Benjamin Netanyahu ha despejado cualquier duda sobre su futuro político. A sus 76 años, el dirigente que más tiempo ha ocupado la jefatura del Gobierno israelí ha anunciado que volverá a presentarse a las elecciones parlamentarias previstas para octubre. Lo hará, además, con la misma seguridad que ha caracterizado buena parte de su trayectoria pública. No solo aspira a seguir gobernando. Aspira a ganar.
La decisión era esperada, pero no deja de resultar significativa. Netanyahu afronta una cita electoral después de una de las etapas más convulsas que ha vivido Israel en décadas. Una etapa marcada por la guerra, por una creciente polarización interna, por las tensiones institucionales y por unas causas judiciales que continúan proyectando una larga sombra sobre su carrera política.
El anuncio llega además en un contexto especialmente complejo. Diversas encuestas reflejan que una mayoría de ciudadanos israelíes preferiría abrir una nueva etapa política. El desgaste acumulado durante los últimos años resulta evidente. Sin embargo, Netanyahu parece convencido de que sigue siendo capaz de convertir la inseguridad, el miedo y la confrontación regional en argumentos electorales.
La supervivencia política ha sido siempre una de sus principales habilidades. Pocos dirigentes contemporáneos han demostrado una capacidad semejante para resistir crisis que parecían definitivas. Ha sobrevivido a derrotas, investigaciones judiciales, protestas masivas y fracturas internas que habrían terminado con la carrera de muchos otros líderes. Cada vez que sus adversarios han anunciado su final político, Netanyahu ha encontrado una forma de regresar al centro de la escena.
Pero la resistencia no equivale necesariamente a liderazgo. Durante años, Netanyahu construyó una imagen basada en la experiencia, la estabilidad y la capacidad para garantizar la seguridad de Israel. Ese relato ha sufrido un deterioro considerable. Los acontecimientos recientes han dejado al descubierto profundas fracturas sociales y una creciente sensación de agotamiento entre amplios sectores de la ciudadanía.
La seguridad, precisamente el terreno donde cimentó buena parte de su autoridad, se ha convertido en uno de los principales focos de discusión. La ofensiva militar desarrollada en distintos escenarios de Oriente Próximo ha reforzado temporalmente su imagen entre los sectores más nacionalistas, pero también ha multiplicado las críticas dentro y fuera de Israel. El elevado coste humano de las operaciones militares, la devastación provocada en Gaza y la creciente preocupación internacional han situado al Gobierno israelí bajo una presión cada vez mayor. La figura de Netanyahu aparece inevitablemente asociada a esa estrategia.
Sus defensores la presentan como una respuesta necesaria ante amenazas existenciales. Sus detractores consideran que ha contribuido a alimentar una espiral de violencia de consecuencias imprevisibles. Lo que resulta difícil de discutir es que el conflicto ha terminado ocupando el centro absoluto de la agenda política israelí.
Y esa centralidad beneficia especialmente a quienes han construido su carrera política alrededor de la lógica de la confrontación permanente.
Cada ciclo de tensión parece reforzar un modelo político basado en la excepcionalidad constante. La paradoja es que cuanto más tiempo permanece abierta una situación de crisis, más difícil resulta evaluar otros aspectos fundamentales de la acción de gobierno. La vivienda, la desigualdad, el coste de la vida, las tensiones sociales o el deterioro institucional quedan relegados a un segundo plano ante la omnipresencia de la seguridad nacional. Netanyahu conoce perfectamente esa dinámica, la ha utilizado durante décadas.
Por eso su anuncio no debe interpretarse únicamente como una candidatura más. Representa también la voluntad de prolongar una determinada forma de entender el poder. Una forma basada en la personalización extrema del liderazgo, en la identificación entre gobierno y supervivencia nacional y en una permanente apelación a la amenaza exterior.
La pregunta que tendrán que responder los ciudadanos israelíes en octubre trasciende la figura concreta de Netanyahu. Lo que realmente estará en juego es si Israel desea continuar transitando por ese camino o si considera llegado el momento de abrir una nueva etapa política. Porque incluso los liderazgos más longevos terminan enfrentándose a una cuestión que ninguna habilidad táctica puede evitar. La de saber si siguen ofreciendo respuestas para el futuro o si han comenzado a vivir exclusivamente de las batallas del pasado.