La paz que desafía a Netanyahu

Las conversaciones entre Estados Unidos e Irán avanzan con resultados concretos y vuelven a situar al primer ministro israelí ante un escenario que ha tratado de evitar durante buena parte de su trayectoria política

22 de Junio de 2026
Actualizado a las 10:00h
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La paz que desafía a Netanyahu

La primera ronda de negociaciones entre Estados Unidos e Irán ha concluido con un resultado que pocos esperaban hace apenas unas semanas. La creación de grupos de trabajo permanentes, una hoja de ruta de sesenta días y mecanismos específicos para evitar incidentes en el estrecho de Ormuz o supervisar el cumplimiento de los compromisos alcanzados en Líbano reflejan que, por primera vez en mucho tiempo, la diplomacia parece haber encontrado un espacio propio en una región acostumbrada a vivir bajo la amenaza constante de la escalada militar.

La noticia tiene una relevancia que trasciende la relación entre Washington y Teherán. Lo que realmente está en juego es la posibilidad de reducir una tensión estructural que ha condicionado Oriente Próximo durante décadas y que ha servido de justificación para políticas basadas en la confrontación permanente.

Es precisamente en ese punto donde emerge la figura de Benjamin Netanyahu.

El primer ministro israelí ha construido buena parte de su carrera política sobre una determinada concepción de la seguridad nacional. Una visión asentada en la desconfianza hacia cualquier proceso negociador capaz de alterar los equilibrios que han marcado la región durante años. Desde los Acuerdos de Oslo hasta el pacto nuclear impulsado por Barack Obama en 2015, pasando por distintos intentos de diálogo con la Autoridad Palestina, la constante ha sido siempre similar. Cada avance diplomático ha encontrado en Netanyahu uno de sus principales detractores.

Los antecedentes resultan difíciles de ignorar. La erosión progresiva del proceso de paz palestino-israelí, la oposición frontal al acuerdo nuclear con Irán y la apuesta recurrente por respuestas militares frente a soluciones políticas forman parte de una trayectoria perfectamente reconocible. No se trata de episodios aislados. Constituyen una manera de entender el poder y también una determinada lectura del papel que Israel debe desempeñar en Oriente Próximo.

Por eso resulta especialmente significativo que las conversaciones actuales avancen precisamente sobre aquellos asuntos que durante años parecían imposibles de abordar. La reapertura de canales de comunicación, la reducción de sanciones, la creación de mecanismos de supervisión y la búsqueda de fórmulas para contener la violencia regional representan pasos concretos, todavía insuficientes, pero difíciles de despreciar.

La paradoja es evidente, el dirigente que más ha invocado la necesidad de garantizar la seguridad de Israel contempla ahora cómo la estabilidad regional puede abrirse camino precisamente a través de la negociación.

Nadie puede asegurar que las conversaciones culminen con éxito. Las heridas acumuladas durante décadas siguen ahí. También permanecen intactas las desconfianzas mutuas y los intereses contrapuestos. Sin embargo, el dato verdaderamente relevante es otro. La agenda internacional comienza a girar alrededor de la diplomacia y no exclusivamente de los bombardeos, las amenazas o las represalias.

En ese contexto, Netanyahu afronta un desafío político de primer orden. La paz suele reducir el espacio de quienes han construido su liderazgo alrededor de la existencia permanente de un enemigo. La estabilidad obliga a hablar de convivencia, de acuerdos y de soluciones duraderas. Conceptos que raramente han ocupado un lugar central en el discurso del actual primer ministro israelí.

Quizá por eso estas negociaciones generan tanta expectación dentro y fuera de la región. Porque no solo ponen a prueba la capacidad de Estados Unidos e Irán para alcanzar un entendimiento. También cuestionan una forma de hacer política basada en perpetuar el conflicto como horizonte inevitable.

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