La ONU huele a diplomacia antigua, de esa de sonrisas congeladas, apretones de manos calculados y discursos llenos de buenas intenciones que no comprometen a nada. Pues bien. Todo eso se está terminando, y no por culpa del paso del tiempo, qué va. Lo están reventando a martillazos en nuestra propia cara.
Lo que se vio hoy y se verá estos días en la Asamblea General de Naciones Unidas no fue el típico choque ideológico. Fue algo más crudo. Donald Trump dejó bien claro que las viejas reglas del juego han pasado a la historia. Nada de tratados multilaterales ni de pedir permiso en el Consejo de Seguridad. Ahora manda la ley del más fuerte, así, sin paños calientes ni adornos diplomáticos.
Ya ni siquiera se molestan en disimular. Washington le debe más de cuatro mil millones de dólares a las Naciones Unidas. Una barbaridad. Mientras las agencias internacionales se ahogan en recortes y despidos masivos, el plan parece claro: dejar morir al enfermo por asfixia económica para montar en su lugar un chiringuito propio con un enorme cartel TRUMP. Uno donde mande una sola voz y no haya que andar negociando con ochenta países a la vez.
El lema de esta nueva etapa se resumen rápido en las palabras de Trump: "al vencedor le corresponde el botín". Tal cual. Sin despeinarse, se habló del petróleo de Venezuela y del control militar sobre Latinoamérica como si fuera lo más natural del mundo. Si Estados Unidos cree que sus intereses están en juego, mandará a los chicos de uniforme a cualquier rincón del mapa. Punto. Sin pedir perdón ni explicaciones a ningún tribunal internacional.
Y lo peor no es la amenaza en sí, sino el silencio que la rodea. Ver cómo se insinúa la aniquilación de un país como Irán o se da por sentada la caída del régimen en Cuba mientras medio auditorio escucha de brazos cruzados... produce cierto escalofrío. Antes, una sola frase así montaba un lío monumental. Hoy apenas arranca un murmullo de resignación. La gente se acostumbra a todo.
Por no hablar de la embestida contra la justicia internacional. A la Corte Penal Internacional la han puesto de vuelta y media: que si son unos deshonestos, que si están fuera de control. El mensaje a los países aliados es cristalino: retiren su apoyo a esa gente o aténganse a las consecuencias. Nadie va a investigar a un soldado estadounidense. Nadie.
Al final, la jugada se remata fuera de los focos de la gran sala. En los despachos cerrados. Un apretón de tuercas a Dinamarca para amarrar la cuestión de Groenlandia, un par de palmaditas en la espalda a los aliados ideológicos del continente y reuniones privadas con los reyes del petróleo en el Golfo. Es la política del trago lento y el hecho consumado. O pasas por el aro, o te quedas fuera del mapa.
Mientras la Secretaría General se lleva las manos a la cabeza advirtiendo de que el mundo se resquebraja, Trump sigue a lo suyo, metiendo la sexta marcha. No buscan convencer a nadie ni vender un sueño de cooperación global. Quieren que quede muy claro quién tiene el garrote más grande. Y que en este nuevo escenario, interponerse en su camino no es una opción inteligente.
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