En tiempos de ruido geopolítico y tentaciones de poder desnudo, la intervención de Felipe VI ante el Parlamento Europeo ha sonado menos como un discurso ceremonial y más como una advertencia cuidadosamente formulada. Con motivo del 40º aniversario de la adhesión de España y Portugal a la Unión Europea, el rey de España eligió un lenguaje inusualmente político para un jefe de Estado constitucional: la unidad europea es su mayor fortaleza, pero "la fuerza sin principios equivale a la barbarie", advirtió.
El escenario no podía ser más elocuente. En Estrasburgo, junto al presidente portugués Marcelo Rebelo de Sousa, Felipe VI habló a una Unión Europea sacudida por guerras en sus fronteras, tensiones transatlánticas y el retorno explícito de lógicas de poder que parecían superadas. Cuando el monarca afirmó que Europa “no puede aceptar, ni mucho menos avalar, planteamientos geopolíticos de otra época como si fueran signos de un tiempo nuevo”, pocos dudaron de que el mensaje trascendía la retórica histórica y apuntaba directamente al presente.
La apelación a una política exterior europea basada en normas, diálogo y cooperación contrasta con un mundo en el que el uso de la coerción militar, económica o diplomática vuelve a presentarse como instrumento legítimo. Frente a esa deriva, Felipe VI reivindicó la singularidad del proyecto europeo: no como una superpotencia clásica, sino como un orden político construido sobre reglas compartidas. La advertencia es clara: renunciar a esos principios sería desnaturalizar Europa hasta reducirla a una mera expresión geográfica.
Pero el discurso no fue ingenuo. El rey reconoció que esa defensa del multilateralismo exige músculo político y estratégico. De ahí su énfasis en la autonomía estratégica europea y en el refuerzo del pilar europeo dentro de la OTAN, definidos como una “necesidad inaplazable”. No se trata de emanciparse de Estados Unidos, sino en una formulación cuidadosamente equilibrada de preservar un vínculo transatlántico “basado en el respeto y la lealtad”. Sin ese equilibrio, advirtió, el mundo será “más incierto, más inestable y más peligroso”.
La paradoja europea aflora con fuerza: para defender un orden basado en principios, Europa necesita capacidad de disuasión; pero si esa capacidad se ejerce sin principios, el proyecto pierde su razón de ser. Es esa tensión entre poder y legitimidad la que atraviesa hoy a la Unión, y que Felipe VI resumió con una frase que resonó más allá del hemiciclo: nunca como en estos tiempos oscuros ha sido tan necesaria la idea de Europa.
El discurso estuvo también marcado por el contexto emocional. Felipe VI abrió su intervención agradeciendo, en nombre de los españoles, las muestras de solidaridad tras el accidente ferroviario de Adamuz, recordado con un minuto de silencio. El gesto no fue menor: vinculó el dolor nacional a una comunidad política más amplia, subrayando que el sentimiento europeo no es una abstracción institucional, sino un patrimonio compartido que se activa precisamente en los momentos de tragedia.
Mirando hacia atrás, el rey defendió sin ambages el balance de las cuatro décadas de pertenencia española a la UE. Europa, dijo, ha hecho a sus ciudadanos “más libres, más prósperos e incluso más fuertes”. Pero el tono no fue autocomplaciente. Felipe VI insistió en que Europa no puede darse por descontada, alertando contra una crítica interna que, cuando pierde la memoria histórica, termina erosionando los valores que sostienen el proyecto común.
Ahí situó lo que definió como la mayor amenaza: no tanto los enemigos externos como la desmemoria europea, la tentación de olvidar qué significó la integración para un continente marcado durante siglos por la guerra, el nacionalismo excluyente y la violencia. Sin esos principios compartidos, advirtió, Europa corre el riesgo de diluirse como proyecto político.
El simbolismo del acto reforzó el mensaje de fondo: la Unión Europea es, ante todo, un proyecto de convivencia política. Uno que requiere compromiso constante, liderazgo sereno y una defensa activa de sus valores en un entorno cada vez más hostil.