Donald Trump lleva años enfrentándose a los periodistas que le hacen preguntas que preferiría no contestar. Los llama mentirosos, desacredita a sus medios, cuestiona su profesionalidad y convierte las ruedas de prensa en una extensión del combate político. Lo ocurrido este lunes con Kristen Holmes, corresponsal de CNN en la Casa Blanca, añade algo más inquietante a ese repertorio. Esta vez la maquinaria institucional de la Presidencia de Estados Unidos decidió introducir a los hijos de una periodista en el castigo público por haber preguntado.
El episodio comenzó en el Despacho Oval. Holmes pidió al presidente que respondiera a unas declaraciones del senador demócrata Jon Ossoff sobre Natalie Harp, una de las colaboradoras más próximas a Trump. Después trató de interrogarle sobre sus contactos con el líder norcoreano Kim Jong Un y la decisión de reducir los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur. Trump reaccionó ordenándole repetidamente que guardara silencio, preguntó para qué medio trabajaba y, cuando escuchó CNN, recurrió al repertorio conocido. "Fake news", "falsa reportera", una persona "ruidosa y alborotadora".
Hasta ahí podía reconocerse al Trump habitual. Lo verdaderamente significativo llegó después.
Una cuenta oficial de respuesta rápida de la Casa Blanca transformó el enfrentamiento entre un presidente y una corresponsal en una agresión institucional contra la periodista. Holmes fue calificada de vergüenza para su profesión y el mensaje terminó atravesando una frontera que las democracias suelen preservar incluso en sus momentos de mayor crispación. La Presidencia estadounidense recurrió a sus hijos para asegurar que algún día se avergonzarían de ella. CNN respondió defendiendo que su corresponsal se había limitado a formular preguntas relevantes y calificó los ataques personales de incompatibles con los principios de una prensa libre.
El asunto tiene más importancia que una nueva salida de tono presidencial. Trump no estaba escribiendo desde una cuenta privada después de abandonar el poder ni participando en una discusión electoral. Es el presidente de Estados Unidos y el ataque posterior procedió de la estructura comunicativa de la Casa Blanca. La diferencia entre ambas cosas debería resultar elemental.
La democracia estadounidense construyó buena parte de su prestigio sobre una concepción exigente de la libertad de expresión. La prensa no existe para resultar agradable al presidente, como tampoco las preguntas periodísticas necesitan autorización previa del poder. Su función consiste precisamente en preguntar aquello que el gobernante preferiría evitar y hacerlo especialmente cuando ese gobernante dispone de una extraordinaria capacidad para imponer su propia versión de los acontecimientos.
Trump ha invertido esa relación. Para él, el periodista deja de ser un intermediario entre el poder y la ciudadanía cuando formula una pregunta adversa y pasa a convertirse inmediatamente en adversario político. El mecanismo es eficaz porque evita discutir el contenido. Si quien pregunta puede ser presentado como enemigo, ya no resulta necesario responder a la pregunta.
Hay además un componente particularmente revelador en la escena. Holmes es una mujer y el historial reciente del presidente con periodistas mujeres ofrece suficientes precedentes para descartar que estemos ante un episodio completamente aislado. Medios estadounidenses han recordado tras el enfrentamiento sus ataques a otras profesionales que le han planteado preguntas críticas, una conducta que mezcla el desprecio hacia la prensa con una forma de descalificación personal que adquiere con frecuencia un tono distinto cuando la interlocutora es una mujer.
El poder que exige silencio
Hay una imagen especialmente elocuente en el episodio. El presidente de Estados Unidos ordenando callar repetidamente a una periodista dentro del Despacho Oval.
Puede parecer una anécdota dentro de una presidencia acostumbrada a producir varias cada semana, pero contiene una concepción bastante precisa del poder. Trump acepta con entusiasmo la comunicación y rechaza con la misma intensidad la mediación. Quiere cámaras, titulares, retransmisiones, redes sociales y audiencias gigantescas, pero muestra una creciente hostilidad hacia la parte del sistema informativo que conserva capacidad para interrumpir su relato con una pregunta.
Eso explica la obsesión con las "fake news". La expresión dejó hace mucho tiempo de describir informaciones falsas para convertirse en una categoría política destinada a desacreditar cualquier intermediario que contradiga al presidente. El deterioro institucional empieza precisamente cuando esa conducta deja de sorprender.
Estados Unidos ha convivido durante tantos años con los insultos de Trump que existe el riesgo de incorporarlos al paisaje político como una extravagancia más de su personalidad. Pero la normalización es parte del problema. Que un presidente insulte a una periodista no debería ser considerado pintoresco. Que una comunicación oficial de la Casa Blanca involucre después a sus hijos para humillarla públicamente tampoco puede reducirse a una batalla particularmente desagradable en las redes sociales.
La cuestión central es la asimetría de poder. De un lado está una profesional haciendo preguntas. Del otro, la institución política más poderosa de Estados Unidos utilizando su enorme altavoz para desacreditarla personalmente.
Y ese desequilibrio importa porque el objetivo último de este tipo de campañas no tiene por qué ser conseguir que Kristen Holmes deje de preguntar. Puede ser suficiente con que el resto de los periodistas observe lo que ocurre cuando alguien insiste demasiado, ahí comienza la autocensura.
Una presidencia contra sus contrapesos
Trump siempre ha comprendido la política como una relación entre lealtad y enemistad. Quien le apoya merece reconocimiento; quien le contradice se convierte en adversario. Esa lógica puede resultar eficaz dentro de una campaña electoral, pero aplicada desde el Estado deteriora precisamente aquello que diferencia a una democracia liberal de un poder puramente plebiscitario.
Las instituciones democráticas están diseñadas para que el gobernante tenga límites, no admiradores.
La prensa forma parte de esos límites, aunque no figure en ningún organigrama gubernamental. También lo hacen los tribunales, el Congreso, la Administración profesional y una sociedad civil capaz de cuestionar al poder. La fortaleza democrática de Estados Unidos nunca dependió de que sus presidentes fueran especialmente virtuosos. Dependió de disponer de instituciones suficientemente fuertes para soportar presidentes que no lo fueran. Por eso el ataque a Holmes importa bastante más que Holmes.
También explica la contundencia de CNN. La cadena ha defendido que los responsables públicos tienen todo el derecho a discutir una información, corregirla o denunciar errores, pero ha establecido una frontera evidente entre esa posibilidad y el ataque personal contra quien formula una pregunta.
Esa frontera debería unir a periodistas de cualquier orientación ideológica. Defender la libertad de prensa únicamente cuando el periodista atacado pertenece al medio que uno comparte equivale a no defenderla. La libertad de preguntar existe precisamente para proteger la pregunta que molesta al poder.
Trump parece comprender esa molestia como una afrenta personal. La Casa Blanca ha decidido convertirla además en materia de comunicación institucional.
La democracia estadounidense posee suficientes resortes para resistir una presidencia hostil a sus contrapesos. La cuestión es cuánto se deterioran esos resortes cuando una parte de la sociedad comienza a considerar normal que el poder humille públicamente a quien le pide explicaciones.
Kristen Holmes volverá probablemente a la Casa Blanca y seguirá preguntando. Ese es su trabajo. Donald Trump podrá contestar, negarse a hacerlo, cuestionar la premisa o discutir los hechos. Ese es su derecho.
Lo que no debería formar parte de las atribuciones de ningún presidente es decidir qué periodistas merecen ser humillados por preguntar y mucho menos utilizar la Casa Blanca para advertirles de lo que algún día pensarán sus hijos.
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