencia militar, enfrentándose a las mismas restricciones y escrutinios que cualquier otra nación.