Trump y Netanyahu, dos liderazgos sin freno en una escalada sin rumbo

El presidente estadounidense y el primer ministro israelí cruzan declaraciones para justificar una ofensiva que amplía el conflicto mientras se diluyen responsabilidades y se normaliza la amenaza

20 de Marzo de 2026
Actualizado a las 10:04h
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Trump y Netanyahu, dos liderazgos sin freno en una escalada sin rumbo
Trump y Netanyahu en una imagen de archivo

La guerra en Oriente Próximo suma un nuevo capítulo marcado menos por los hechos que por las palabras de quienes la dirigen. Donald Trump y Benjamin Netanyahu se reparten el protagonismo de una escalada que ninguno parece dispuesto a contener y que ambos explican con un mismo patrón. Decisiones unilaterales, ausencia de límites claros y una narrativa que convierte la fuerza en argumento suficiente.

Hay momentos en los que el poder se define por lo que hace. Y otros en los que se define por cómo habla. En este caso, ambas cosas coinciden. Benjamin Netanyahu ha querido dejar claro que nadie le dice a Donald Trump lo que tiene que hacer. Lo presenta como un líder autónomo, decidido, guiado únicamente por su propio criterio. Una forma de elogio que, en realidad, describe un problema. Porque lo que se dibuja no es independencia, sino ausencia de control.

Trump aparece en ese relato como alguien que decide solo, sin condicionantes, sin necesidad de consenso. Netanyahu lo refuerza, lo legitima, lo celebra. Y al hacerlo, desplaza cualquier debate sobre responsabilidad. Si nadie le influye, nadie responde por lo que ocurre. 

Dos relatos que se necesitan

La relación entre ambos no se explica solo por afinidad política. Se sostiene sobre un intercambio de legitimidades. Netanyahu necesita presentar la ofensiva como una decisión estratégica compartida, no como una iniciativa aislada. Trump, por su parte, se apoya en esa narrativa para reforzar su papel de líder fuerte, capaz de actuar sin restricciones y así, cada uno construye el relato del otro. Y en ese juego, la realidad queda en segundo plano.

El primer ministro israelí recurre a una secuencia conocida. Irán como amenaza permanente, como peligro histórico, como justificación continua. No hay matices en ese planteamiento. No hay espacio para la duda. La amenaza se convierte en argumento suficiente.

Trump completa el cuadro desde otro ángulo. No necesita desarrollar un discurso complejo. Le basta con la afirmación directa, con la advertencia, con la promesa de acción. Destruir, responder, actuar sin precedentes. Palabras que ya no sorprenden porque se repiten.

Una escalada sin autor claro y mientras tanto, las responsabilidades se diluyen. Netanyahu insiste en que Estados Unidos actúa por decisión propia. Trump actúa como si no respondiera a nadie. Y entre ambos construyen una zona gris donde la autoría de la escalada se vuelve difusa. Cuanto más se reparte la iniciativa, menos se asume el coste. Sin embargo, esa ambigüedad contrasta con las voces que empiezan a cuestionar el proceso. La dimisión de Joe Kent, hasta ahora responsable del Centro Nacional de Contraterrorismo estadounidense, introduce un elemento incómodo.

Habla de presión, de desinformación, de una narrativa construida para empujar hacia la guerra. No es una crítica menor ni marginal. Apunta directamente a la forma en que se ha construido el consenso para la ofensiva y recuerda algo que incomoda: Que este tipo de dinámicas ya se han visto antes.

El patrón que se repite

El recurso a la amenaza inminente, la promesa de una intervención rápida, la construcción de un relato simplificado que justifica decisiones complejas. Elementos que no son nuevos.  Y que, sin embargo, vuelven a aparecer con una facilidad preocupante, la experiencia no parece haber generado cautela, sino hábito.

En ese contexto, la figura de ambos líderes se vuelve central, no tanto por lo que representan, sino por cómo actúan. No hay señales de contención ni indicios de replanteamiento. Hay, en cambio, una reafirmación constante de sus propias posiciones. Trump decide y Netanyahu avala. Y entre los dos consolidan una dinámica en la que la fuerza se presenta como única opción.

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