Trump contamina Davos con sus mentiras, bulos y amenazas

El presidente de los Estados Unidos ha amenazado a jefes de Estado y de gobierno aliados, ha manipulado información y ha presentado una visión del mundo basada en la imposición por la fuerza, la coerción y el chantaje

21 de Enero de 2026
Actualizado a las 16:24h
Guardar
Trump Davos

El discurso de Donald Trump en el Foro Económico Mundial de Davos no fue una excentricidad retórica ni una provocación aislada. Fue, más bien, una declaración doctrinal: la confirmación de una visión del mundo donde el poder sustituye a las normas, la coerción reemplaza al consenso y la geopolítica vuelve a hablar el lenguaje crudo de la apropiación territorial y la transacción mercantil. En ese escenario, Groenlandia emerge no como un aliado a proteger, sino como un activo a reclamar.

Groenlandia, botín estratégico

Trump defendió en Davos que Groenlandia es “parte de América del Norte” y, por tanto, un interés de seguridad nacional fundamental de Estados Unidos. La afirmación no es solo jurídicamente discutible; es políticamente reveladora. Supone un deslizamiento peligroso desde la lógica de la alianza atlántica hacia una lógica de esferas de influencia, más propia del siglo XIX que del XXI.

Bajo el pretexto de la seguridad internacional y del auge de los metales de tierras raras, Trump planteó negociaciones “inmediatas” para el control estadounidense del territorio, acompañadas de una advertencia apenas velada: Europa “tiene una elección”, y Estados Unidos “recordará” si la respuesta es negativa. En otras palabras, la diplomacia convertida en ultimátum.

OTAN, rehén retórico

Trump envolvió su propuesta en una paradoja calculada: afirmó que un Estados Unidos fuerte significa una OTAN fuerte, mientras amenazaba directamente a aliados de la Alianza con aranceles punitivos si no aceptan sus demandas sobre Groenlandia. Es una inversión completa del espíritu atlántico: la seguridad colectiva usada como herramienta de chantaje bilateral.

La crítica a Dinamarca por su gasto en defensa y por haber “perdido” Groenlandia ante Alemania en seis horas durante la Segunda Guerra Mundial no solo fue históricamente simplista, sino estratégicamente corrosiva. Al sugerir que “nadie puede asegurar Groenlandia aparte de Estados Unidos”, Trump desacredita décadas de cooperación aliada y normaliza la idea de que la soberanía de un socio es condicional.

Nostalgia imperial

El momento más inquietante del discurso llegó cuando Trump se preguntó en voz alta: “¿Fuimos estúpidos al devolver Groenlandia a Dinamarca?”. La frase condensa una visión del mundo donde los compromisos históricos, el derecho internacional y la autodeterminación son errores contables, no principios.

Ese razonamiento conecta directamente con su afirmación de que, si decidiera usar la fuerza, Estados Unidos sería “imparable”. Aunque añadió que no lo hará, la sola formulación introduce una idea profundamente desestabilizadora: la fuerza como opción legítima para resolver desacuerdos entre aliados.

Canadá, Europa y la jerarquía del desprecio

El discurso no se detuvo en Groenlandia. Trump afirmó que Canadá “vive gracias a Estados Unidos”, insinuó de nuevo su integración como parte del país y amenazó públicamente a su primer ministro por no mostrarse lo suficientemente agradecido. Europa, por su parte, fue retratada como económicamente decadente, energéticamente incompetente y culturalmente extraviada.

La crítica a la energía verde, calificada como “el mayor fraude de la historia”, y la burla explícita a las políticas climáticas europeas revelan un patrón: Trump no busca reformar Occidente, sino jerarquizarlo, con Estados Unidos en la cúspide y el resto en condición de dependientes.

Venezuela: otra cara del mismo enfoque

La promesa de que Venezuela “va a ir fantásticamente bien” tras un acuerdo petrolero con Estados Unidos completa el cuadro. De nuevo, la política exterior aparece reducida a una transacción: intervención, acuerdo, extracción de recursos y narrativa de éxito inmediato. No hay mención a instituciones, reconstrucción democrática o sostenibilidad. Solo beneficio rápido y control estratégico.

Occidente más débil

Paradójicamente, el discurso de Trump se presentó como una defensa de un Occidente fuerte y unido. Pero su lógica conduce al resultado opuesto. Al tratar a aliados como siervos, al reemplazar reglas por amenazas y al reivindicar una geopolítica de “pedazos de tierra”, Trump debilita los cimientos del orden liberal que permitió a Estados Unidos liderar durante décadas.

En Davos, Trump no habló como el arquitecto de un sistema internacional, sino como el accionista mayoritario de una empresa global dispuesto a renegociar contratos por la fuerza. Para Europa el problema no es solo el contenido de sus palabras, sino la normalización de una idea peligrosa: que el poder, sin principios, vuelve a ser suficiente.

Lo + leído